Quien sale de Cartagena hacia los Montes de María, por San Jacinto o María La Baja, con seguridad ha notado cada vez más mujeres, jóvenes y campesinos ofreciendo frutas de temporada. En estos días, aunque empieza a despedirse, el mamón de los gajitos verdes atados con paciencia, junto con el corozo, la guama y la guayaba, constituye una pequeña economía colgada de los árboles, responsable de mantener a flote a cientos de familias en el territorio.
Por ser un fanático del mamón, al ver tanta oferta me hice preguntas: ¿cuántos árboles de esta especie hay y cuánto producen en Bolívar? Luego vinieron otras: ¿cuántos gajos por planta salen de una cosecha?, ¿cuánto recibe el campesino y cuánto el intermediario?, ¿qué calidad tiene el fruto?, ¿quién acompaña a esas familias para que no dependan de la suerte del árbol?
Busqué datos. La Encuesta Nacional Agropecuaria de 2019 reportó para Colombia un poco más de 66.000 plantas de mamoncillo dispersas, con casi 52.000 en edad productiva y 634 toneladas de producción. Eso sirve, pero necesitamos mucho más, en especial un mapa regional de ubicación, producción, personas que dependen de esta cosecha durante unas semanas al año, y pérdidas cuando lo talamos para abrir paso al cemento.
El mamón no es cualquier árbol. Es frondoso, brinda sombra en una región con estrés térmico, produce un fruto delicioso, no depende de plaguicidas y atrae aves, abejas y mucha vida. Además, la literatura reconoce usos tradicionales de su fruto, pulpa y hojas para problemas digestivos, diarrea, asma e hipertensión.
En virtud de lo anterior, propongo que la Gobernación de Bolívar, Cardique, las Umata, el ICA y las universidades apuesten a un programa departamental para fortalecer la cadena productiva del mamón y otras frutas de patio. Esta iniciativa contemplaría georreferenciar árboles, estimar producción, registrar precios, apoyar cosecha limpia, promover cadenas de valor con conservas, dulces y bebidas. También sería muy útil entregar kits sencillos, quizás una vara para bajar gajos sin herir el árbol, canastillas y una aplicación móvil para anotar cosecha y ventas.
El mamón, al igual que otras especies, es más que un árbol; es parte silenciosa, pero esencial, de nuestra existencia, economía y bienestar. Seguimos pensando que somos los dueños de todo y arrasamos lo vivo para darle paso al cemento. Esta fruta es alimento, sombra, biodiversidad, ingreso rural, memoria Caribe y adaptación climática. Si llevamos estadísticas de edificios, carros y licencias urbanísticas, también deberíamos hacer lo propio con los árboles que sostienen familias. El mamón y sus amigos necesitan pasar de la nostalgia a la política pública.
