Todavía se percibe el eco de la histórica visita de León XIV a España, periplo en el que en cada discurso contuvo un mensaje de hondo calado conceptual para el mundo, siendo la disertación más impactante la ofrecida ante las Cortes Generales, reunidas en sesión conjunta. Fue la primera vez que un pontífice hablaba ante el Parlamento español, legando una alocución culta que unificó al hemiciclo en una ovación unánime de siete minutos, logrando lo que los opinadores llamaron un “milagro de concordia” en un escenario en extremo polarizado.
Apoyándose en la Escuela de Salamanca y Francisco de Vitoria, recordó que la razón y la justicia deben preceder a la fuerza o al interés, y que la dignidad humana precede a las constituciones.
Advirtió que una ley no es justa por el mero hecho de aprobarse por mayoría parlamentaria, si vulnera los derechos fundamentales. Sin ambigüedades, definió la defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural como una “meta de civilización” y no un interés confesional, cuestionando las leyes del aborto y la eutanasia, y recordando que una sociedad justa se mide por cómo acompaña a sus miembros más frágiles.
El provecho de la intervención radicó en que no se alineó con ningún bloque político, desmantelando caricaturas ideológicas y repartiendo reflexiones a izquierda y derecha por igual. Reivindicó la vida, la libertad religiosa y el derecho inalienable de los padres a elegir la educación de sus hijos frente al control del Estado, a la par que censuró los discursos xenófobos al recordar que la inmigración es una cuestión eminentemente moral y jurídica, que afecta a personas con la misma dignidad que cualquier europeo.
Su mensaje apuntó también a los desafíos globales. Propuso una “doble exigencia de justicia social”, esto es, ofrecer vías seguras y acogida respetuosa al migrante, junto al derecho a no emigrar, para lo cual debe promoverse el desarrollo en los países de origen.
Criticó con dureza el rearme internacional y el uso abusivo de la legítima defensa, señalando que las armas nunca edificarán una paz duradera. Además, en sintonía con su encíclica Magnifica humanitas, alertó sobre los peligros de la inteligencia artificial y el control tecnológico de élites deshumanizadas, recordando que la tecnología no es neutral y debe centrarse en la dignidad de la persona.
En el plano pastoral, mostró una actitud firme frente al escándalo de los abusos sexuales, exigiendo a la jerarquía episcopal un compromiso absoluto con el esclarecimiento de los delitos, la verdad y el resarcimiento de las víctimas, bajo una línea de tolerancia cero.
En suma, su paso por España dejó un recordatorio urgente de que la religión y la guía moral tienen un papel fundamental que aportar al progreso, y que la política debe ser un compromiso con la justicia orientado al servicio de los seres humanos, singularmente de los más débiles.
