En 2020, un año que puso a prueba a la humanidad, decidí poner mi voz al servicio de aquello que consideraba urgente: escribir para contribuir a la conversación pública. Para mi sorpresa y orgullo, el periódico que alguna vez fue casa editorial del maestro Gabriel García Márquez me abrió sus páginas como columnista habitual.
Comencé con una aspiración sencilla: hacer pedagogía social sobre asuntos de relevancia constitucional que la pandemia había vuelto inaplazables. Escribí sobre violencia intrafamiliar, desigualdades, libertades amenazadas y vulneraciones de los derechos al trabajo y al mínimo vital. Después llegaron el estallido social y nuevas expresiones de injusticia que me llevaron a reflexionar sobre la coyuntura política y social del país.
Con los años, el feminismo, los derechos humanos, las reformas constitucionales, los derechos sociales, los abusos del poder, las víctimas, la reconciliación y los pueblos originarios ocuparon mis pensamientos, mis convicciones y estas columnas. Nunca entendí la escritura como un ejercicio de certezas absolutas, sino como una invitación a pensar, disentir y defender la dignidad humana.

Una empresa pública para lo que falta
María Claudia Peñas A.Hoy debo tomar una decisión que me duele, pero que considero necesaria: despedirme de este espacio de opinión. He sido nombrada jueza de la República en propiedad, una responsabilidad que exige reconfigurar mi presencia en el debate público y preservar, también desde la prudencia, la confianza ciudadana en la independencia e imparcialidad de la justicia.
Recuerdo las palabras con las que un exmagistrado de alta corte se despidió de un espacio semejante: “Un juez se expresa por medio de sus sentencias”. Hoy, como JUEZA -sí, con A-, comienzo una etapa en la que aspiro a honrar mi juramento y a ser fiel a los principios que he defendido desde la academia y el ejercicio profesional. Mi compromiso es servir desde la judicatura con dignidad, honestidad, rigor y respeto irrestricto por los derechos fundamentales.
Me despido de la opinión pública, no de mis convicciones ni de la esperanza de una democracia vigorosa, capaz de escuchar las diferencias, proteger las libertades y resistir los abusos del poder. Ojalá nunca lleguemos al punto de advertir su deterioro cuando solo nos quede lamentarlo.
Agradezco profundamente a este periódico por la libertad, el respeto y la confianza con que acogió mis escritos, y por su compromiso con una ciudadanía informada. Fue un inmenso honor habitar estas páginas y compartir ideas. A quienes me leyeron con afecto y a quienes me expresaron sus desacuerdos, gracias: también en la diferencia encontré razones para seguir aprendiendo. Su generosidad, sus preguntas y sus voces me acompañarán siempre.
*Abogada con Especialización en Derecho Constitucional y magíster en Derecho con énfasis en Derecho Empresarial y Contractual.
