Se vislumbraban los electrizantes años 70, cuando tomaba bus ‘Centro - Escallón Villa’ directo al emblemático Liceo de Bolívar: “Sin exigencia no hay excelencia”. En ese entonces existía un destartalado puente uniendo al Centro Histórico con la Avenida Escallón Villa, y de inmediato aparecía Chambacú, barrio de extrema pobreza y miseria, inspirándome rústico soneto que compartí con el inolvidable profesor Orozco: “Yo te vi Colombia en ese mendigo y contemplé moribunda en los tugurios de Chambacú”.
El maestro premió mi interés prestándome la novela ‘Chambacú: corral de negros’, de Manuel Zapata Olivella, médico, antropólogo, condicionándome devolvérsela al día siguiente, por lo que no tuve más remedio que ‘robarle’ minutos a Jorge Valdelamar, maestro de Historia; al sabio Ramón Zetién y a De La Nuez y su azufrada Algebra de Baldor.
La novela (1963) relata hechos ocurridos en 1950 en ese barrio habitado por empobrecidas familias afrodescendientes e indígenas, quienes apenas sobrevivían entre resistencia al desalojo y la exclusión social, estigmas aún vigentes en barrios pobres de Cartagena y toda Colombia. Por desgracia, 70 años después, la lectura de la novela de Zapata Olivella sigue vigente: familias afro en el contexto socio-económico impronta de comunidades humildes de un país profundamente desigual. Chambacú mostraba el rostro negro de Cartagena, arraigado ahora en goteras de la ínclita ciudad desde los años 20 a inicios de los 70, constituyendo enclaves históricos y culturales habitados por descendientes de cimarrones, confinados en casuchas de tabla y cartón, lejos de la opulenta Ciudad Amurallada, aspirando convertirse en destino turístico nacional e internacional.
La historia narrada por el ilustre cordobés gira alrededor de Cotena, viuda que, a pesar de precariedades, velaba como fiera por el bienestar de sus cinco hijos. No hubo reversa: Chambacú, destinado a desaparecer por disposición gubernamental y la codicia empeñada en convertir a ‘La Heroica’ en apetecido destino turístico: desde 1971 trasladaron 1.300 familias volviendo añicos la dignidad y sueños de raizales, a quienes representaban con ropaje de transgresores, exclusión urbana que, con el paso del tiempo y el eterno conflicto armado interno, motor del desplazamiento forzado, obligó a miles de familias humildes a buscar refugio en Cartagena y resucitó el nuevo Chambacú, en la Localidad 2: la Ciénaga de La Virgen, agrupando 60 barrios y asentamientos informales, al punto que, en 2026, 390.000 personas humildes, con sus derechos constitucionales intactos, sobreviven en extensísima zona tugurial, la mayor de Colombia.
Antes de concretarse el desalojo y traslado definitivo de Chambacú (1971), había 12.000 personas, sin tener en cuenta que existían, y aun existen, razones humanitarias y jurídicas para negar o restringir la instalación formal de los servicios públicos domiciliarios de agua, luz, alcantarillado..., en asentamientos informales como los de la Ciénaga de La Virgen, normas de acero por encima de colombianos humildes a quienes solo les queda aferrarse a los milagros frente a normas inamovibles: no hubo más remedio que echar raíces en las inhóspitas orillas de la Ciénaga, donde ‘todo se puede’ con tal de sobrevivir.
Raúl Paniagua, connotado sociólogo, ha recomendado identificar y aplicar abanicos de estrategias integrales para extinguir tanto la pobreza estructural como la circunstancial, pues Cartagena ostenta en Colombia el primer lugar en pobreza extrema e indigencia: cordones de miseria, asentamientos tugurizados donde se vive el hoy, pues no existe mañana, y se va marchitando la esperanza.
Olvidamos que la ciudad es la gente, que la justicia no es justicia si aparecen talanqueras y que, como aseguraba sabiamente Rafael Vergara Navarro: “Basta ya de problemática, ¡jalémosle a la solucionática!”.

