Las luces de Navidad aún brillan en las calles de nuestra hermosa Cartagena de Indias. El aire se impregna de risas y olores a pasteles de arroz, ajiacas, perniles, pavos y mil aromas festivos más. La ciudad, llena de vida, se prepara para despedir el año que está por terminar. 2024, ya te fuiste. En esta temporada es costumbre pintar los hogares, como dando una bienvenida bonita al tiempo nuevo por llegar. En muchos rincones del mundo, las personas celebran de distintas maneras estas calendas, unidas, tal vez, por el hilo invisible de una reflexión sobre lo que hemos hecho y lo que vamos a hacer. La vida me ha dejado como enseñanza que quien va a cambiar, cambia de una vez; no tiene que esperar el fin de año.
Imaginé hoy la historia en casa de Manuel el 31 de diciembre, un hombre sexagenario, con la familia reunida alrededor de la mesa. Las risas de los hijos resonaban como música, y los adultos compartían anécdotas tejidas a través del tiempo, especialmente sobre las navidades de antaño. Mientras las mujeres servían las deliciosas viandas que habían preparado con tanto esmero, Manuel miró a su alrededor y sintió una profunda gratitud mágica. La vida había pasado volando, como un susurro en el viento. Su corazón aún latía con la alegría de la juventud; también quiso hacer una catarsis de lo malo vivido, pero reflexionó sobre cómo hasta lo malo puede volverse bueno, eso da experiencias.
A medida que la noche avanzaba, las conversaciones se tornaron más profundas. Los miembros de la familia reflexionaron sobre el año que había pasado y el nuevo que se acercaba. Algunos hablaban de los desafíos superados, otros, de los sueños que aún estaban por realizar. “¿Qué aprendimos este año?”, preguntan los hijos, con una chispa de curiosidad en sus ojos. Cada familiar tomó turnos para compartir sus pensamientos. Hablaron de la importancia de la familia, de la salud y de la felicidad que se encuentra en los momentos simples. Manuel sonrió al darse cuenta de que, aunque los tiempos cambian, los valores perduran.
Con el reloj marcando la medianoche del 31 de diciembre, todos se tomaron de las manos, cerrando los ojos y ofreciendo una breve oración de agradecimiento: “Gracias, Dios, por otro año compartiendo con mis seres queridos. Que el próximo año nos traiga más risas, más amor y más momentos juntos”.
Cuando los fuegos artificiales estallaron en el cielo, iluminando la noche, Manuel sintió que el verdadero regalo de la vida no eran solo los manjares de la mesa, sino la compañía de aquellos que estaban a su lado. En ese instante, comprendió que cada Navidad y cada Año Nuevo son oportunidades para celebrar no solo el paso del tiempo, sino las memorias que construimos juntos. Muchos como yo somos Manuel.
‘Tempus fugit’.

