Facetas


Joel Barrios, el gigante que salió de las aguas de Isla Fuerte

MELISSA MENDOZA TURIZO

28 de febrero de 2016 12:00 AM

¡Joelitoooooooooo, cuidaoooo mijo! —gritó Petrona cuando vio al pelao pender de una rama—.

El muchacho era tan intrépido que saltaba de un lado a otro entre el mar, las palmas de coco y la tierra gris de su tierra natal: Isla Fuerte, la última y más remota isla poblada de Bolívar.
La vieja Petrona Zúñiga, la mamá de Joelito, es una caja grande de recuerdos. Es una matrona linda, de esas morenas espectaculares y alegres que da nuestro Caribe, su voz es ronca y no hace más que hablar orgullosa de su hijo. Lo único que le tacha es la terquedad.

“Eran las 11 de la mañana de un día cualquiera de enero de 1977 —cuenta Petrona—. Joel tenía 10 años y casi muere chamuscado en la finca de su abuela.

“Como en la isla se acostumbraba quemar la basura en cualquier lado, le eché candela a unas ramas que recogí y a unas conchas de coco. No supe ni en qué hora, pero el muchachito se subió al palo que estaba junto a la llamarada. La candela le alcanzó la cara y brazos. ¡Imagínese cuál fue mi susto!”

Joel lloraba y Petrona más. “¡Jummmm! Cuando la muerte lo acaricia a uno, —dice Joel— cualquiera saca el instinto de supervivencia”.

En medio de tanta angustia, lo único que se le ocurrió a Joel fue saltar. ¡Qué locura! Saltó de una altura aproximada de 15 metros. Y entonces llegó el milagro: quedó intacto. “Menos mal lo esperó la tierra de mar, la espesa, la que a veces da y a veces quita —dice Petrona con una sonrisa leve—.

Y esa fue la primera aventura de Joel. La primera y premonitoria con el fuego.

“El secreto de Joel, el ‘pescao’ ”: Petrona

Joel se formó en la calle, con el agua y el viento. En Isla Fuerte no había luz, ni agua potable, ni parques, tampoco canchas y mucho menos vías asfaltadas. Su bicicleta fue un burro que él mismo domesticó desde que nació. No solo hacía los mandados con su singular “mascota”, sino que competía con amigos en alegres carreras por las trochas del pueblo.

Y así fue creciendo. Y gracias al mar se hizo respetar...porque entre los “vales”, el respeto se lo ganaba el que más demorara bajo el agua. Ganaba el que se zambullera en el azul Caribe y saliera más lejos de la playa.

“La cena siempre era ‘pescao’ y comíamos a más tardar a las cinco de la tarde, porque como no había luz las espinas de la liga nos podían atragantar”, relata el mismo Joel.
Esa vida silvestre y el pescado lo dotaron de cualidades que más tarde lo llevarían a una senda de victorias.

Parecía que estaba condenado al fracaso porque su papá lo abandonó desde que estaba en el vientre de Petrona, pero nunca le faltó la comida ni el “empuje”. Lo tuvo todo por cuenta de sus tíos y de su propia mamá, que se echó al hombro sola la formación de cuatro hijos.

De ‘pelao’ se la jugaba arriando ganado, vendiendo pescado, amansando burros. Solía ser ayudante de los grandes y con lo que ganaba apoyaba a su mamá. Es que eso del trabajo infantil no era un problema, ni un delito en Isla Fuerte hace treinta años.

En la selva de cemento
Pensando en los sueños de su hijo, Petrona vendió la única vaca que tenían por 3.600 pesos. Ella conservó 600 pesos y mandó a Joel con los otros 3 mil a Cartagena.

Ya de 16 años, el joven se asomó a la ciudad que se imaginó idéntica a Isla Fuerte: sin luz, sin agua potable y llena de arena. Compró cuadernos, uniforme y un par de zapatos. La plata – dice – le duró bastante. Hizo el bachillerato en un colegio nocturno para poder trabajar de día.

Fue cotero en el Mercado de Bazurto con sus amigos de la calle donde terminó de crecer: El Tancón, en Olaya Herrera. Vendió avenas y empanadas en el Centro Histórico. Antes de que llegaran a Cartagena las trituradoras de concreto, él era uno de los que partía cemento; puso las primeras piedras de los barrios Almirante Colón y Villa Rosita, como ayudante de albañilería. Fue pintor en las empresas de Mamonal. Era un absoluto “de todito”.

Dice él mismo que la mojarra y la barracuda, o picúa, que se comía en las tardes allá en su pueblo le dieron el fósforo que lo llevó a ganar la medalla Juan Bautista Solarte Obando cuando prestó el servicio militar. Competían 301 soldados.

El carito y el pargo rojo le dieron el vigor para navegar en altamar, y hasta para naufragar. Trabajó en los barcos pesqueros de una empresa atunera en la ciudad y dolorosamente vio morir a varios de sus compañeros. A él nunca le pasó nada. “Ahí tú arrancas y dependes cien por ciento de Dios y de la fuerza de tus manos. Toca salir cuando el tiempo está peor porque es en ese instante cuando salen los camarones”.

Se casó y entonces terminó su travesía en altamar. En 1996 se convirtió en bombero.

En sus ojos no se ve el miedo. Es como si amara el riesgo. Ya lo vivió todo. Hasta es capaz de permanecer más de tres minutos bajo agua sin respirar.
- ¿Quién podría igualársele? -me dice Petrona-.
- Nadie –contesto yo–.
- Es que a mi niño lo alimenté bien. Siempre fue muy obediente. Ahí está el secreto –advierte-.

En 2015 se consagró por tercera vez campeón de los juegos interbomberiles. Nadie lo superó en pruebas físicas, ni mentales.

¡Retirada!
El pasado 29 de diciembre, Joel Barrios cumplió 20 años de servicio en el Cuerpo de Bomberos de Cartagena. Fue el comandante de la institución durante ocho años.

Ver tantos hombres llorando en un mismo escenario y por una misma persona, habla del legado ejemplar que dejó el oficial. Entre lágrimas y un homenaje, fue despedido el 19 de febrero por sus subalternos, quienes recordaron que Joel es un verdadero líder. Que nunca se le arrugó a nada. Que pensó más en las vidas de sus trabajadores que en los resultados que podían dar. Que ha sido el mejor de todos los tiempos.

“Mi deseo es que continúen trabajando por Cartagena, que sigan ayudando y aportando para que nuestra ciudad crezca”, dijo en su despedida.

Con nostalgia, el ex comandante todavía recuerda cuando se le abalanzó al americano que quería tirarse de un edificio en Bocagrande para salvarle la vida. Todavía recuerda cuando se convirtió en una especie de papá para Fernandito, el niño que padecía cáncer y siempre soñó ser bombero. Todavía recuerda cuando fue arrastrado por la marea y golpeado por las olas contra los espolones en la playa de Castillogrande, intentando salvar a un niño de siete años que finalmente murió.

Ese, el Joel que no escatimó un segundo para servir a la comunidad, que dejó muchas veces a su familia por la ciudad, que se hizo abogado a pesar de desconfiar de sí mismo y llegó a ser especialista en derecho administrativo para prestar un mejor servicio, al que la vida lo desvió del sueño de ser odontólogo para convertirlo en el mejor bombero de Colombia -declarado así por la jefatura nacional de Bomberos-. Ahora, que está lejos del Cuerpo de Bomberos, piensa cursar una maestría en ciudadanía y derechos humanos.

-¿Y cuál es su sueño de aquí en adelante?
-Quiero llegar a los lugares más recónditos de la ciudad para llenar las necesidades de los desamparados, sobre todo de los niños. Ese fue y será siempre mi sueño.