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Columna

Pacientes y maestros

“Uno tras otro colocábamos las manos sobre su abdomen intentando encontrar el borde hepático. Y él, con una paciencia inolvidable, nos iba orientando: “Un poco más abajo”. Ya conocía perfectamente dónde estaba...”.

Gonzalo J. García

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Recuerdo a un paciente de un hospital público de Barranquilla. Era un hombre humilde, de esos que nunca imaginaríamos protagonista de una historia de la medicina. Tenía el hígado aumentado de tamaño y, durante la rotación clínica, casi diez estudiantes de medicina hacíamos fila para palparlo. Uno tras otro colocábamos las manos sobre su abdomen intentando encontrar el borde hepático. Y él, con una paciencia inolvidable, nos iba orientando: “Un poco más abajo”. Ya conocía perfectamente dónde estaba el borde de su hígado después de tantas veces que profesores y estudiantes lo habían palpado. Ese hombre nunca lo supo, pero estaba enseñando medicina.

Hoy 17 de septiembre se celebra el Día Mundial de la Seguridad del Paciente. Es una fecha necesaria para recordar que la primera obligación del médico es no hacer daño y procurar una atención segura; pero no deja de ser también una ocasión para recordar -algo menos evidente- que los pacientes no solo reciben de la medicina, sino que también le han dado muchísimo a ella.

Cada generación de médicos ha aprendido a través de cuerpos enfermos. Hemos aprendido a reconocer una hepatomegalia palpando un hígado real, a distinguir un soplo escuchando un corazón cansado y a comprender la evolución de una enfermedad acompañando al paciente durante días, meses o años.

Algunos pacientes han enseñado cosas que inclusive transformaron dramáticamente la ciencia. Henrietta Lacks, con sus células HeLa; los pacientes que permitieron descubrir el sistema HLA; quienes padecían hipercolesterolemia familiar y ayudaron a revelar el receptor de LDL; Henry Molaison (H.M.), cuya alteración de la memoria cambió la neurociencia; Timothy Brown y los ‘controladores de élite’ del VIH son casos extraordinarios de una relación que, en realidad, ocurre en la cotidianidad hospitalaria. El paciente es una persona que merece respeto, autonomía y seguridad; no es un instrumento de enseñanza; pero por eso debemos reconocer que, muchas veces, mientras intentamos curarlo, aliviarlo o consolarlo, también aprendemos de él. Y ese conocimiento, que se ha transmitido de médico en médico, termina beneficiando a otros pacientes y, en ocasiones, a toda la humanidad.

Por eso me pregunto si no deberíamos crear un Día del Paciente o del Enfermo, no para sustituir el Día Mundial de la Seguridad del Paciente, sino para complementarlo. Debería existir una jornada para agradecer a quienes, desde el anonimato absoluto de una cama hospitalaria o de un consultorio, han sido nuestros maestros. Ese hombre en el hospital público de finales de los años 80 nunca supo cuánto nos enseñó. Nosotros, en cambio, siempre deberíamos recordarlo. Y es cuando aprendemos -como una de las grandes paradojas de la medicina- que pasamos la vida tratando de enseñar prevención y de curar a nuestros pacientes, cuando buena parte de lo que sabemos se lo debemos a ellos. Agradecerles es una forma de devolverles el favor.

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