El artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos reconoce el derecho a la alimentación como parte elemental a un nivel de vida adecuado. Este derecho va más allá de garantizar la distribución y el acceso a los alimentos, ya sea mediante huertas caseras o en supermercados. También comprende la necesidad de una dieta equilibrada en nutrientes, así como las normas de saneamiento y los recursos indispensables para su preparación, entre ellos, el agua potable.
En este contexto, las mujeres campesinas, productoras y portadoras de saberes ancestrales desempeñan un papel fundamental en la construcción de sistemas alimentarios más sostenibles, aunque su trabajo no siempre recibe el reconocimiento que merece.
En Membrillal, vereda de la zona rural de Cartagena, María Cerba junto a otras 19 mujeres cuidadoras impulsan el proyecto “Efecto Invernadero”, el cual consiste en abastecer la mesa de los cartageneros con los alimentos producidos en las parcelas. Ellas hacen parte de la Asociación de Mujeres Tejedoras de Futuro por la Paz, una organización que nació hace nueve años con el fin de promover la independencia económica por medio de huertas caseras y el cuidado de la tierra. Asimismo, algunas mujeres han incursionado en la producción de otro tipo de alimentos. Le sugerimos: Exitoso Mercado Campesino se llevó a cabo en Turbaco
“Hay mujeres dentro del grupo que tienen peces, gallinas ponedoras, pollos de engorde. Y son mujeres que a través de sus manos vienen elaborando este trabajo y se dedican a vender sus productos al mercado, e incluso personas se trasladan directamente a comprar los huevos frescos, directamente a la parcela, a comprar los pollos recién sacados de los criaderos. Por eso, somos una fuente de alimentación que aunque no somos visibles, estamos aportándole a la economía de Cartagena”, afirmó Ceba.

En la vereda de Camaron en El Carmen de Bolívar, Angelina González cultiva col, ají pimentón, cebollín y otras especies nativas de bosque seco tropical. Ella asegura que no hay nada mejor como los cultivos criollos ya que duran más tiempo almacenados. “La gente no sabe que si tú consumes ‘culantro criollo’ (cilantro cimarrón) puede durar hasta uno o dos meses en la nevera, en cambio si consumes del ‘culantro castilla’, nada más dura un día”, puntualizó.
En el mercado de Santa Rita, también existe una revolución de la comida. Para Mary Giraldo, hablar de soberanía alimentaria implica hablar de los mercados populares o afropopulares. “Hablar de soberanía alimentaria es hablar de todo el potencial de la gastronomía autóctona, de los saberes ancestrales que viven en nuestras manos, en nuestros fogones, en nuestras matronas. Está en ese arroz de frijolito, en el sofrito y en todos esos manjares que nos brinda nuestra gastronomía caribeña”, expresó Giraldo.
Los saberes ancestrales transforman la comida

El cuidado y la preservación de las semillas nativas son fundamentales para garantizar la soberanía alimentaria, pues proteger estas especies y reconocer sus beneficios se convierte en un compromiso que trasciende generaciones. González cuenta que fue su tatarabuela quien le transmitió el amor por la tierra y los conocimientos ancestrales sobre las propiedades y los usos de cada planta. Entre ellos, recuerda que el culantro, por ejemplo, se utiliza para aliviar dolores de estómago y la fatiga.
“Una alimentación sana genera una mente sana, un cuerpo sano y un ambiente sano, porque paz con hambre significa que no hay paz”, admitió.
La modificación genética y las patentes de las semillas nativas representan una preocupación para la soberanía alimentaria, especialmente por sus posibles efectos sobre la conservación de las variedades nativas y la autonomía de las comunidades campesinas. La comercialización de semillas bajo modelos que restringen su reproducción e intercambio puede generar dependencia de proveedores externos y desplazar prácticas tradicionales de cultivo que durante generaciones han permitido a las familias conservar sus propias especies. Le recomendamos: Mujeres campesinas de Achí administrarán nuevo banco de maquinaria agrícola
Esta situación también pone sobre la mesa la importancia de proteger la biodiversidad agrícola y promover sistemas de producción que respeten los ciclos naturales y las condiciones de cada territorio. Para las comunidades campesinas, preservar las semillas nativas significa mantener variedades de alimentos, así como defender el derecho a decidir qué cultivar, cómo producirlo y de qué manera garantizar una alimentación adecuada para las generaciones futuras.
“Hoy nuestras semillas están amenazadas, quieren transformar desde su ADN, patentar y vendernos como si no fueran nuestras. Entonces es nuestro deber y misionalidad defenderla porque hoy la mayoría de lo que comemos está enfermando nuestros cuerpos”, recalcó Giraldo.
Y agregó: “Es importante hablar de salvaguardar las familias nativas de semillas, de defender el campesinado que históricamente ha sembrado sus propias semillas sin ningún limitante, es así que es necesario seguir generando políticas públicas que salvaguarden protejan al campo”.
El acceso al agua en la producción de alimentos

El acceso al agua es una condición indispensable para garantizar la producción de alimentos y la continuidad de las actividades agrícolas en las comunidades rurales. En Camarón, las mujeres campesinas reconocieron esta necesidad y se organizaron para instalar tuberías que llevaran el servicio hasta las viviendas de la vereda.
Esta infraestructura no solo facilita las labores domésticas, sino que también representa una oportunidad para mantener los cultivos mediante sistemas de riego, especialmente durante las temporadas de menor precipitación. De esta manera, “quien cuida de las plantas llega a tener salud, educación y buena alimentación”, subrayó González.
