Columna

Bachiller: ¿para qué?

La educación debería ser más que acumular conocimientos, convirtiéndose en llave que abra cofres de oportunidades, construyendo proyectos de vida, alejados de subsidios mal intencionados.

HENRY VERGARA SAGBINI

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Rafael Escalona (Patillal, 1927 - Bogotá, 2009), compositor de música vallenata expandida por todo el mundo, hilvanó canciones narrando historias reales e imaginarias, crónicas sobre amores, desamores y paisaje caribe, brotadas del alma, entre ellas ‘El Bachiller’, quejándose porque damas de la época valoraban más el “cartón de Bachiller” que los sentimientos. Hoy, ese cartón solo sirve para aspirar a carreras universitarias.

Cada año miles de jóvenes colombianos reciben emocionados diploma de bachiller y familias festejan ese logro, fruto de sacrificios y privaciones, pero al día siguiente enfrentan dolorosa realidad: si no es pasaporte a la universidad, ¿valió la pena? Causa frustración e incertidumbre no lograr cupo universitario y enfrentar un mundo laboral cada vez más competitivo, sin pisca de formación técnica en artes u oficios, permitiéndoles ser autosuficiente.

En tiempos altamente competitivos, ser bachiller, a secas, no basta para sobrevivir dignamente. Educación es más que diplomas, garantizando acumulación de conocimientos que permitan construir proyectos de vida lejos de la mendicidad, rebusque y delitos. Soñar no cuesta nada: aspiramos a que el nuevo presidente gire hacia la ‘Educación con propósito’, apoyados por gobiernos demócratas como tutores junto a gobernadores y alcaldes propositivos, para reconstruir el país que merecemos. En Cartagena, el INEM, maravillosa experiencia, debió replicarse en todos los colegios de la ciudad y el departamento, pero lastimosamente se marchitó.

La educación debería ser más que acumular conocimientos, convirtiéndose en llave que abra cofres de oportunidades, construyendo proyectos de vida, alejados de subsidios mal intencionados. La consigna es recuperar la dignidad, garantizando pan, techo, sueños democráticos con el sudor de la frente y el espíritu, vigorizando el autoestima como ocurre en países donde la formación técnica y de oficios no son caminos inferiores, sino alternativas dignas de productividad y desarrollo, obteniendo competencias laborales incorporadas a la productividad y, si está dentro de sus anhelos académicos, formarse en claustros universitarios, acompañado de valiosas experiencias, luminarias del futuro.

Por fortuna Colombia cuenta con una institución valiosísima, de amplia experiencia en formación técnica: el Servicio Nacional de Aprendizaje (Sena), fundado el 21 de junio de 1957, iniciativa del célebre economista cartagenero Rodolfo Martínez Tono, líder en formación de generaciones que obtuvieron capacitación de altísima calidad técnica. El reto es articular al Sena con instituciones educativas, públicas y privadas, para que, mientras se forman como bachilleres, reciban capacitación en artes y oficios. Canadá, Alemania, Suiza, Austria y Australia cuentan con sistemas educativos vocacionales de primer nivel, con aprendizaje práctico, logrando que, al graduarse, el estudiante reciba el cartón de bachiller que anhelaba.

Escalona en sus requiebros amorosos y sólidas herramientas de trabajo, se insertó a la sociedad digna y pacíficamente. Cartagena, Bolívar y el país tienen deudas pendientes con la educación de calidad, y aun cuando ponderamos los esfuerzos del alcalde Dumek Turbay y del gobernador Yamil Arana, es imprescindible avanzar hacia modelos de excelencia, garantizando que, cuando nuestros jóvenes se sienten a la mesa, tengan la seguridad de que el pan y pescado no son dádivas, germinaron con el talento y sudor de sus frentes, convencidos de que, cuando se vive de favores, subastamos la voluntad. No se equivocó Nelson Mandela, líder sudafricano: “La educación de calidad es el arma más poderosa para cambiar al mundo”.

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