Si recordar es vivir y no morir jamás, recuerdos muy especiales, cargados de buen humor y simpatía, es lo que nos dejó Magín Chedid Ortiga Eljaiek en su corto paso por esta vida terrena.
Seres como Magín Chedid que irradian ternura, bondad y viven para hacer el bien y dar amor, no pertenecen a este mundo convulsionado lleno de egoísmos y excentricidades. Son ángeles fugaces, de gran corazón, a cuyo paso dejan una huella indeleble y profunda, que transforman todo lo que tocan.
Esa es la única explicación que encuentro a su prematura partida. Las múltiples manifestaciones de solidaridad, las palabras de infinita gratitud de los niños del complejo de raquetas, de sus compañeros y amigos del colegio, de la universidad, cuyas banderas ondean a media asta, de los caddies del Club Cartagena quienes desde su temprana infancia y de la mano de su padre Magín José Ortiga, le enseñaron a amar el tenis, a agarrar la raqueta, esa misma raqueta que lo acompañó los 27 años de su vida, como parte de su ADN, del que también formó parte su guitarra, sus guayos de fútbol, sus dotes de gran bailarín y su inagotable sonrisa.
Su pasión por el deporte blanco trascendió fronteras. Son muchos los trofeos que alzó en representación de Cartagena y Colombia, más el trofeo más importante que levantó y se lo llevó consigo al más allá, sin proponérselo, es el cariño que nace en lo más profundo del corazón de su madre, Vivian Eljaiek, y que hoy replican al unísono, de manera espontánea y muy sentida todas y cada una de las personas que tuvieron la gracia de conocerlo como miembro de familia, como alumno, como amigo, como maestro o simplemente como Magincito donde quiera que llegaba.
De sus padres Magín y Vivian heredó el buen trato, nunca tuvo una palabra desobligante, siempre conciliador, hizo de la disciplina y el coraje sus mejores aliados, para superar barreras y alcanzar sus metas volantes, sin atropellar a nadie, con gallardía y humildad, estimulando a otros a alcanzar sus sueños, esos mismos que por designios divinos se truncaron para él, más sembró muchas semillas que germinan manteniendo vivo su legado y su recuerdo.
Ese corazón grande, que por grande, le jugó una mala pasada, el pasado 19 de septiembre, mientras dormía, y al cual le hablaba en su intimidad para que le recordara siempre que no es tan importante ganar como competir con entusiasmo y honestidad. Que afrontar la adversidad enriquece el espíritu y perder con altura enaltece.
En su último juego, se llevó la satisfacción de haber puesto lo mejor de sí para que el diario de su alma haya llegado al lugar de privilegio donde hoy se encuentra pleno de luz y amor celestial.
*Rotaremos este espacio para mayor variedad de opiniones.
