En alguna ocasión, dos estudiantes me mostraron un párrafo de tres líneas en medio de un taller de Redacción. Preguntaron que qué me parecía. Les dije: “Bien, está bien”, sin mayor entusiasmo... y noté que se descorazonaron un poco. “Es que lo hicimos solos, sin nada de IA”, me explicaron. Es decir, a ellos mismos les pareció que escribir tres líneas sin usar IA era una acción admirable. El que a continuación se descorazonó fui yo.
Es el riesgo del sedentarismo cognitivo, esa delegación del pensamiento que nace de nuestra tendencia natural al “así es más fácil”. Es comprensible. Estamos ante una especie de lámpara de Aladino que resuelve con rapidez aquello que antes daba pereza hacer, solo que ahora existe una opción expedita. Desde siempre hay estudiantes que ‘mandan a hacer’ los trabajos y hasta ‘empresas’ se han creado para lucrarse de una pereza que ya existía antes de la IA.
Un estudio de Michael Gerlich, con 666 participantes y publicado en 2025 en la revista Societies, encontró una correlación negativa entre el uso frecuente de la IA y el pensamiento crítico, mediada por la descarga cognitiva. Esto no prueba causalidad, pero aporta cifras para dimensionar el riesgo.
A nadie se le ocurre tomar un martillo para abrir una puerta ni una llave para clavar una puntilla: el criterio para elegir la herramienta correcta está desarrollado y hace que la decisión sea obvia. Con la IA generativa también hay que desarrollar el criterio que indique cómo usarla, para qué sí y para qué no.
¿Y cómo retomar el ritmo cuando ya se llegó al punto de sentir que no se puede producir sin IA? Comprender que esta no siempre ‘resuelve’ bien del todo, que reproduce los patrones más probables y que, por eso, debemos estar mentalmente activos para dirigirla, es un primer paso. Volver a disfrutar de un buen libro, sin pedirle que lo resuma, es otro. Obligarse a hacer todo lo que se pueda y recurrir al asistente solo cuando valga la pena, también ayuda.
Un estudio preliminar del MIT Media Lab encontró que quienes escribieron primero sin ayuda y después consultaron un asistente de IA mostraron mejor recuerdo de lo escrito y patrones de conectividad cerebral más extendidos que quienes hicieron el camino inverso. Hacen falta más pruebas, pero sigue siendo mejor saber del tema para poder corregir las respuestas de la IA, que siempre tienen apariencia de ‘correctas’. Así se constata que es una herramienta que se puede apagar cuando no se necesita.
Ahí está la diferencia entre delegar una tarea y delegar el pensamiento: la primera ahorra tiempo; la segunda cuesta criterio y con él la capacidad de decidir. Esa fue la respuesta que debí darles a los estudiantes: que usen la llave solo cuando necesiten abrir la puerta.
*Profesor Asociado - Escuela de Transformación Digital - Universidad Tecnológica de Bolívar.

