Vito Apüshana, memoria mítica de La Guajira

07 de junio de 2020 12:00 AM
Vito Apüshana, memoria mítica de La Guajira
Vito Apüshana://Foto cortesía Miguel Ángel López.

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A Vito Apüshana hay que escucharlo. Hay que leer su inmenso corazón de pastor del desierto, que ha heredado las voces dispersas de la tribu de toda La Guajira y de sus ancestros wayuu.

Vito viene de la Alta Guajira, con su corazón lleno de antiguos saberes wayuus. Es la voz que reúne la memoria ancestral de los wayuus. Es el poeta de ‘Antiguos recién llegados’. Nacido en Carraipia, en 1965, población cercana a Maicao. Es autor de las obras ‘Contrabandeo sueños con arijunas cercanos’ (1993) y ‘Encuentros en los senderos de Abya Yala’, Premio Casa de las Américas 2000. Tiene inédito ‘Voces del antiguo corazón del monte’. Es gestor cultural y activista de derechos humanos a lo largo y ancho de la región guajira. Miembro activo de la Comisión Coordinadora de la Junta Mayor de Palabreros Wayuú.

La palabra de Vito está poseída por la belleza y la sabiduría. Y en estos días el desierto y la Península de La Guajira han vuelto a ser vulnerados, con sus muertos: han sido cremados sin ninguna ceremonia por culpa de la peste del COVID-19, contrariando las costumbres ancestrales de despedirlos con rituales. Han sido vulnerados por la desprotección de una nación que aún sigue mirando como extrañas a las comunidades indígenas, grandes guardianas de la tierra y los mares. Y los miró como ajenos a la nación en toda la historia republicana y en sus constituciones hasta que, en 1991, la Constitución Política de Colombia reconoció la diversidad étnica y racial de sus orígenes, y supo que no éramos solamente descendientes de europeos, sino de indígenas y africanos. Pero a las comunidades indígenas siempre se le recordó a la hora de despojarlos de sus tierras, de sus cementerios y reinos sagrados, cuando preferimos venderle el alma al diablo por unas cuantas monedas de oro y unas transacciones comerciales a cambio de la sangre sagrada del corazón de la tierra: su oro, sus diamantes, sus esmeraldas, su petróleo, etc. Y se les recuerda siempre para la expoliación y el ultraje como el que acaban de recibir las bellas y míticas mujeres guajiras, criaturas que heredan memorias sagradas y culturas de reconciliación del que la cultura Occidental tiene mucho que aprender. La sabiduría de los palabreros es más humana en sus métodos de perdón y reconciliación que los métodos que la justicia colombiana ha intentado poner en práctica en la vida cotidiana. El novelista francés Víctor Hugo dijo alguna vez que la Constitución de Colombia parecía haber sido escrita por los ángeles, pero en la práctica la realidad es otra: hemos sido despreciativos, infernales y demoníacos en el trato humano.

Las mujeres de la tribu

A Vito se le humedecen los ojos cuando habla de las mujeres de la tribu. Su palabra hablada y escrita es la de un oráculo. Es la sabiduría de la tribu. La mujer lo es todo en La Guajira y entre los wayuus. Son el centro de un mundo que gira sobre ellas. Para la cultura de los wayuu las mujeres son como las arañitas que tejen la red de la familia, y cuyos hilos están entretejidos con amorosa y sacrificada vigilia. Para que una niña cruce el tiempo para ser mujer tiene que aprender a tejer primero. Tejer es juntar los milagros de la memoria del pasado, el presente y el porvenir. La mujer abarca el día y la noche. Así lo expresa en su poema ‘Mujer’: “La vida está aquí plena, entre mujeres/ Mi hermana, la mañana/ Mi mujer, la tarde/ Mi madre, la noche/ Mi abuela, el sueño’. El tránsito de niña a mujer está resuelto en el poema ‘Mujer-tierra’: “Mi hermana Mariietza ha salido del encierro/ ya es mujer/pronto albergará el mundo en sus adentros/ sonreímos: ...ya sabe cómo la tierra acoge a las aguas de Juyaa”. Juyaa es el espíritu del agua y aquel que llueve. Padre de los wayuu. La tierra es la madre y el agua es el padre, los dos fecundan los milagros.

Para Vito no se puede hablar de una sola forma de mujer en la tribu. Hay matices de mujeres que semejan a las aves. Hay una mujer-azulejo que teje “con todos los colores del tiempo”. Una mujer-tórtola que llama a sus hijos. Una mujer-colibrí, que renueva “las flores de los sueños olvidados”. Una mujer-alcaraván, “henchida de presagios en cada latido de su corazón”. Una mujer-turpial que reparte “el agua fresca de la risa”. Una mujer-cardenal que sostiene “el entorno en sus alas rojicenizas”. Una mujer-lechuza que acecha “desde el fuego de sus ojos al hombre deseado”. Y una mujer-sinsonte que canta todo el tiempo. Esas son las ‘Mujeres-aves’ de su poema, tal vez uno de sus mejores y maravillosos textos de una belleza mítica en la poesía hispanoamericana. El final del poema nos hechiza con su magia. A partir de esa familia de mujeres-aves de la tribu de La Guajira y en la comunidad wayuu, los hombres están signados a descubrir “las plumas ocultas de las mujeres que nos abrigan”.

Hay diversas alusiones a la mujer-lechuza, que merodea con picardía por los cerros mientras los hombres duermen. El poeta rescata de todas las mujeres guajiras o wayuus un rasgo excepcional: la fortaleza para cuidar y preservar el núcleo familiar y velar por la memoria ancestral. Las mujeres “entretejen la vida”.

Manejar los conflictos

El tío Walatshi trajo a casa un “antiguo problema de hombres”. Sereno, sentado en un taburete, se apoya en el bastón para que la tierra le prodigue la palabra sabia y exacta para resolver los conflictos en la tribu. El bastón dibuja en la tierra un mapa. Y de sus labios sale una decisión: “No habrá pleitos”. Si la palabra es la invención del mundo para nombrar la luz, el paraíso o el infierno, la misma palabra resolverá los infiernos que el hombre que el hombre se ha inventado. El tío Walatshi tiene la edad del tiempo navegado. En su rostro hay una paz interior. “Sus ojos han encontrado el oculto reposo del dolor”, dice Vito en su hermoso poema ‘Walatshi’.

Piedra

La piedra no es una muda presencia. Es una presencia ancestral que “guarda miradas”, como acoge lagartos. Es la piedra que ha acompañado a los vivos y a los muertos. Guarda gritos, silencios, corazones, serpientes, etc. Así lo canta el poeta en su poema ‘Piedra’: “Allí volverán a cantar los pajaritos para sacar los sueños”.

Vito nació, en verdad, “en una tierra luminosa/ vivo entre luces, aún en la noche/ soy la luz de un sueño antepasado/ busco en el brillo de las aguas, mi sed/ yo soy la vida, hoy/ soy la calma de mi abuelo Anapule/ que murió sonriente...”

La filosofía de la tribu es que “nunca estamos solos”, y mientras soñamos, vida y muerte se abrazan, se concilian “los sueños con nuestros muertos”, los pastores al guiar a sus animales viven en un reino de sendas, donde son amamantados con la leche de los sueños.

Vito expresa en su poema ‘Wayuu’ la profunda dimensión de la vida en la tribu: “Somos una alegría silenciosa, somos una tristeza serena”. Y en su poema ‘Vivir-morir’, la dualidad de la existencia atada a los hilos de ese tejido materno: “Amamos siempre a orillas de la sed/ Morimos como si siguiéramos vivos”. Y en el poema ‘Antiguos recién llegados’, hay una noción del tiempo en el que el monte se abre al misterio de cien senderos. Al recorrerlos, la tierra, la piedra y el agua, son caminos que conducen a la naturaleza o al corazón del hombre, o a ese “silencio que trae el diálogo oculto de los muertos”.

Epílogo

La antología poética ‘Antiguos recién llegados’, de Vito Apüshana, es una obra excelsa que reúne su quehacer de 1992 a 2017, con prólogo de Weildler Guerra Curvelo, fue publicada en Medellín por Sílaba Editores.

Ahora sopla un viento iluminador que viene del desierto y el mar de La Guajira, como si las mujeres de la tribu hubieran cantado y susurrado sus secretos a través de Vito Apüshana.

“Vivimos entre lo poco y la abundancia/ entre el sueño anunciador y la serena vigilia/ somos la angustia sonriente aumentadora de vida /somos un tejido de nudos en el telar del entorno”, dice Vito en su poema ‘Península’.

Son voces de la memoria que el viento arrastra con música de piedras, rocío de mar y oraciones sabias de palabreros. Y al escuchar a Vito resuena con él el plumaje de sus mujeres pájaros.

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