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Columna

El dilema de La Mojana: Dejar de pelear con el agua

“La Mojana exige dejar de combatir el agua, cortar el mercurio que viene de aguas arriba, optimizar la minería del oro y aprovechar esos recursos para edificar una región verdaderamente anfibia y digna”.

Mauricio Herrera Piñéres

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Cada temporada de lluvias en el Caribe se repite el libreto: familias con el agua al pecho en Sucre y Bolívar, reses ahogadas, cosechas de arroz perdidas y el reclamo urgente de tapar, una vez más, el boquete de Caregato. En lo inmediato, no hay discusión: contener temporalmente esa entrada de agua es indispensable para frenar la emergencia humanitaria y permitir que miles de campesinos vuelvan a producir. Los caudales bajos durante El Niño ofrecen la ventana propicia para realizar dragados de rectificación, hincado de tablestacas o conformación de terraplenes sin la presión de una corriente desbordada; sin embargo, creer que cerrar el boquete es la solución definitiva es repetir un error de décadas: tratar a La Mojana como tierra firme inundable por accidente, ignorando que es un delta interior que amortigua los excesos de los ríos Cauca, San Jorge y Magdalena. Contener esa masa hídrica solo con terraplenes es una batalla perdida contra la física. La única forma de convivir con ese caudal sin perpetuar la ruina económica es regular el flujo y reordenar el territorio.

La tragedia, además, baja envenenada. En el Bajo Cauca y el sur de Bolívar, la minería aluvial vierte toneladas de mercurio y arroja sedimentos que taponan el lecho del río. En el fondo de las ciénagas, ese metal se transforma en metilmercurio, contaminando peces de la dieta local, como el bagre. El drama de abajo, sin lugar a dudas se origina aguas arriba.

Tras el desastre de 2010, el Fondo Adaptación buscó cambiar la estrategia construyendo viviendas palafíticas (elevadas) y viaductos para dejar fluir el agua. Aunque el concepto técnico es acertado, la implementación fue una pesadilla logística que disparó los costos. Transportar equipos y materiales a ciénagas aisladas, sin vías transitables y anegadas gran parte del año, resultó titánico. Además, el diseño geotécnico de pilotes en lodos blandos no fue el mejor, y el modelo de contratación tampoco.

La lección no es descartar la adaptación, sino hacerla viable conectando las dos puntas del río mediante un modelo circular.

La solución a la minería informal no es solo la persecución. Por un lado, el Estado se debe asesorar de expertos que ayuden a desarrollar un proyecto avanzado de minería formal, y además a reclamar los ecosistemas impactados de aguas arriba. De otra parte, se debe considerar que los residuos de grava y arena limpia son potencialmente agregados útiles. En vez de pagar fletes prohibitivos para traer insumos desde lejos, esos subproductos mineros remediados pueden aprovecharse como materiales de construcción. Viviendas elevadas sobre el nivel histórico de crecida, con captación pluvial y saneamiento seco, permiten que el río pase por debajo sin arrasar el patrimonio familiar.

Financiar este circuito exige que las regalías del oro formalizado nutran un fideicomiso, blindado de la politiquería, orientado a subsidiar la vivienda, proyectos piscícolas en estanques con agua limpia, y en general a promover el desarrollo económico.

Si bien es cierto que cerrar Caregato daría un respiro urgente para atender la crisis de hoy, insistir en que un dique resuelva el futuro es complicidad con el atraso. La Mojana exige dejar de combatir el agua, cortar el mercurio que viene de aguas arriba, optimizar la minería del oro y aprovechar esos recursos para edificar una región verdaderamente anfibia y digna.

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