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El turista que nadó más de 8 horas para salvarse de morir en Cartagena

Esta es la increíble historia de cómo un turista alemán salió a ver el atardecer y terminó perdido en el mar entre Isla Grande y Barú.

LAURA ANAYA GARRIDO

19 de octubre de 2021 08:00 AM

Después de haberlo rescatado, los pescadores zarandeaban de vez en cuando a George para comprobar que estuviese vivo y cuando él abría los ojos, se movía y hablaba en su perfecto inglés, entonces los lugareños se persignaban. Es que todo esto les olía a milagro y George, en el infinito cansancio tras ocho horas nadando e intentando no morir ahogado de madrugada y tan lejos de su casa, solo podía repetirles: “I’m alive, I’m not a ghost” (“Estoy vivo, no soy un fantasma”).

George es un arquitecto alemán que vive cazando amaneceres y atardeceres. Suena demasiado romántico, sí, pero esa fascinación estuvo a punto de mandarlo para las páginas de Sucesos... afortunadamente, el destino en el que él cree lo envió para Facetas. Lea también: La historia tras el africano que bailó champeta en el Centro de Cartagena

Perdido en el mar

Sábado 9 de octubre del 2021. George Papa había llegado a un reconocido resort en Isla Grande para pasar cinco días de su estadía en la Costa Caribe. Para contemplar la salida y la puesta del sol en su máximo esplendor, todas las madrugadas (5 a. m.) y las tardes (5:30 p. m.) se lanzaba al mar y nadaba alrededor de un kilómetro, de manera que sobrepasara Isla Pirata (queda “diagonal” a Isla Grande) y llegara a un punto en el pudiera mirar los espectáculos naturales desde el agua y sin interrupciones...

Tras contemplar el atardecer, a George se le antojó simplemente mirar al cielo y deleitarse con su inmensidad, pero las luces de las islas se lo impedían -ya saben: contaminación lumínica-, así que decidió nadar más, unos cuatro o cinco kilómetros mar adentro y, allí, sin más interrupciones que sus pensamientos, miraría las estrellas. Lo hizo y lo disfrutó tanto que ni siquiera le prestó atención a la forma como las olas de un mar aparentemente calmado lo fueron alejando cada vez más de Isla Grande. Cuando se dio cuenta, comenzó a nadar de vuelta, pero sucumbía ante el poder de las olas todavía sin imaginar la noche que le aguardaba.

El turista que nadó más de 8 horas para salvarse de morir en Cartagena

“Estaba en algún punto, tratando de regresar y no podía. Pensé: ok. O te quedas atascado (sin poder regresar) o vas con las olas... y, ¿sabes?, vi luces, dos luces enormes. No sabía de qué eran... podía ver Cartagena lejos, podía ver las luces de los edificios, pero había otras luces, no sabía de dónde venían, pero las veía y traté de seguir esa dirección. Al principio, nadaba en todas las formas en las que sé y, ya sabes, me relajaba. Comencé a las 7 de la noche, pero en algún momento las olas se hicieron más grandes, entonces no pude relajarme más, porque, cuando lo hacía, me golpeaban en la cara y no podía respirar, así que empecé a nadar tan rápido como podía”, me cuenta George mientras intenta explicar mejor con dibujos que va trazando en una hoja blanca. Fueron alrededor de 14 kilómetros los que recorrió entre las 7 de la noche y las 4 de la madrugada, cuando su cuerpo no dio para más. “Perdí toda la energía, porque con las olas ya no tenía idea de hacia dónde iba. No sabía si lo que veía eran olas o sombras de árboles las que estaba justo antes de las luces lejanas”, agrega.

Tenía la boca llena de agua. Sentía que toda la sal del mundo quemaba sus ojos. Temblaba de frío. “Creo que en algún momento me desmayé o me dormí, no sé, de cualquier manera, terminé en una isla donde había una gran roca (...) Empezó a llover, por fortuna, cuando estaba en ese lugar, porque si hubiera llovido antes, estaría muerto... El agua no me hubiera dejado respirar”.

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George cuenta que intentó caminar y se caía, tal vez el cansancio le había arrebatado el equilibrio, pero cuando estaba amaneciendo consiguió gatear en su intento por llegar a un lujoso hotel que se veía a lo lejos. Por fortuna, dos pescadores lo vieron y acudieron a ayudarlo. “Los había visto antes, a los pescadores, y los llamé, pero no me escuchaban, afortunadamente después, cuando estuvieron más cerca, sí me vieron”, anota. “Les pedí que me llevaran al resort para llamar al hotel de Isla Grande donde yo estaba alojado, pero los guardias de seguridad no me dejaron entrar. Me decían: ‘No, tú no eres un huésped, no tienes manilla, no puedes entrar’. Yo decía: ‘Necesito llamar o lo que sea’, pero no”.

Los pescadores le pidieron dinero para llevarlo de regreso a Isla Grande. “Llegamos a eso de las ocho de la mañana. Los pescadores explicaron dónde me encontraron, fui a dormir y desperté al día siguiente”, cuenta y se ríe. Lea además: Día Mundial del Turismo: el panorama de esta actividad en Cartagena

Siempre de viaje

Cartagena es solo un destino en el tránsito de George como ciudadano del mundo. Para él, que, cuenta, ha enfrentado problemas serios de depresión, viajar es mucho más que un pasatiempo, se ha convertido en una forma de encontrarle equilibrio a su vida.

“Soy un espíritu libre y he estado en unos cincuenta países, cuando la pandemia comenzó, fue doloroso para mí, así que como una venganza contra el mundo... ¿Sabes?, todos se quedaron en casa, yo dije: iré a viajar”, cuenta y agrega que ha estado en países como Dinamarca, Suecia, Finlandia, México y Colombia; en nuestro país, estuvo en Bogotá y Medellín antes de llegar a Cartagena.

“Cuando eres arquitecto, trabajas para gente muy rica, tengo, incluso, amigos muy ricos. Mi mejor amigo hace 25.000 dólares al día y siempre está infeliz, quiere más... esa es la razón por la que necesitaba ese balance”, dice. Esa es la razón por la que intenta disfrutar de acontecimientos aparentemente tan simples como el amanecer y el atardecer y por la que fue trabajador humanitario.

Mucha pobreza hace a la gente mala y mucha riqueza también, así que ambos extremos son dañinos... es naturaleza humana. He estado en más de cincuenta países, los humanos son los mismos, no cambian”,

George Papa.

Tremenda experiencia

“He sido trabajador humanitario. Mi primera misión fue para una organización alemana y fue en Kosovo, que estaba en guerra en 1999. En la pequeña villa donde trabajamos mataron a todos los hombres, el más joven tenía 12 años. Murieron 130 hombres. Fue una masacre. Fue mi primera experiencia.

“Luego trabajé (como arquitecto) en Irlanda, en Australia, en Reino Unido y cuando comencé otra vez con la misión humanitaria fue en 2014, en Etiopía. Con Médicos Sin fronteras (MSF) trabajamos en un campo de refugiados, de 80.000 refugiados. Estaba encargado de construir un hospital en el campo y luego, en 2015, fui a Sudán del Sur. En ese país había una guerra civil, allá construimos mercados, escuelas, con estructuras fáciles.

Este arquitecto de 47 años es divorciado y tiene cuatro hijos que viven en Alemania.

“En 2016 fui a Burundi, en África, está en guerra civil. En 2017 fui a Ruanda, trabajé en un hotel.

“He trabajado para grandes compañías, he construido grandes hoteles y es todo sobre dinero, dinero, dinero, más dinero... con el trabajo humanitario, al menos, ¿ves?, no soy estúpido, sé que el trabajo humanitario tiene muchos problemas, que a veces se desperdicia mucho dinero, pero por lo menos sé que no estoy trabajando duro para que mi jefe pueda comprar otro gran carro para su esposa o una casa más grande.

“Mucha pobreza hace a la gente mala y mucha riqueza también, así que ambos extremos son dañinos... es naturaleza humana. He estado en más de cincuenta países, los humanos son los mismos, no cambian. No creo en personas buenas y personas malas. No es.. ¡oye, te estoy ayudando!, eso es pura mierda. (...) Para mí era una experiencia. Necesitaba ese balance”.

¿Recuerdas una experiencia que te haya marcado?

-Sí, muchas- responde y comienza a contar un episodio en Etiopía.

“En Etiopía, entendí que incluso cuando vas a ayudar a las personas, ellas mismas te pueden matar. ¿Sabes lo que pasó? En nuestro campo, el de 80.000 refugiados, MSF suministraba agua en grandes bolsas, porque hacía mucho calor. Esa zona se llamaba la Región Campella, estaba en la frontera con Sudán del Sur, entonces cuando la guerra comenzó en Sudán del Sur, muchos de sus habitantes se fueron a Etiopía. (...) En el campamento, ellos, los refugiados, hicieron su propio alcohol, lo quemaban y lo bebían. Cuando quemas el alcohol demasiado, lo conviertes en metanol y es muy venenoso. Entonces, ahora, toda la noche esta gente estuvo tomando metanol y en la mañana comenzaron a vomitar sangre. Muchos llegaban y se morían y allá primera reacción de ellos fue decir: ‘MSF envenenó el agua’. Yo iba llegando al campamento en un carro y de repente comenzaron a tirarnos piedras, no sabía qué había pasado. La gente se armó con estacas. Una vez en el campamento, nuestra líder nos dijo: ‘Ellos probablemente nos maten, tú y Johnatan (otro compañero) tienen niños, huyan”. Nosotros, sin embargo, nos quedamos”.

George se quedó y, mientras los refugiados golpeaban a médicos y enfermeras que intentaban explicarles que no los habían envenenado, sintió tan cerca el final. Por fortuna, el ejército de aquel país terminó interviniendo y evitando una desgracia todavía mayor. “Llegaron a pensar que era ebola y se decidieron a entrar”, recuerda ahora, con varias certezas: te pueden matar aunque solo quieras ayudar, ya no le tiene miedo a morir y, mientras viva, seguirá coleccionando amaneceres y atardeceres.

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