En Colombia existe un símbolo patrio que debería tener la capacidad de unir al país tanto como la bandera o el himno. Es imponente y extiende sus alas desde hace más de un siglo sobre el escudo nacional: el cóndor andino (Vultur gryphus). Su figura representa la libertad, la fuerza y la soberanía de una nación que aprendió a reconocer en esta ave la majestuosidad de los Andes; sin embargo, mientras su imagen permanece intacta en documentos oficiales, en las montañas el cóndor desaparece poco a poco.
¿Qué dice de nosotros que el ave que corona nuestro escudo esté al borde de la extinción?
Más que un emblema, el cóndor es una pieza fundamental para la vida de los ecosistemas. Julian Parra, estudiante de Biología y parte del equipo de la Red Nacional de Jóvenes de Ambiente (RNJA), explica que esta ave cumple el papel de “limpiador natural” porque se alimenta de animales muertos, evitando que los cadáveres permanezcan en descomposición y se conviertan en focos de bacterias y otros organismos que pueden afectar la salud de la fauna.
Paradójicamente, mientras el cóndor protege los ecosistemas, somos nosotros quienes no hemos sabido protegerlo. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) lo clasifica como una especie Vulnerable a nivel mundial y estimó para el 2020 que existían menos de 6.700 individuos maduros en toda Sudamérica. En Colombia, la situación es mucho más preocupante. El Libro Rojo de las Aves de Colombia lo ubica desde 2016 en la categoría de En Peligro Crítico, el nivel previo a la extinción en estado silvestre.

Expertos hablan del cóndor andino
Durante décadas nuestro enérgico símbolo patrio ha sido víctima de la cacería y del envenenamiento provocado por la falsa creencia de que ataca al ganado. El ingeniero ambiental y miembro de la RNJA Nicolás Sánchez García recuerda que investigaciones demostraron que “los ataques atribuidos al cóndor representan menos del 1 % de la mortalidad del ganado”.
Además, destaca que los cóndores forman una sola pareja durante toda su vida, ponen apenas un huevo por temporada y, cuando el alimento escasea, incluso pueden dejar de reproducirse, haciendo muy lento el reemplazo generacional.
Las cifras reflejan esa fragilidad, por ejemplo, en el Primer Censo Nacional de Cóndor Andino, realizado por WWF Colombia, la Fundación Neotropical y otras organizaciones, se registró únicamente 63 ejemplares en el país, una cantidad inferior a la que se estimaba años atrás. Además, el predominio de adultos sobre individuos jóvenes podría ser una señal de que cada vez nacen menos cóndores, comprometiendo el futuro de la especie.
Perder al cóndor tendría consecuencias ecológicas profundas, pero también dejaría a Colombia con una herida que nunca se podrá sanar. Sin este gran carroñero, los cadáveres de animales serían descompuestos principalmente por insectos y bacterias anaerobias, alterando las cadenas alimenticias y aumentando los riesgos sanitarios dentro de los ecosistemas. Pero la pérdida también sería profundamente simbólica. Nicolás Sánchez lo resume con una frase que debería interpelar a todos los colombianos: “El cóndor es un símbolo patrio; el hecho de que Colombia pierda estas aves sería como decirle al país: ‘mire ¿qué nos está pasando?”.
Si no somos capaces de conservar al animal que escogimos para representar nuestra libertad, ¿qué otras riquezas naturales estamos dejando desaparecer en silencio? ¿Qué mensaje enviamos cuando el ave que corona nuestro escudo encuentra más amenazas que protección? Tal vez la desaparición del cóndor no solo hablaría de una crisis ambiental, sino también de una sociedad que ha aprendido a admirar sus símbolos mientras olvida cuidar aquello que representan. ¿Qué Colombia existiría sin cóndores?
El Parque Jaime Duque (ubicado en Tocancipá, Cundinamarca) lidera un importante programa para proteger y reproducir al cóndor de los Andes y en el país existen diversos programas ambientales que alertan sobre la grave situación de nuestro ave. Han logrado grandes avances y siguen poniendo todo de su parte para preservar esta especie.
Aunque desde 1989 se han realizado programas de reintroducción de cóndores en diferentes regiones del país, los especialistas coinciden en que aún falta un esfuerzo nacional sostenido, como educación ambiental a quienes agreden a este ser vivo. El monitoreo ha sido irregular y muchos ejemplares liberados han muerto por envenenamiento, disparos o electrocución. Entonces, ¿no somos capaces de garantizar su supervivencia?
La educación ambiental aparece entonces como una de las herramientas más urgentes. “Si no conocemos qué es lo que hay que cuidar, ¿cómo lo vamos a cuidar?”, plantea Sánchez.
Parra coincide en que buena parte de las muertes del cóndor “podrían evitarse cambiando la percepción de las comunidades frente a esta ave y desmontando los mitos que durante años han justificado su persecución”.
Resulta contradictorio que el cóndor esté desapareciendo mientras permanece intacto en el escudo, como si bastara con admirarlo en el papel. La crisis del cóndor también refleja nuestras prioridades y evidencia la deuda que el país tiene con la protección de su patrimonio natural. Salvar al cóndor no es solo una tarea ambiental; también significa preservar una parte de la identidad de Colombia y demostrar que somos capaces de cuidar aquello que nos define como nación.
Quizá el cóndor nunca entienda por qué el país que lo convirtió en símbolo patrio no ha logrado asegurarle un futuro. Pero nosotros sí podemos entender lo que significaría perderlo. No sería únicamente la desaparición de una especie extraordinaria; sería aceptar que dejamos caer, ante nuestros propios ojos, uno de los emblemas más poderosos de Colombia.
Ojalá que, así como en nuestro escudo el cóndor sostiene en su pico una corona de laureles, símbolo de victoria y honorabilidad, también podamos ofrecerle en la vida real la victoria de su supervivencia.

Datos curiosos sobre el cóndor andino
Los dos expertos consultados explicaron que el cóndor andino guarda particularidades que ayudan a comprender por qué su conservación es tan compleja. Julián Parra destacó que estas aves pertenecen a la familia Cathartidae, grupo conocido como los buitres del Nuevo Mundo. Incluso, el término Cathartes proviene del griego kathartēs, que significa “limpiador” o “purificador”, una definición que refleja el importante papel que cumplen estas especies al consumir animales muertos y contribuir al reciclaje de nutrientes dentro de los ecosistemas.
Otro de los datos que resaltaron es que la supervivencia del cóndor no depende únicamente de evitar la cacería o el envenenamiento. Parra explicó que factores como el cambio climático también pueden alterar sus patrones de desplazamiento, reproducción y cuidado de las crías. A esto se suma que los cóndores juveniles presentan bajas tasas de supervivencia en estado silvestre, una situación que dificulta todavía más la recuperación de una población que naturalmente crece de manera lenta.
Ambos expertos coinciden en que su capacidad de resistencia no puede convertirse en una excusa para dejar su supervivencia en manos de la naturaleza pues el futuro del cóndor también dependerá de que Colombia fortalezca sus programas de conservación, mejore el monitoreo y transforme la percepción de las comunidades que conviven con esta ave.
¿Cómo podemos cuidar al cóndor?
Poner nuestro granito de arena para proteger al cóndor también implica acciones cotidianas. No difundir mitos sobre la especie, especialmente la falsa creencia de que el cóndor ataca al ganado, es fundamental para evitar que continúe siendo perseguido.
También es importante reportar ante las autoridades ambientales o entidades de conservación cualquier cóndor herido, muerto o en situación de riesgo, sin intentar manipularlo. A esto se suma apoyar los programas de conservación y educación ambiental, que permiten investigar, monitorear y proteger sus poblaciones.
Pero, sobre todo, cuidar los páramos, bosques altoandinos y demás ecosistemas donde habita significa proteger no solo al cóndor, sino a cientos de especies que dependen de estos territorios. Rechazar la cacería y el uso de venenos para controlar animales considerados una amenaza también es una responsabilidad colectiva.
El cuidado ambiental no puede ser únicamente una tarea de científicos o autoridades sino que comienza cuando las comunidades conocen, respetan y protegen la naturaleza que las rodea.

Fuentes a destacar:
Ballejo, F.; Plaza, P. I.; Lambertucci, S. A. 2020. The conflict between scavenging birds and farmers: Field observations do not support people’s perceptions. Biological Conservation 248: 108627.
Sáenz-Jiménez FA, ParradoVargas MA, Restrepo-Cardona JS, Kohn S, Narváez F, Margalida A (2025). Estimating the Andean Condor Vultur gryphus population at the northern edge of its geographical range: a citizen science-based approach. Bird Conservation International, 35, e9, 1–9 https://doi.org/10.1017/S0959270925000061
Robert B. Wallace, Ariel Reinaga, Natalia Piland, Renzo Piana, F. Hernán Vargas, Rosa Elena Zegarra, Sergio Alvarado, Sebastián Kohn, Sergio A. Lambertucci, Pablo Alarcón, Diego Méndez, Fausto Sáenz-Jiménez, Francisco Ciri, José Álvarez, Fernando Angulo, Vanesa Astore, Jannet Cisneros, Jessica Gálvez-Durand, Rosa Vento, Celeste Cóndor, Víctor Escobar, Martín Funes, Alejandro Kusch, Adrián Naveda-Rodríguez, Claudia Silva, Galo Zapata-Ríos, Carolina Gargiulo, Sandra Gordillo, Javier Heredia, Rubén Morales, Alexander More, David Oehler, Oscar Ospina-Herrera, Andrés Ortega, José Antonio Otero, Carlos Silva, Guillermo Wiemeyer, and Lorena Zurita “Defining Spatial Conservation Priorities for the Andean Condor (Vultur gryphus),” Journal of Raptor Research 56(1), 1-16, (28 February 2022). https://doi.org/10.3356/JRR-20-59
