Vivimos tiempos veloces y voraces: la humanidad aprendió a fabricar bombas y mordazas, máquinas inteligentes, edificios gigantescos, teléfonos capaces de acercarnos al mundo cual siameses; sin embargo, cada día parecieran incinerarse los sentimientos en medio de sociedades untadas del materialismo salvaje, donde el éxito se mide por lo tangible, no por lo que se ama, desmigajando la ternura que fluye de seres de luz que se conforman con un “Te quiero”. Honrar a Mamá no es llevarle flores al cementerio o a su vivienda el segundo domingo de mayo, es acompañarla, escucharla sin interrupción, respetarla, prestarle nuestro hombro, abrazándola como si hubiesen pasado siglos sin vernos.
Representan la salvación del universo sumido en crisis de afectos, porque, mientras ellas existan, germinará la esperanza. Comienza por no olvidarla, dándole trato de mueble nuevo, permite que sus palabras, abrazos y besos recuerden el viaje sideral que emprendimos en su vientre bendito, brindándonos cobijo, convirtiendo sus brazos en cuna de príncipes. Visítala sin mirar el reloj, pilar de la familia que envejece y extingue la luz de sus ojos, cuando las ausencias e ingratitudes son monedas de cambio. Les duele en el alma las cicatrices del abandono y los garfios de la guerra: no parieron héroes repletos de medallas, prefieren ver crecer y multiplicarse la vida que germinó en su vientre desafiando ambiciones, pólvora y mordazas. En el corazón de mamá no germinan semillas venenosas, crecen árboles frondosos, refugios que no conocen de odios, experta en frutos de paciencia y ternura. Mamá, ángel y leona, palabra ancestral que proviene del balbuceo infantil a lo largo de la historia del Homo Sapiens; voces antiquísimas y universales que se remontan a la emisión de los primeros sonidos: ‘Ma’ o ‘Mam’ durante la lactancia, asociada instintivamente con la mujer que amamanta, brindando cobijo y ternura: “Amor incondicional, origen, refugio de la vida”, vinculo indestructible entre seres humanos de todas las razas, palabras breves cargadas de afectos, sacrificio sin límite, oráculo gratuito que jamás duerme ni se equivoca, protegiéndonos sin descanso y, ante dolores y tragedias, basta exclamar “¡Ayy mi madre!” y ¡Santo remedio! Presurosas nos blindan con escudos invictos de su corazón. Poetas excelsos y controversiales rindieron honores a mamá, entre ellos Jaime Sabines, primo de mi abuelo materno Antonio Sagbini Ghisays. Sabines, de estirpe libanés, poeta mexicano, hilvanó versos honrando a las madres ausentes y presentes capaces de convertir espinas de dolor en ramilletes de ternura. Sostén de la vida, remplazan ausencias y vacíos por luces de esperanzas: “Lloverás en tiempos de lluvia, harás calor en verano, frío en el atardecer, morirás otras mil veces, florecerás cuando todo florezca”. ¿Quién lo duda? Mamá, ángel y leona, brinda abrigo incondicional mientras perfuma con sus besos epidermis y sentimientos de sus crías, agregando pizca de sal a tu sopa, góticas de limón a la ensalada y dejando sin empleo al Ángel de la guarda.
