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Columna

El Caribe que soñamos: una esperanza posible

“La esperanza no consiste en esperar que las cosas cambien, sino en creer que pueden cambiar y asumir, entre todos, la responsabilidad de hacerlo posible”.

Juan Sebastián Rodríguez

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¿Y si la identidad que ya compartimos en la cultura se convirtiera también en una agenda común de desarrollo? ¿Y si aprendiéramos a encontrarnos desde aquello que nos une, en lugar de distanciarnos por aquello que nos diferencia?

Estas preguntas me acompañaron tras participar en un encuentro para la construcción del Plan Nacional de Desarrollo, donde pensamos el país desde las regiones. Allí surgió una idea que merece soñarse en grande: un Caribe multimodal, energético y sostenible.

Construir región exige más que infraestructura e inversiones. Requiere una cultura del encuentro: escuchar, reconocer al otro y encontrar propósitos comunes sin que las diferencias se vuelvan barreras. En esa tarea, la fe tiene mucho que aportar: nos recuerda el valor de la fraternidad, la solidaridad y el servicio, y que el desarrollo solo cobra sentido cuando contribuye al bienestar de todos.

Imaginemos un Caribe conectado por una infraestructura que acerque sus ciudades, facilite el comercio y aproveche sus puertos y su vocación marítima. Un Caribe donde la energía del viento y del sol cierre brechas y cuide el medio ambiente. Una región que fortalezca su agroindustria y conecte sus atractivos culturales, históricos y naturales en circuitos turísticos, entre ellos el turismo religioso, con sus templos, santuarios y fiestas patronales, que integran territorios y preservan el patrimonio espiritual. Un Caribe que no se piense solo desde Colombia, sino como parte del Gran Caribe, esa familia de pueblos que comparte mar, historia y cultura, de Centroamérica a las Antillas. Esa riqueza cultural compartida también abre la puerta a nuevos mercados, con productos, servicios y turismo que llegan más lejos.

Y, sobre todo, un Caribe de crecimiento con rostro humano: donde los jóvenes encuentren oportunidades sin marcharse y el empleo formal sea una posibilidad real.

El clúster Caribe multimodal, energético y sostenible puede darle forma a esa visión, siempre que no se quede en los documentos. Necesita proyectos financiables, responsabilidades claras y compromisos que trasciendan los periodos de gobierno; gobiernos que dialoguen más allá de sus fronteras administrativas; y sector privado, academia, comunidades e instituciones religiosas en la misma mesa.

Por eso, el Plan Nacional de Desarrollo debería reconocer esta apuesta regional y dotarla de mecanismos para concretarla. Cartagena y Bolívar tienen mucho que aportar, pero su futuro no depende solo de lo que cada departamento consiga por separado, sino de lo que seamos capaces de construir juntos.

Porque la esperanza no consiste en esperar que las cosas cambien, sino en creer que pueden cambiar y asumir, entre todos, la responsabilidad de hacerlo posible. El Caribe tiene con qué; falta decidirnos a construirlo juntos.

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