“Uno no puede ponerse del lado de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la padecen”. Esa es una de las frases más icónicas de Albert Camus, un escritor que admiro y que es mi referente ideológico para intentar entender a la política y vivir en sociedad.
Si bien es cierto que el escritor Nobel de Literatura tuvo una pubertad ideológica enrevesado entre los vericuetos del comunismo francés, más temprano que tarde fue expulsado por su rechazo a los totalitarismos versus su simpatía por lo objetivo: lo justo, lo palpable, como lo es la transformación resultante con el Nuevo Chambacú.
Aunque murió hace 66 años, si Camus viviera en El Espinal, El Papayal, Torices o Chambacú, hoy, en 2026, sería arbitrario que se diera por sentado que aplaudiría como foca lo que han significado los dos complejos deportivos que hoy comprenden al proyecto Nuevo Chambacú; pero sí es coherente pensar que evaluaría esta transformación sin maniqueísmos, subjetividades o cálculos electorales.
Sí, yo presto servicios profesionales al actual gobierno de la ciudad; pero también, por gajes de mi oficio, he registrado el antes, el durante y la culminación de las obras del parque de mascotas o el de niños; o la transformación del skatepark; o ese gringo estadio de béisbol menor que, para mí, opaca a las canchas de fútbol, pues son escenarios más habituales en el ecosistema deportivo de Cartagena.
Por eso también pude atestiguar la transformación social que en Chambacú se dio. Sin tanquetas ni bolillos. Sin pelaítos medio vestidos llorando por el gas lacrimógeno. Sin maquinaria arrasando hogares de tabla, como los niños playeros derrumban los castillos de arena al caer la tarde.
También fui de los cartageneros que evitaba el paso por esa zona oscura que era Chambacú: sinónimo de abandono, donde la ventana de un carro -o de un Transcaribe- te separaba de escenas más de The Walking Dead que de la novela de Manuel Zapata Olivella.
Pero en medio de toda la maraña de penurias sociales, allí vivía gente. Vivían familias enteras, con niños y viejos, víctimas de la retórica y de la romantización de la pobreza. Y, sin lugar a dudas, había sonrisas diarias. Seguramente, abrazos y recuerdos produciéndose; pero eran rutinas compartidas con el polvo, la basura y con la cantina. Con el consumo de estupefacientes que te distancia de la realidad para conectarte con lo más tenebroso que habita en nuestro ser.
Fueron más de cien familias, e igual número de caballos, que padecieron lo que se convirtió el sector en las últimas décadas. Hoy, esas personas ya no viven entre tablas iluminadas con bombillos lúgubres, pues fueron reubicadas de forma pacífica hacia hogares dignos. Ya no escuchan renacuajos nocturnos ni grillos; quizás sí el silbato de un celador barrial.
Mismo destino feliz de los 100 equinos adoptados para que ahora pasten a sus anchas en fincas por todo el país. Hace poco supe que los caballos sueñan cuando duermen acostados en el suelo, por lo que seguramente el pavimento caliente se colará alguna noche en forma de pesadilla.
Por ello, si Camus viviera en Chambacú y cumpliera su máxima de adherirse siempre a los que padecen los acontecimientos, hoy aplaudiría que los que sufrieron ahora gozan. Y que el abandono dio paso al nuevo corazón de Cartagena: sin lugar a dudas el proyecto más importante de transformación social y renovación urbana de nuestra historia.
*Politólogo y escritor de cuentos.

