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Editorial

La fractura de Europa

“Europa se encuentra en una encrucijada existencial: o recupera la disciplina fiscal, el respeto por la autoridad, el mérito individual y el estímulo a la inversión privada, o terminará consumida por las huertas de la ira que ella misma cultivó”.

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La pobre Europa atraviesa una de las coyunturas de agitación social más complejas y violentas de la última década. Lo que comenzó en Francia a mediados de septiembre de 2026 como una movilización estudiantil en los Elíseos por la precariedad de la infraestructura educativa y la falta de docentes, se ha ramificado aceleradamente hacia un estallido multifacético alimentado por el encarecimiento de la vida, la crisis de la vivienda y el colapso paulatino de los servicios públicos.

En cuestión de semanas, las protestas se han extendido a centros urbanos de Albania, Bélgica, Italia y Reino Unido, con disturbios, saqueos e intensos enfrentamientos con la Fuerza Pública. Europa no se está fracturando por una crisis o ajuste cíclico e inesperado; se está desmoronando bajo el peso de un modelo insostenible fundado en la ficción de que la riqueza se crea redistribuyendo la ajena.

El estallido social que hoy sacude a Francia, pero que se extiende a otras naciones, iniciado por movilizaciones estudiantiles y asumido con virulencia hacia las clases urbanas, es la factura inevitable de décadas de populismo de Estado. Europa cambió la cultura del esfuerzo, la productividad y la exigencia, por el culto al derecho adquirido, el hipercontrol fiscal y un asistencialismo insostenible. Hoy, cuando las arcas públicas están agotadas y la deuda supera el 110% del PIB, el sistema colapsa y la frustración se toma las calles.

Se alimentó una secularización extrema y una agenda identitaria desconectada de las necesidades de las familias, mientras se ejercía una política migratoria desintegradora e incapaz de ofrecer horizontes reales de asimilación. Hoy, el resultado es una juventud asfixiada, una clase media empobrecida y un desempleo persistente que convierten al continente en un polvorín.

Ante las llamas, la respuesta de líderes como Emmanuel Macron roza el candor institucional al manifestar “ira y vergüenza” desde el Palacio del Elíseo a seis meses de las elecciones presidenciales, mientras los comercios son saqueados y la violencia irreflexiva destruye las ciudades. Macron apela tardíamente al orden, promete movidas de concentración y pide “diálogo social” cuando la autoridad del Estado ha sido sistemáticamente desmontada por el cálculo político.

Mientras, la apariencia consiste en seguir culpando al “neoliberalismo” o a la “globalización”, omitiendo el haber vivido por encima de los medios nacionales promoviendo una ilusión de justicia social pagada con endeudamiento e inflación.

Europa se encuentra en una encrucijada existencial: o recupera la disciplina fiscal, el respeto por la autoridad, el mérito individual y el estímulo a la inversión privada, o terminará consumida por las huertas de la ira que ella misma cultivó. Apagar el fuego con más subsidios y burocracia solo acelerará la caída al precipicio.

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