Cuarentenas contadas por novelistas

20 de marzo de 2020 08:33 AM
Cuarentenas contadas por novelistas
Escena de ‘El amor en los tiempos del cólera’, película basada en el libro homónimo de Gabriel García Márquez.//Foto: Cortesía.

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En ‘Cien años de soledad’ (1967), así narró Gabriel García Márquez, la epidemia de insomnio y olvido que sufrieron los habitantes de Macondo, en su novela. Cualquier parecido con la realidad es una ficción que ya cumplió 53 años de haber sido contada y se anticipó a enfermedades que aún no habían sido descubiertas:

“Cuando José Arcadio Buendía se dio cuenta de que la peste había invadido el pueblo, reunió a los jefes de familia para explicarles lo que sabía de la enfermedad del insomnio, y se acordaron medidas para impedir que el flagelo se propagara a otras poblaciones de la ciénaga. Fue así como les quitaron a los chivos las campanitas que los árabes cambiaban por guacamayas, y se pusieron a la entrada del pueblo a disposición de quienes desatendían los consejos y súplicas de los centinelas e insistían en visitar la población. Todos los forasteros que por aquel tiempo recorrían las calles de Macondo tenían que hacer sonar su campanita para que los enfermos supieran que estaban sanos. No se les permitía comer ni beber nada durante su estancia, pues no había duda de que la enfermedad solo se transmitía por la boca, y todas las cosas de comer y de beber estaban contaminadas por el insomnio. En esa forma se mantuvo la peste circunscrita al perímetro de la población. Tan eficaz fue la cuarentena que llegó el día en que la situación de emergencia se tuvo por cosa natural, y se organizó la vida de tal modo que el trabajo recobró su ritmo y nadie volvió a preocuparse por la inútil costumbre de dormir”.

Un siglo antes, en 1867, Jorge Issacs, confinado en la cordillera occidental, en medio de las guerras civiles que desangran al país y en medio de otras pestes sociales y políticas, escribe la mejor novela romántica que se ha concebido en Colombia: ‘María’. La escribe en las treguas como sub inspector de caminos, dirigiendo a más de trescientos peones para abrir las espesuras de la cordillera, que están “entre rocas, selva virgen, aguaceros torrenciales y culebras, alacranes, murciélagos y mosquitos”, cuenta el historiador Germán Arciniegas, y por las noches en el campamento La Víbora, alumbrado con una lámpara, avanza en la escritura de su historia de amor, enfermedad y fatalidad de su heroína, María. Un espléndido ejercicio de lectura en esta cuarentena cartagenera sería leer o releer la novela ‘María’, de Jorge Issacs, que dejó en vilo a Jorge Luis Borges, cuando la leyó, el 24 de abril de 1937, entre las dos de la tarde a nueve de la noche. Y quedó a merced de los suspiros amorosos de Efraín y María.

Y de amores, volvemos otra vez a las pandemias.

En su novela ‘El amor en los tiempos del cólera’ (1986), que se desarrolla dentro de la peste del cólera de 1849 que vivió Cartagena, García Márquez cuenta que “el doctor Juvenal Urbino se dio a conocer en el país por haber conjurado a tiempo, con métodos novedosos y drásticos, la última epidemia de cólera morbo que padeció la provincia. La anterior, cuando él estaba todavía en Europa, había causado la muerte a la cuarta parte de la población urbana en menos de tres meses, inclusive a su padre, que fue también un médico muy apreciado. Con el prestigio inmediato y una buena contribución del patrimonio familiar fundó la Sociedad Médica, la primera y la única en las provincias del Caribe durante muchos años, y fue su presidente vitalicio. Logró la construcción del primer acueducto, el primer sistema de alcantarillas, y del mercado público cubierto que permitió sanear el pudridero de la Bahía de las Ánimas”.

Epílogo

Luego de haber culminado su novela romántica, Jorge Issacs añoraba en Bogotá en una carta enviada a un amigo, las noches salvajes en que se escribió su novela de amor:

“Bajo los peñascos coronados de chontas, las espumas del río blanqueaban como jirones de un sudario sobre la tierra negra de una tumba removida. Estas paredes me ahogan: el desierto con sus reptiles y sus fieras, el desierto con su pompa salvaje, vale más para mí que un palacio con sus galas y sus voluptuosidades inventadas por los sibaritas gastados y aplaudidos por la vanidad. Un colchón de hojas secas bajo un árbol frondoso, teniendo por lámpara la luna y por arrullos los suspiros de las auras en el bosque, es un lecho digno de un rey de la naturaleza”.

Los días y las noches en la selva le parecieron a Isaacs más bellos y deslumbrantes que el encierro de Bogotá. Y en esa intemperie se gestó el prodigio de esta novela que volvemos a leer y recomendar en esta cuarentena de marzo.

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