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Columna

El trámite del gol

“La excesiva regulación ha terminado por desdibujar el espectáculo, llevando la justicia deportiva a un extremo que atenta contra la esencia misma del fútbol”.

Enrique Del Río González

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Para millones de personas en todo el planeta el fútbol no es solo un deporte, sino un espectáculo vibrante, algo así como una ceremonia colectiva que encuentra su clímax indiscutiblemente en el gol; ese instante en el que la pelota cruza la línea blanca es la esencia pura del juego, un estallido de euforia donde desconocidos se abrazan en las gradas y los jugadores corren despavoridos liberando la tensión acumulada. Todo el andamiaje táctico, los noventa minutos de esfuerzo físico y las estrategias de los entrenadores convergen en esa explosión emocional que define y justifica la pasión de los aficionados.

Sin embargo, el avance implacable de la tecnología ha comenzado a desdoblar esa esencia y a transformar el grito más sagrado en un ejercicio de burocracia. Hoy en día, la rigurosa reglamentación sobre el fuera de juego y la intervención del videoarbitraje han instalado una duda constante, obligando a reprimir la celebración espontánea. Los saltos, las risas, los besos al escudo y los abrazos eufóricos suelen quedar suspendidos en el aire, a la espera de un veredicto frío emitido desde una cabina lejana. Cuando la anulación finalmente se anuncia en las pantallas del estadio, la decepción invade los espacios y los protagonistas deben retractarse de su alegría, regresando a sus posiciones con la cabeza gacha.

Ese nivel de milimetría tecnológica está dañando irremediablemente lo orgánico del juego, olvidando por completo el propósito original de la regla, pues el fuera de lugar fue concebido como una medida justa para evitar la trampa y penalizar el oportunismo, impidiendo que los delanteros se quedaran pescando pases largos a espaldas de la defensa contraria, o sea, su espíritu era garantizar la equidad y fomentar la construcción de las jugadas, pero nunca se diseñó para matar la pasión por una talla grande de zapato indetectable a simple vista.

La excesiva regulación ha terminado por desdibujar el espectáculo, llevando la justicia deportiva a un extremo que atenta contra la esencia misma del fútbol. Muestra de ello fue el partido entre Colombia y Portugal con el agónico gol de Davinson Sánchez, que fue anulado porque la revisión determinó que la punta de su botín sobrepasaba por milímetros la línea del último defensor. Así, un triunfo épico del equipo colombiano quedó frustrado, por lo que los comentaristas internacionales calificaron como “la uña del pie”.

Gritar un gol se ha convertido en un acto bajo sospecha, pues antes de celebrar a pleno pulmón hay que esperar un tedioso escrutinio digital. No puede negarse que el fútbol ha ganado una precisión geométrica impecable gracias a las cámaras y los sensores, pero en el camino está perdiendo el alma que lo hizo grande, convirtiendo su mayor alegría en un simple trámite administrativo que mantiene en suspenso la verdadera pasión del juego.

Pd: Como dirían en el pueblo: “No les ganemos, pero les asustemos”.

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