Tal vez con ocasión o como efecto del alza de salarios que el Gobierno dispuso para este 2026, el debate sobre el mercado laboral en Colombia está trascendido la simple cifra del incremento para situarse en una esfera mucho más profunda.
Inevitable formular la pregunta de cómo construir un entorno donde trabajar signifique realmente progresar.
Lograr salarios que mejoren la calidad de vida sin comprometer la sostenibilidad de las empresas está exigiendo un equilibrio técnico que supere las pasiones políticas y se ancle en realidades macroeconómicas sólidas.
Para que un salario sea “vital” y sostenible, tiene que existir una correspondencia técnica con la productividad. En el país, la fijación del salario mínimo ha estado marcada por tensiones ideológicas; sin embargo, las propuestas más sólidas sugieren adoptar reglas claras y predecibles, similares a los modelos de Chile o Brasil, lo cual implicaría utilizar fuentes oficiales para calcular la productividad por trabajador de forma consistente, evitando comparar unidades de medida heterogéneas, asegurando que los incrementos reales estén alineados con el desempeño económico general para evitar que los costos laborales unitarios disparen la inflación, y cuantificar previamente cómo cada ajuste afecta la informalidad y la sostenibilidad de las MiPyMES, que son las mayores generadoras de empleo.
Hay que tener en cuenta que, con la llegada de la IA generativa se impone un cambio de paradigmas, pues lejos de ser solo una amenaza de reemplazo, la IA ofrece una oportunidad de oro para aumentar la productividad. Los empleos que integran habilidades digitales están reportando ingresos salariales superiores, lo que sugiere que la educación es el gran igualador.
Y ya aterrizando en Cartagena, tal como lo analizó en su reciente columna Andrea Piña, el panorama laboral presenta una paradoja: mientras la ocupación crece (llegando a 418 mil personas en 2025), la calidad del empleo se precariza. El 53% de los trabajadores son cuentapropistas y la informalidad ronda el 49,6%, concentrándose en sectores de bajo valor agregado como el comercio y el transporte. Esto significa que gran parte de la fuerza laboral cartagenera se encuentra en un esquema de subsistencia que no garantiza protección social ni estabilidad a largo plazo.
Para que Cartagena dé el salto hacia la competitividad, no basta con crear puestos de trabajo. Se requiere fortalecer el tejido empresarial local para transitar hacia sectores que generen mayor valor. El desafío de la ciudad no es solo reducir el desempleo, sino transformar su estructura económica para que el dinamismo del turismo y el transporte se traduzca en empleos formales con salarios dignos, permitiendo que sus ciudadanos dejen de trabajar solo para sobrevivir y comiencen a trabajar para prosperar.
