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Columna

El poder de ser buena persona

“El verdadero poder no está en estar por encima de los demás, sino en hacer que nadie se sienta menos por estar a nuestro lado”.

VIVIAN ELJAIEK JUAN

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Desde niña aprendí de mis padres el valor de la cortesía, la amabilidad y el respeto. Nos enseñaron a tratar con dignidad a todos, sin distinciones de riqueza, posición o reconocimiento: desde los empleados de la casa y los trabajadores del negocio familiar hasta los clientes, conocidos y desconocidos; desde la persona más exitosa hasta quien pedía una limosna en la calle. La enseñanza era sencilla: hay que ser buena persona con todo el mundo.

Con los años comprendí que aquella lección no solo había contribuido a mi formación humana, sino que también había marcado mi vida profesional. Aprendí que los logros no dependen exclusivamente de las capacidades o los resultados de las personas, también de la confianza que inspiramos, del respeto que ofrecemos y de la manera como hacemos sentir a quienes comparten nuestro camino.

Sin embargo, pareciera que estamos olvidando estas enseñanzas. La polarización, la inmediatez y las redes sociales han normalizado la descalificación, el insulto y la intolerancia. Detrás de una pantalla, olvidamos que al otro lado hay una persona con sentimientos, dignidad y una historia que desconocemos. Esta pérdida de sensibilidad resulta aún más preocupante cuando se manifiesta en quienes ejercen posiciones de liderazgo. Ningún cargo concede licencia para humillar, ninguna fortuna convierte a alguien en superior y ningún éxito justifica la arrogancia. El verdadero liderazgo no consiste en inspirar temor, sino respeto; no en hacer sentir pequeños a los demás, sino en ayudarlos a reconocer su propio valor.

Colombia conoce el costo de los liderazgos que desconocen los límites, desprecian a sus contradictores y confunden el poder con la impunidad. La corrupción, los abusos y la arrogancia erosionan la confianza pública y dejan heridas que trascienden a quienes gobiernan; porque cuando el poder se ejerce sin responsabilidad, sus consecuencias las paga toda la sociedad.

Pero sería demasiado fácil señalar a los demás y eximirnos de nuestra propia responsabilidad. Todos ejercemos alguna forma de poder: en nuestros hogares, en el trabajo, en la relación con quienes nos prestan un servicio y en el trato con quienes piensan distinto. Ser buena persona no significa estar de acuerdo con todo ni renunciar a nuestras convicciones. Significa defenderlas sin destruir al otro; disentir sin ofender; corregir sin humillar y reconocer nuestros errores. La firmeza no riñe con la bondad, ni la empatía nos hace menos fuertes: nos hace más humanos.

La vida no siempre recompensa inmediatamente la bondad; sin embargo, cada acto construye o destruye confianza, acerca o aleja a las personas y contribuye a definir la sociedad en la que vivimos. Ser buena persona no exige grandes gestos: empieza con un saludo, una palabra amable, un dar las gracias, una disculpa sincera o una decisión justa, especialmente cuando nadie nos observa.

Qué diferente sería nuestra sociedad si recuperáramos aquellas enseñanzas sencillas que nuestros padres y abuelos procuraban transmitirnos: el valor de la palabra, la importancia de cumplir lo prometido, la consideración por los demás y la convicción de que la educación se demuestra, sobre todo, en la forma de tratar a quien no puede ofrecernos nada a cambio.

Porque el verdadero poder no está en estar por encima de los demás, sino en hacer que nadie se sienta menos por estar a nuestro lado.

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