Lecciones para vivir, según Laura Valentina Tovar

17 de marzo de 2019 12:00 AM

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Laura Valentina Tovar Buitrago vino a Cartagena para descubrir el fugaz e indescriptible placer de ver el sol sumergirse en el Mar Caribe por las tardes. Para sentir cómo la brisa caliente de la Costa revuelve sus cabellos negrísimos y rolos de diecisiete años, porque ella apenas cumplió los diecisiete el 17 de octubre del año pasado. Vino para comprobar por sí sola todo lo que alguna vez escuchó del Castillo de San Felipe, que es tan grande, tan imponente, tan bonito.

Estuvo aquí no solo para cumplir el sueño de conocer La Fantástica que tanto pregona Carlos Vives cada que suena su canción, sino para dejarnos unas cuantas lecciones.

Lección uno. Los cambios

La vida no avisa, no te prepara, simplemente cambia y ya, a veces para bien, a veces para mal. Laura lo sabe bastante bien porque a ella el destino se le revolvió en un ratico, el día que le dijeron que padece leucemia.

Nadie ve la vida igual des después de escuchar: “Parece que la niña tiene leucemia”, como le dijeron a Wilson Tovar -el papá de Laura- el 8 de abril de 2018, no se les olvidará jamás ese día.

Un día Laura comenzó a verse unos “moraditos” por todo el cuerpo, pero no eran de golpes porque eran muchos y no le dolían cuando los tocaba. Y las encías le sangraban fácil, apenas con cepillarse. Un día no podía caminar, porque no podía doblar las piernas, le dolían, así como la mandíbula, y muchas veces se sentía exhausta de solo intentar trotar. Lo de las piernas hubiera sido normal en una mujer de setenta años, pero no en una adolescente.

La vida le cambió tanto, que de repente ella ya no se despertaba en su cama ni en su casa, sino en la camilla del la Clínica San Ignacio, en Bogotá, llena de tubos y conectada a máquinas. Brotada hasta la lengua, porque su cuerpo no consentía los medicamentos. Hay que ver cuánto añoraba ella su mesa, su silla, su cama, a sus hermanos, su vida, la de antes, cuando era feliz y no lo sabía.

La vida cambia para bien o para mal, sí, pero el truco está en el enfoque. Cuando la gente comienza a dejar de preguntarse ¿por qué pasó? y dice ¿para qué pasó?, los días adquieren un poco más de sentido.

Lección dos. El enfoque

Laura y Wilson empezaron a asumir -con toda la angustia que implica- que ella tenía una leucemia mieloide aguda, una bastante agresiva, y que había que salir adelante y aprender de esa experiencia. Wilson lo explica mejor: “Yo escuchaba a Laura hace poco, ella dijo que uno a veces se queja de todo lo que tiene. A veces uno tiene tantas cosas que las otras personas no, uno que tiene a sus padres vivos, trabajo... uno se da cuenta de que eso está mal es cuando le pasan cosas así, feas, cuando tu vida depende de otras personas, de un medicamento, ves los mareos, ves que ella no puede comer. Muchas veces Laura decía no quiero comer, y ya, no comía... ahora quisiera comer esas cosas. Esa parte a ella le cambió y a todos nos cambió muchísimo”.

“Sí, digamos, uno habla -dice Laura y calla, no quiere llorar-... Hay gente que siente que la vida no vale nada y prefiere dañarla, cuando hay gente que quisiera poder salir, y no tener que depender de una máquina para vivir bien. O estar vivo. Entonces son cosas así, que uno no piensa hasta que está en ese momento, hasta que estás en un hospital y no quieres estar ahí, quieres despertar en tu casa, normal”, me cuenta ahora.

Lección tres.
Vivir para algo

“Esta es una experiencia que a uno lo incita a ayudar, a intentar mejorar la vida de la gente, no vivirla porque sí, sino para ayudar”, me dice Laura.

¿Qué quieres hacer cuando todo esto se acabe?

-Ya terminé el bachillerato, ahora quiero comenzar a estudiar bien, para tener una carrera. Siempre, siempre, me han gustado mucho los animales, a mí me gustaría tener como un santuario, donde pueda rescatar a los animales de la calle que lo necesitan. También quiero estudiar muchas cosas, administración de empresas, medicina y especializarme en cirugía, me gustaría estudiar comunicación social y fotografía.

Lección cuatro. Agradecer

Aunque tenga que volver cada mes a la clínica, y esperar, junto a su familia, un año más para ver si el tratamiento con quimioterapias funcionó, Laura y su padre se sienten agradecidos.

Agradecidos con la vida, que les puso en el camino a gente buena: desde los médicos, que dan todo de sí para sanar a Laura, pasando por la fundación que le cumplió el sueño de venir a Cartagena y hasta las personas que los alientan a seguir adelante, aunque a veces parezca que el mundo se puede acabar cualquier minuto de estos.

A cumplir el sueño de Laura

“Un día, normal, estábamos en hospitalización y llegaron las personas de la Fundación Make a Wish a mi habitación del hospital. Nos explicaron -a ella y a su papá- que eran de una fundación, que le cumplían sueños a niños que tenían enfermedades como... terminales, como cáncer, y pues que ellos querían cumplirme un sueño. Nos dieron una cajita y la teníamos que decorar con un lugar donde quisiéramos ir, explicándoles nuestros sueños, yo ahí hice la playa, las palmeras, y pues ya ellos comenzaron a concretar todo para poder hacer el viaje”.

Laura llegó a Cartagena el 12 de marzo pasado y se devolvió para Bogotá el viernes. Se hospedó en el Hotel Intercontinental. Conoció el mar cartagenero, el Castillo de San Felipe y el Centro Histórico.

Make a Wish es una organización sin fines de lucro de los Estados Unidos fundada en 1980, que concede deseos a los niños (de entre 2,5 años a 18 años) que tienen condiciones médicas que amenazan la vida.

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