Cuando cruzamos el arco de medio punto que separa la calle del claustro, el ruido del pensamiento, el bachillerato de la universidad, siglos de sobria historia nos dejaron entrar a la Facultad de Medicina.
Sin internet, el conocimiento era un tesoro escondido en el mesie Egel, y la incertidumbre desaparecía en la verdad absoluta emanada de las elucubraciones y altisonancias de Roberto Figueroa, Arnold Puello, Miguel Guisays o Apolinar Hoyos y la investigación yacía en la biblioteca tras el cómplice y dulce rostro de Josefina Castellar.
Lo más cercano al celular eran las fotocopias y el sofisticado PDF eran voluminosos libracos y los resúmenes de aquellos que copiaban hasta la respiración del maestro y el Power Point era una utopía de tiza y tablero.
Todo eso yace hoy en los sueños y en la nube tecnológica. La IA eran esos grupos formados al amaño del alfabeto, la vecindad, gustos o furtivos amores. Afugias matizadas por la mamadera de gallo cuando el Instagram y el Facebook eran las bancas del parque, la tienda de la esquina y Grok o ChatGPT eran los celadores, el ventorrillo de comida trasnochada o los vendedores de tinto.
Los semestres tenían 10 meses y los años 16 para poder atiborrar conocimientos, paros y marchas de izquierdistas enjundias. El anfiteatro y la morgue hoy son piscinas y jardines de un lujoso hotel. Los éxitos y fracasos de un examen eran separados por Beto Zabaleta cuando hacía una raya en el suelo de la mesa de dominó. Éramos un ciento, esa mítica torre de Babel en la cual confluyen saberes, diferencias, paradojas y contradicciones y que el maestro Adolfo Mejía plasmó en su Tropelín, himno de nuestra universidad y reflejo de esa copa medio llena con la que inútilmente buscábamos la tuerca perdida de la cordura.
Generación de cambios dramáticos: de la intuición al algoritmo, de la auscultación al pixel, de la escasez de información a la infoxicación, de la autarquía al acto médico cuestionado por “Dr. Google”. Fue la Universidad de Cartagena la que nos dio herramientas para adaptarnos con más curiosidad que certeza y más vocación que técnica. Cuarenta años después, miles de pacientes, una pandemia, experiencias diferentes y la partida de algunos nos refrendó que la vida, incluso para quienes la cuidan es frágil y acabable.
No hay que idealizar el pasado, pero aprendimos que la medicina es una forma de estar al pasar del milagro de la vida, la compasión ante el dolor y la humildad ante la muerte. Hay derrotas inevitables y es allí, en esa mixtura de sentimientos, triunfos y dolores donde se fragua la humanidad y el médico. Decía el sabio: “La derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no conoce”.
*Profesor en la Universidad de Cartagena.

