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Editorial

Reto a la neutralidad institucional

“El mandatario no solo ha hecho guiños explícitos a candidatos afines a su proyecto, sino que ha descalificado directamente a opositores...”.

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La recta final de la campaña presidencial ha estado marcada por una tensión entre la Casa de Nariño y los organismos de control. A pesar de las prohibiciones legales que impiden a los funcionarios intervenir en controversias electorales, el presidente ha asumido un rol de árbitro y protagonista, utilizando su cuenta en X y eventos oficiales para inclinar la balanza ideológica.

El mandatario no solo ha hecho guiños explícitos a candidatos afines a su proyecto, sino que ha descalificado directamente a opositores como Paloma Valencia, Abelardo De la Espriella y la candidata Claudia López. Esta última ha escalado el conflicto a instancias internacionales (CIDH) y nacionales (Comisión de Acusaciones), argumentando que existe una estrategia sistemática de descalificación que vulnera las garantías democráticas.

Además, el presidente ha sugerido que las Altas Cortes frenan sus reformas por “miedo” a que el progresismo gane las elecciones, una declaración que no solo interviene en el debate electoral, sino que erosiona la separación de poderes.

Sus denuncias sobre posibles fraudes en municipios como Chinú y críticas a la empresa Thomas Greg & Sons han sido calificadas por el registrador nacional como desinformación que pone en riesgo la legitimidad del proceso.

El primer mandatario enfrenta al menos siete indagaciones en la Comisión de Acusación por prevaricato y abuso de autoridad. Aunque el ministro Benedetti sostiene que no hay constreñimiento al voto, la narrativa presidencial parece buscar una “sucesión” de su modelo más que una transición neutral.

El fenómeno no se limita a la figura presidencial. El ministro de Salud está bajo observación de la Procuraduría por invitar abiertamente a votar el próximo 31 de mayo bajo la premisa de “o si no nos va a llevar quien nos trajo”. Estas declaraciones en eventos oficiales sugieren un uso del aparato estatal para fines proselitistas, desdibujando la frontera entre gobierno y partido.

Todo esto ocurre bajo un telón de fondo económico complejo. Mientras el oficialismo defiende logros como el aumento extraordinario del salario mínimo y la ampliación de subsidios, la oposición y analistas advierten sobre un deterioro fiscal, con una deuda neta al 61,5% del PIB, y la caída de la inversión extranjera por la suspensión de contratos de exploración petrolera.

La democracia colombiana enfrenta un examen de resistencia. La participación del Ejecutivo en política no solo genera un desequilibrio en la contienda, sino que desplaza el debate de las propuestas técnicas hacia una confrontación personalista.

La efectividad de la Comisión de Acusaciones, históricamente inoperante, será, otra vez, puesta a prueba y determinante para definir si el fuero presidencial es una protección institucional o una patente de corso para la intervención electoral.

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