Facetas


La historia de una familia que apenas sobrevive en El Pozón

Julio Blancos Moreno, a sus 78 años, recorre las calle de El Pozón recolectando botellas para mantener a su familia: una hija en silla de ruedas y su esposa enferma.

CRISTIAN AGÁMEZ PÁJARO

14 de febrero de 2021 12:00 AM

Fortaleza. Si hablamos de fortaleza, Julio Blancos Moreno la lleva bien puesta en unas piernas enclenques que tiemblan, pero que no dejan de caminar. En una espalda que duele, pero no para de agacharse a recoger botellas plásticas. En una mente malograda por un aparente alzheimer incipiente que podría perderlo cualquier día de estos en las maltrechas calles de El Pozón, pero que no se da por vencida, porque todos los días, a sus 78 años, sale a caminar o, más bien, a trabajar.

Él, así como está, no deja de pensar en que su esposa y su hija no tendrán nada de comer si no trabaja recogiendo botellas para vender. De seguro pensará, consiente o inconscientemente: “Hay que ser fuerte”. Es la fortaleza del instinto de supervivencia natural de los seres humanos. ¿Pero hasta cuándo podrá ser el pilar de su hogar? Ni él, ni su hija, ni su esposa lo saben bien. Su fortaleza la lleva en el alma pero ya su cuerpo quizá no le alcance.

El señor Julio se protege del sol esta tarde de miércoles con una cachucha azul cielo, estampada con la propaganda política de Iván Duque Márquez. Tiene la piel curtida. Sus zapatos lucen acabados y empolvados. Camina lento, con un costal en sus hombros hasta su vivienda. Es una casita azul, donde viven en arriendo, en el sector Nuevo Horizonte.

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Cuando tenía 5 años, Carmen Julia Blancos Piña sufrió poliomielitis. Las secuelas de la enfermedad la tienen hoy, a sus 40 años, en una silla de ruedas en la sala de esta casa humilde del sector Nuevo Horizonte. No puede caminar y le es complejo mover una de sus manos, más afectada que la otra por la enfermedad.

Carmen es la hija de Julio. Ella nos cuenta que sus vidas no siempre fueron un calvario. Que antes, hace 20 años, vivían en El Carmen de Bolívar, pero salieron de aquel municipio, entre otras cosas, por la violencia.

Antes, Julio era un labriego que amaba al campo y que se proveía de él. “Desde que vinimos a Cartagena -explica Carmen- ha sido luchado, hemos pasado de aquí para allá y de allá para acá. Pagando arriendo y arriendo, porque no tenemos casa”. Hace una pausa en su relato. Se limpia lágrimas que aún no brotan de sus ojos y continúa mencionando que, en plena pandemia, fueron echados a la calle de la casa donde antes vivían arrendados porque debían cinco meses de alquiler y la dueña les dijo que se marcharan o les cortaría el servicio de energía eléctrica. Eso, más que una amenaza, para Carmen y Julio significaba algo un tanto terrorífico y desalmado.

La señora Denis Montes Rivera, tercera integrante de esta familia, esposa de Julio y madrastra de Carmen, sufre una afección pulmonar por la que requiere estar conectada a una máquina de oxígeno la mayor parte del tiempo y, si les cortaban la energía, también le cortarían el oxígeno.

“Ella sufre de la presión alta y de los pulmones y necesita la luz porque tiene oxígeno en la casa. La señora arrendadora nos presionaba con eso, con quitarnos la luz, y nos tuvimos que ir. Nos echaron a la calle como si fuéramos unos animales”, detalla Carmen.

En la sala de esta nueva casa, a la que llegaron hace cuatro meses, gracias a la caridad de un pastor de una iglesia cristiana y de algunos conocidos, suena intermitente la máquina de oxígeno de Denis, mientras ella se quita a ratos la mascarilla para intentar participar de la conversación mencionando que: “ Vivimos como podemos”. Yo creo que apenas sobreviven.

Imagen JULIO BLANCOS

Julio gana dinero recolectando botellas plásticas para sostener su hogar.

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“Mi papá ya tiene 78 años y no hemos podido conseguir una casa propia para vivir. A él lo conocen muchos amigos por aquí, porque él antes repartía mercancía en las tiendas y, como ya lo conocen, le colaboran con una cosa o la otra. También, a veces sale a recoger botellas plásticas. A mí me da tristeza ver a mi papá así”, añade Carmen, creyente de la fe cristiana. Asiste a una iglesia, cercana, cuyos ‘hermanos’ de fe y cuyo pastor también le han tendido la mano.

“Mi estado no es el mejor, pero yo todos los días oro, Dios es muy grande y poderoso. Oro y tengo la fe que Dios nos va a dar una vivienda este año. Tengo fe en Dios”, exclama, empuñando las manos.

Lo cierto -me confiesa más adelante- es que ni siquiera nunca han aspirado a alguna Vivienda de Interés Social o Vivienda de Interés Prioritario, porque en gran parte no tienen quién les haga los trámites y ellos mismo no pueden hacerlos. Escasamente, dice, pueden hacer sus propios trámites médicos.

“Él se cayó hace dos años, porque una buseta lo rozó. Se fracturó un brazo. Estuvo hospitalizado en la clínica Barú, donde le hicieron el TAC en la cabeza, ahí fue que le salió que tenía principios de alzheimer”, cuenta Carmen.

-¿Cómo hacen para pagar el arriendo aquí?

- Usted no sabe ni cómo pagamos aquí... Con el subsidio de la tercera edad de mi papá, pagamos el arriendo, pero ya debemos dos meses de arriendo y cuatro meses de servicios.

- ¿Y con qué comen?

- Lo más barato que comemos es pollo. Tenemos rato que no comemos carne, porque en realidad no hay plata para comprar la carne. Del resto, podemos comer huevo o sopas que nos regalan los vecinos. Esa nevera que usted ve ahí hace ratos no sirve, la tenemos para guardar las cosas y que las cucarachas no se las coman.

Carmen me explica que tiene otros hermanos en Cartagena, que los ayudan de vez en cuando con dinero y alimentos. “Ellos nos ayudan, pero no siempre pueden hacerlo porque tienen sus propias obligaciones. Aquí muchas veces nos hemos acostado sin comer, y lloramos de la desesperación, pero igualmente le damos gracias a Dios por estar vivos”, precisa.

Imagen JULIO BLANCOS FAMILIA

Julio y su familia en la vivienda donde viven arrendados en El Pozón.

Ella cree en Dios y en el destino. Cree firmemente en que todo pasa por algo y que no es casualidad que Yessica, aquella vieja conocida de su papá, de la que no sabían desde hace algún tiempo, se preocupara por buscarlos para saber cómo están y en querer ayudarlos contactándolos con la prensa. Carmen confía en que, por fin, algo sucederá. En que algo o alguien les cambiará la dura vida que les ha tocado llevar.

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Antes de marcharme pienso en la casa que ocupan Carmen, Julio y Denis... ¿De una vez por todas tendrán un nuevo horizonte?, como el nombre del sector donde viven, a donde llegaron hace tantos años, buscando otros horizontes.

Pienso en que, a veces, la vida puede ser dura, muy dura, pero siempre podemos y debemos tener la fortaleza de sobrevivir, como lo hacen Julio y su familia todos y cada uno de sus días.