Estoy escuchando, por estos días de tanto alboroto político, a algunos políticos afirmar que no son políticos y que quieren alejarse de los políticos.
Entiendo lo que probablemente quieren decir. Tal vez buscan tomar distancia de la corrupción, el clientelismo y de quienes han utilizado el poder para servir a intereses particulares; pero me parece un error expresarlo de esa manera.
Las palabras importan. Tienen historia y también poder creador: “Y el Verbo se hizo carne”. Por eso, su historia merece ser respetada y su poder intrínseco, ejercido con absoluta responsabilidad.

La palabra frente a la circunstancia
LIDIA CORCIONE CRESCINILa palabra política proviene del griego polis, la ciudad; polítes, el ciudadano; y politiké, lo relativo a los asuntos de la ciudad. La política nació de la ciudad, no del poder.
Aristóteles, uno de los principales referentes del pensamiento político occidental, entendía la política como la manera de organizar la vida en comunidad en procura del bien común.
No se trataba simplemente de conquistar el gobierno, sino de crear las condiciones para que los ciudadanos pudieran vivir bien y construir juntos una sociedad virtuosa.
En Roma, el concepto se vinculó con la administración, la cosa pública, aquello que pertenece y concierne a todos.
Y ahí permanece lo esencial: la política existe para servir a la comunidad.
Lo que ha cambiado no es la esencia de la palabra, sino el comportamiento de muchos de quienes la ejercen.
Después de décadas en las que la corrupción, el clientelismo y el abuso del poder han sido el pan de cada día, terminamos asociando la política precisamente con aquello que la niega.
Estamos confundiendo la esencia con la desviación.
Sería como afirmar que la medicina es sinónimo de negligencia, porque existen médicos irresponsables; o que la justicia es sinónimo de corrupción porque algunos jueces venden sus decisiones.
No. La corrupción no es la política. Es su fracaso.
Por eso Colombia no necesita alejarse de la política. Necesita acercarse a la verdadera política: la que entiende el poder como servicio, el gobierno como responsabilidad y el bien común como propósito.
Tal vez ha llegado el momento de dejar de decir que el problema son los políticos y empezar a decir con claridad que el problema son los corruptos. No son lo mismo.
Y mientras sigamos confundiéndolos, permitiremos que la corrupción termine robándole a la política hasta su nombre. Que la corrupción no le robe el nombre a la política.
