Toda incursión mide su continuidad en función de la respuesta que encuentra; la emprendida en este espacio público no ha hallado condiciones que permitan sostenerla. De toda evidencia, el tratado densamente hilado a mano —por entregas hebdomadarias de rigurosos 2,800 caracteres con espacios— ya rebasó los lindes de su soporte. Antes que abusar de la generosidad de quienes me conceden esta tribuna, conviene reconocer que el discurso aquí emprendido es estructuralmente superfluo para una ciudad que ahora “está en su mejor momento”. Desde luego, la filosofía no mueve las cifras del turismo masivo ni le sirve a una sociedad de tan arraigadas conductas, y poco le aterrará el reciente manifiesto de Palantir a quien ya delega su criterio y su labor cotidianamente a la IA. El experimento concluye entonces con esta columna, habiendo cumplido su función como metodología de fricción pública.
Algo indispensable en este punto es la aclaración inequívoca de que la decisión de detener la columna proviene exclusivamente del autor, y que ello no deriva de ninguna censura por parte de un medio que nunca me ha vetado una sola línea en 4 años. Varios factores motivan esta explicación final, que deberá disipar toda sospecha: primero, la asiduidad de mi contribución y ahora su abrupto corte; luego, mi tendencia a ser reprobado por explorar con frecuencia los límites en mi obra; y por último, el más elemental sentido de la forma tanto textual como social. Como expliqué en el diagnóstico civilizacional que ocupó algunas de estas columnas, ya no se requieren designios personales para que existan consecuencias concretas, sino que el sistema mismo engulle lo liso y escupe la singularidad que no puede optimizar. El daño que las nuevas colonizaciones tecnológicas le hacen al planeta y a nuestra cognición está siendo documentado, y cabe advertir que poco importarán los sectarismos políticos, religiosos y culturales ante la soberanía de los elementos.
Este fue un ejercicio de subversión calculada —no de armas tomar sino de armas domar— para buscarle salida a lo que probablemente ya no la tenga. Poco se puede pedir de una humanidad aferrada a las sombras, que niega la entropía con torpes supersticiones e insiste en castigar a sus contrarios con saña cavernícola. Con los crecientes recursos que usa la IA, las luchas por la legibilidad ontológica y contra la depredación de la naturaleza convergen en una sola. Cada palabra generada se cuenta en agua consumida por infraestructuras, equivaliéndose verbo y materia en peligroso desequilibrio. Seguiré definiendo el campo de la “reofénica” en otros espacios, sin que mengüe mi gratitud hacia el diario y su director, el Dr. Nicolás Pareja. A mis lectores y detractores, mi genuino agradecimiento y mis más luminosos deseos para este mundo oscuro.
