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Columna

Construir desde la diferencia

“Hay demasiado veneno en el ambiente y una alarmante falta de respeto hacia las posturas contrarias. Son odios innecesarios...”.

LIDIA CORCIONE CRESCINI

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Es comprensible y legítimo sentir desilusión cuando el resultado de una elección presidencial no coincide con nuestras expectativas. En una democracia pluralista conviven visiones de país muy distintas, y es natural que el triunfo de un sector genere incertidumbre en otro; sin embargo, el veredicto de las urnas no debe interpretarse como una derrota moral, sino como el reflejo fiel de una ciudadanía diversa que busca soluciones urgentes a sus problemas cotidianos.

La legitimidad de un gobierno nace del voto popular, y respetar ese mandato soberano es el primer paso indispensable para fortalecer las instituciones y garantizar la estabilidad social del país; no obstante, esta estabilidad se ve amenazada por discursos polarizantes cargados de hostilidad. No hay derecho a que una o dos personas se pongan a hablar públicamente de “camaradas”, como se vio en un video de un noticiero.

En dicha grabación, una chica instigaba diciendo “camarada, pongámonos los zapatos, o los tenis, y vamos a salir”, promoviendo consignas radicales alineadas con posturas extremas. Este tipo de expresiones constituyen una cantidad de barbaridades y atropellos directos contra la democracia, porque atentan contra la convivencia pacífica y debilitan el debate civilizado. Ese odio en los discursos que habla del que votó diferente, no construye nada; al contrario, destruye. Hay demasiado veneno en el ambiente y una alarmante falta de respeto hacia las posturas contrarias. Son odios innecesarios porque, a la larga, nada de esto vale la pena ni va a cambiar la realidad del país. Si de antemano no pensamos con apertura en la democracia, sino que vamos con la idea fija de que el opositor solo sirve para oponerse, valga la redundancia, ¿entonces qué hacemos? Bloquear el progreso común por simple terquedad ideológica nos condena al estancamiento absoluto. Los grandes anhelos de paz, justicia, equidad y reconciliación no pertenecen a un único partido político. Son metas transversales que compartimos todos los ciudadanos, independientemente de la opción elegida en el tarjetón. El camino hacia el desarrollo no puede fundamentarse en la división, ni en discursos que fracturan la convivencia bajo una supuesta superioridad ética que invalida al oponente de turno. Para superar los retos económicos, de seguridad y sociales que enfrentamos, necesitamos con urgencia construir puentes de diálogo real, escuchar con empatía a quienes piensan diferente y trabajar en los puntos de acuerdo. La oposición legítima debe ejercerse desde la propuesta constructiva, erradicando la descalificación. Solo uniendo esfuerzos institucionales, respetando la pluralidad, eliminando el odio y deponiendo los sesgos ideológicos podremos alcanzar el progreso que toda la nación merece.

*Escritora.

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