La literatura está bajo sospecha. El veredicto de un algoritmo hoy basta para linchar la reputación de un escritor y acusarlo de fraude. Varias obras ganadoras de premios literarios enfrentan polémicas, porque herramientas de Inteligencia Artificial dictaminan que fueron escritas por máquinas.
En la era del capitalismo de la atención, esta controversia parece un negocio fríamente calculado por los mismos creadores de la IA para mover el mercado, generar dependencia y mantenerse en el centro de la conversación global. Demostrar que la tecnología supera al arte es su mejor estrategia publicitaria. Anidamos un mundo de aceleración tecnológica imparable. La IA es un motor científico indiscutible para la medicina y los descubrimientos del mañana. No podemos frenar el progreso, pero el verdadero peligro acecha al intelecto humano.
Hoy se afirma con ligereza que usar estas herramientas anula el pensamiento crítico. Criamos generaciones incapaces de ser grandes lectores o creadores, mentes perezosas que delegan el esfuerzo de escribir. Asistimos a una robotización de las mentes, porque las máquinas carecen de algo fundamental, no tienen alma. Eso lo escucho permanentemente, es una preocupación tenebrosa de que el alma se pierda. ¿Qué pasará con la esencia humana en los escritos? El riesgo de quedarnos con textos vacíos es latente.
La paradoja más oscura es que la IA se alimenta de todo lo que el ser humano ha sentido y redactado a lo largo de la historia. Tras absorber nuestra poesía, dolores y triunfos, la tecnología se convierte en nuestro peor enemigo, un espejo distorsionado que imita nuestra voz para recordarnos que estamos perdiendo la capacidad de pensar por nosotros mismos. Ante la acusación de la máquina, los autores se defienden mostrando libretas y borradores. ¿Pero a quién creerle? Los detectores fallan constantemente y penalizan la prosa pulcra como si fuera matemática. Recordemos que Gabriel García Márquez, tras culminar ‘Cien años de soledad’, quemó todos sus apuntes y fuentes de investigación. Si Gabo viviera hoy y un software dictaminara que su obra fue hecha por una IA, el genio de Aracataca carecería de pruebas físicas para demostrar su inocencia.
El arte no puede someterse a la tiranía de un porcentaje probabilístico. El veredicto de la máquina es incapaz de medir el sudor, la intuición y el espíritu humano. Si dejamos que un algoritmo dicte qué es auténtico y qué es falso, no solo destruiremos a los creadores; habremos entregado voluntariamente nuestra propia alma al enemigo que nosotros mismos alimentamos. ¿Qué nos espera? ¿Es un negocio? ¿Nos quedaremos sin alma? ¿Quién detiene a la IA?
*Escritora.

