Es fácil señalar con el dedo cuando no somos quienes vivimos una situación. Es fácil emitir juicios, criticar desde la distancia cuando no habitamos la piel de la otra persona. A las mujeres se nos enseña desde niñas a ser hermosas, a buscar la belleza por encima de muchas otras cosas porque, según nos dicen, la bonita consigue un buen novio, encuentra trabajo con más facilidad y tiene la vida resuelta. El mensaje puede variar de forma, pero el fondo suele ser el mismo.

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El UniversalRecuerdo a dos profesoras de dos colegios distintos durante mi época de bachillerato. Una de ellas repetía con frecuencia: “Si son lindas, tienen la vida arreglada”. Yo la escuchaba y pensaba: tengo que ser bonita. La otra nos dijo un día, frente a todo el salón, que era imposible que una mujer fuera linda e inteligente al mismo tiempo. Le insistimos en que no era cierto, pero ella rechazó nuestros argumentos con una simple negación. Mis amigas y yo quedamos desconcertadas.
Desde pequeñas aprendemos que hay una manera correcta de ser mujer. Hay que sentarse como una niña, reír como una niña, hablar como una niña y, más adelante, comportarse como una señorita. En gran medida, parece que todo termina reduciéndose a nuestro aspecto físico. Lo vivimos cuando el acoso callejero se disfraza de halago. Cuando un profesor universitario fija su atención en una estudiante más de la cuenta. Cuando un jefe concede privilegios que no otorga al resto. La belleza parece tener poder sobre el mundo. Pero pocas veces nos preguntamos qué ocurre cuando esa misma exigencia comienza a presionarnos desde dentro.
Hace poco, el país se estremeció con el asesinato de Yulitza Tolosa, una mujer de 40 años que perdió la vida tras someterse a una lipólisis láser en un centro estético del sur de Bogotá. Según las investigaciones, fue abandonada en una vía de Santander mientras quienes realizaron el procedimiento intentaban huir hacia Venezuela. El caso generó indignación nacional, pero también despertó reacciones que merecen una reflexión más profunda. Quisiera detenerme en una frase que apareció en medio de la conversación pública tras su muerte: “La mató la vanidad”. Vanidad. No cabe tanta crueldad en una palabra de tres sílabas.
Diversos comentarios en redes sociales y algunos enfoques mediáticos terminaron responsabilizando a Yulitza de su propia muerte por querer verse mejor, por buscar un procedimiento más económico o por no acudir a un lugar con mayores garantías. Como si el deseo de sentirse bien con el propio cuerpo fuera una falta moral. Yulitza era peluquera. Había ahorrado durante mucho tiempo para realizarse el procedimiento que le recomendaron algunas amigas. Cuántas horas de trabajo, cuántos cabellos planchados, cuántas jornadas de esfuerzo no habría detrás de esa decisión. Era una mujer que soñaba con verse mejor frente al espejo, como muchas lo hacemos.
Sin embargo, no se trata de desconocer la responsabilidad individual que implica someterse a un procedimiento estético porque sobre eso ya se ha hablado bastante. Tal vez la pregunta más importante en este momento sea otra: ¿Qué mensajes estamos transmitiendo a las niñas que hoy crecen observándonos? ¿Qué nos habría gustado escuchar cuando éramos niñas?
Para responder a estas preguntas es necesaria la mirada de la psicología. Orelly Bolaño, integrante del Comité Permanente de Política Pública de Diversidad Sexual y Asuntos de Género de la Comisión Nacional de Políticas Públicas del Colegio Colombiano de Psicólogos (Colpsic), explica en conversación con Facetas que la familia es el primer espacio donde se construyen los significados asociados al valor personal.
“Lo que el sistema familiar valora, la niña lo internaliza como vital para pertenecer y ser amada. Si padres, madres, cuidadores y la red de apoyo refuerzan constantemente la apariencia física, modelan un sistema de valores superficial. En cambio, si validan sus ideas, su valentía y su resiliencia, construyen autonomía emocional”, señala.
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Según la especialista, esta autonomía emocional funciona como un factor protector que permite desarrollar una valoración propia basada en aspectos internos y no exclusivamente en la validación externa. Las presiones, además, no afectan a todas las niñas de la misma manera. Bolaño advierte que muchas también enfrentan formas de racismo estético relacionadas con el tono de piel o las características de su cabello.
“Estos comentarios, que suelen presentarse como bromas o consejos, operan como violencias simbólicas. La niña termina interiorizando esa voz crítica y la convierte en parte de su diálogo interno. En lugar de habitar su cuerpo como un lugar seguro, comienza a percibirlo como algo defectuoso que necesita corregir para ser aceptada”, explica.
Las señales de alerta pueden aparecer desde edades tempranas: evitar los espejos o revisarse compulsivamente, abandonar actividades propias de su edad, restringir la alimentación, utilizar un lenguaje agresivo hacia sí misma o desarrollar una necesidad constante de modificar sus fotografías antes de publicarlas en redes sociales.
“Una niña con la autoimagen y el autoconcepto deteriorados tiene un alto riesgo de convertirse en una mujer que tolere relaciones abusivas o profundamente desiguales porque cree que eso es lo que merece. También puede experimentar síndrome de la impostora, limitando su autonomía económica, su desarrollo profesional y su participación en espacios de liderazgo”, advierte Bolaño.
Pero la experta insiste en que la conversación no puede quedarse únicamente en las consecuencias. También es necesario preguntarse qué mensajes estamos transmitiendo a las nuevas generaciones. Si pudiera hablarles directamente a las niñas y adolescentes, Orelly Bolaño les diría que su cuerpo no es una vitrina para que otros lo evalúen, ni un adorno, ni un proyecto de mejora permanente basado en estándares sociales. Por el contrario, debería ser entendido como el primer territorio de cuidado y amor propio.
“Necesitamos alejarlas de la idea de que el cuerpo sirve únicamente para encajar en un molde. Es importante invitarlas a desarrollar una profunda conciencia corporal. Esto significa aprender a escuchar a su cuerpo no para juzgar cómo se ve frente a una pantalla o bajo un filtro, sino para sentirlo: saber cuándo necesita descanso, cuándo necesita movimiento, qué le duele y qué le produce alegría”, explica.
Para la psicóloga, esa conexión íntima con el propio cuerpo, sumada al fortalecimiento de las competencias socioemocionales, constituye uno de los mayores factores de protección para la salud mental. “Cuando una adolescente aprende a identificar y abrazar sus emociones, desarrolla la autonomía necesaria para cuestionar esos mandatos externos que buscan hacerla sentir insuficiente. Necesitamos enseñarles a las niñas que su valor humano es innegociable y absoluto; no se mide en tallas, en la cantidad de ‘likes’ ni en el tono de su piel”.
Quizá por eso la conversación no debería centrarse únicamente en los procedimientos estéticos. Tampoco en juzgar a quienes deciden realizárselos. La pregunta de fondo es por qué tantas mujeres sentimos que necesitamos cambiar algo de nosotras para merecer amor, reconocimiento o aceptación. Porque antes de hablar de vanidad, tendríamos que hablar de las décadas de mensajes que nos enseñaron que ser bellas era una obligación y de lo difícil que resulta desprenderse de una idea que nos acompañó desde la infancia.
