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Columna

Entre honores y egos

“Rechazar un reconocimiento para que se les insistan puede resultar tan mezquino como ir a pedirlo, o incluso peor, porque al deseo de recibir honores se añade el empeño de hacerse pasar por humildes”.

Enrique Del Río González

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Cuando alguien recibe un cumplido y contesta que no es para tanto, puede estar esperando que la conversación termine o, por el contrario, que apenas comience. Hay quienes se incomodan con los elogios porque son tímidos, porque no saben qué decir o porque les cuesta reconocer sus propios méritos, pero también hay quienes se hacen pequeños con la esperanza de que los demás insistan en hacerlos grandes.

François de La Rochefoucauld lo advirtió en sus ‘Máximas’ al escribir que “Rehusar las alabanzas es un deseo de ser alabado dos veces”, una observación que sigue siendo incómoda, porque nos obliga a mirar más allá de las palabras amables y los gestos discretos.

Basta pensar en quien responde que no es merecedor de un reconocimiento y espera que le enumeren todo lo que ha hecho o que le expliquen por qué nadie lo merece más. El primer elogio le resulta insuficiente, de modo que provoca otro y, si puede, uno adicional por su aparente modestia. Así consigue que lo admiren por sus logros y también por la supuesta virtud de restarles importancia, mientras el otro termina esforzándose en convencerlo de algo de lo que ya estaba convencido.

Como la humildad goza de buena reputación, resulta tentador apropiarse de su apariencia, sobre todo cuando permite alimentar el orgullo sin asumir el costo de parecer orgulloso. Incluso se pueden acostumbrar tanto a esa conducta, que terminan por creerse su propia modestia, sin detenerse a pensar qué esperan realmente de los demás.

Rechazar un reconocimiento para que se les insistan puede resultar tan mezquino como ir a pedirlo, o incluso peor, porque al deseo de recibir honores se añade el empeño de hacerse pasar por humildes. Los reconocimientos no se mendigan y mucho menos se compran, porque ningún diploma puede corregir la pequeñez de haberlo obtenido mediante favores, presiones o atajos; pero, al menos quien busca que lo exalten sin disimularlo deja ver su intención, mientras que el otro pretende que también le celebren su supuesto desinterés.

Ahora bien, cuando el reconocimiento llega de manera genuina, aceptarlo con gratitud también habla de nosotros. Hay alguien al otro lado que quiso destacar nuestro trabajo, una persona o una comunidad que dedicó tiempo a valorar lo que hacemos, y descalificar ese gesto por parecer modestos puede ser una forma de ingratitud. Si existen razones de conciencia para rechazarlo, habrá que decirlas, pero recibir un honor merecido no nos vuelve soberbios ni nos obliga a fingir sorpresa ante nuestro propio esfuerzo.

Tal vez nos haga falta aprender a decir gracias sin pedir una segunda ronda de elogios, a sentir alegría por lo conseguido y a compartirla con quienes nos ayudaron. La humildad también consiste en reconocer lo que sabemos hacer, sin creernos por ello superiores a nadie, y en poder seguir haciendo bien nuestro trabajo cuando ya nadie está aplaudiendo.

*Abogado.

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