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Hoy es difícil hallar electores atraídos por ideas y programas, con mística y convicciones, y abundan, al contrario, los que votan por intereses de diversa índole. Sigo creyendo, sin arrepentirme, que lo que debe hacer un ciudadano presto a decidir bien sobre la suerte de su país es votar convencido de lo que hace y no de lo que espera por oportunismo. El país se fragmentó porque dos tránsfugas –Santos y Uribe– lo polarizaron haciendo lo que desaconsejaban las ideas y la acción del partido de cuya planta desertaron, el uno porque quería ser presidente vitalicio y el otro porque aspiraba a ser ministro de Defensa.

Con esos saltos alinearon, en torno a sus personalidades, un par de facciones con la ambición de mandar más allá de sus méritos.

Veo en el liberalismo un gigante dormido, diferenciado del conservatismo en que no está poseído por un complejo de minoría ni azotado por una crisis de identidad. Al conservatismo lo dispersó el Centro “Democrático”, adonde  arrimaron sus dos aspirantes más desesperados, Marta Lucía Ramírez y  Alejandro Ordóñez. Le fue mejor a ella en el reparto de los postres. Uribe y Pastrana, presuntuosos y cínicos como Poncio, inocentes fueron de la sangre de ese justo crucificado por la consulta.

Abolida la reelección, el Partido Liberal escogió competir con candidato propio y con valija ideológica bien provista. Humberto De la Calle es un hombre de Estado con buenas calificaciones: ha sido dos veces ministro del Interior, embajador en España, vicepresidente, magistrado de la Corte Suprema de Justicia, registrador nacional, negociador de paz y sin antecedentes de malamañoso, firme en su posición de centro izquierda como buen socialdemócrata. Tiene sobrados títulos para inyectarle dignidad a la política y coherencia al ejercicio del poder.

Con solo repasar la vigorosa estela de realizaciones del Partido Liberal a lo largo de dos siglos de vida pública, recogida por las plumas de Gerardo Molina, Alfonso Romero Aguirre y Milton Puentes, se concluye que hubo una nación que en nada se asemeja a esta sociedad en apuros que hoy nos avergüenza. La estela surgió de instituciones delineadas por ideas claras sobre el Estado democrático, su sistema económico y sus conquistas sociales. La sociedad en apuros es la saga de cóleras afincadas en una periferia espiritual de golpes bajos, reacia al cultivo de los principios y de la ética. John Rawls lo dijo bien: “Hay satisfacciones políticas contrarias a la concepción del bien público”.

No hay que inventar nada. La Historia nos enseña que hay renacimientos (por si los jóvenes despiertan al liberalismo) que frenan las exhortaciones fantásticas de los populismos, denunciando los miedos y mentiras que son al tiempo ideario y táctica de los liderazgos sin savia en sus vasos.

“La sociedad en apuros es la saga de cóleras afincadas en una periferia espiritual de golpes bajos, reacia al cultivo de los principios y de la ética”. 

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