Restom Bitar, el extra eterno de Cartagena

03 de marzo de 2019 12:00 AM

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Juan Antonio Restom Bitar fue el extra vitalicio de todas las películas que se filmaron en Cartagena, desde la década del cincuenta, hasta el final del siglo XX.

Su figura quijotesca, alto y delgado, un tanto desgarbado, y la mirada alucinada de un caballero andante, lo convirtieron en un personaje de la Cartagena cotidiana.

Se ufanaba de haber estrechado la mano de Marlon Brando y de haber participado en un filme tan pomposo como ‘La misión’, aunque su aparición efímera, fuera la de ser blanco de un pelotón de fusilamiento. Un segundo de cine para él era una proeza. Pero Restom esperaba cada año que ocurriera un milagro para ser incluido entre los extras de las nuevas películas. Pero solo se asomaba al círculo de filmación, y su presencia era elegida para ser el extra eterno.

Hace más de treinta años llegó a Cartagena el fotógrafo holandés Hannes Wallrafen, tras las pisadas de García Márquez para la edición de su libro ‘Una jornada en Macondo’, que publicó Villegas Editores, y García Márquez quedó tan sorprendido por la belleza de sus fotos que decidió escribirle el prólogo. La portada del libro aún no había sido elegida, pero una tarde el fotógrafo vio a un tipo demasiado delgado, con una guayabera azul que bailoteaba con la brisa del Camellón de los Mártires, y dijo: “Ese tipo flaco me sirve para una foto del libro sobre García Márquez”. Hannes lo saludó y le propuso hacerle unas fotos. Era Restom Bitar. En aquellas fotos que hizo Hannes, Restom se vistió de frac, como si fuera un patriarca bajo una lluvia de serpentinas, y Hannes y el editor del libro, Benjamín Villegas, terminaron eligiendo la foto de Restom para la portada. Así hubiera querido figurar Restom como estrella de cine. Hannes le hizo fotos que evocaban el mundo de Macondo. Restom reflejado en un bloque de hielo, en un aposento de una casa antigua en donde caen hojas secas. Aquellas fotos eran, de alguna manera, la película que nunca se filmó de Restom Bitar, un hombre de imaginación desmesurada, campeón de ajedrez, autor de un poema en el que reta al mar, y coleccionista del cine mexicano y fetichista de todo lo que oliera a cine.

He vuelto a recordarlo en estos días, en el preludio del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (Ficci), en el que Restom fue el infaltable convidado.

La historia de Hannes y Restom tiene episodios cinematograficos. Hannes vino tres veces a Cartagena.

“Yo hice tres viajes a Colombia, uno en el año 1988, otro en el año 1989 y el último en el año 1991”, cuenta Hannes, “pero la idea de editar un libro de fotografías no se me ocurrió hasta el momento en que Gabriel García Márquez vio mis fotos y exclamó: ‘Me encantaría hacer algo con estas fotos’. Entonces, ¿quién mejor para escribir la introducción que el mismo García Márquez?

“Así se cerró el círculo y estoy muy agradecido. Gabriel García Márquez se inspiraba en los pueblos del Caribe, sus libros me inspiraron a mí, y visité su país. Los lugares de acción fueron Cartagena, MompOX, Ciénaga, Uribia y Aracataca”.

Mi hermano, Carlos Tatis, acompañó a Hannes en el peregrinaje de aquellas fotos que tienen el encanto de una magia que fluye naturalmente, pero en un halo de misterio sobrenatural.

El delirio del cine

Restom aparece en un documental de las fiestas del 11 de noviembre de 1954, bailando porros en la Plaza de los Coches. Está de sombrero vueltiao y rodea una carroza de una reina en medio de la multitud que baila al ritmo de una banda de viento.

En su habitación de solitario empedernido en la Calle de las Palmas, en Getsemaní, Restom tenía una colección de películas latinoamericanas que lo habían impresionado. Su vida transcurría entre Getsemaní, el Muelle de los Pegasos y el Parque Bolívar, donde era un jugador vespertino de ajedrez e instructor a domicilio. Los únicos poemas que le conocimos estaban dedicados a los grandes ajedrecistas de la historia, y al mar de Cartagena.

Tenía una vida monástica en esa habitación. Dormía en una cama pequeña, rodeado de lo que más amaba: el cine. Pero por estos días del año era el hombre más feliz. Mandaba a lavar sus guayaberas para ir endomingado a la fiesta del cine. Restom era una película ambulante. Una estrella invisible que salió en segundos de películas como extra, y esperó toda su vida el gran momento para que se le concediera un papel trascendente. Cuando se filmó ‘Nostromo’, basado en una novela de Joseph Conrad, hizo fila para meterse en la película, y fue contratado de extra, como había ocurrido incluso con otras películas, filmadas por ingleses y franceses. El novelista Pedro Badrán lo eternizó en una de sus novelas. Él hizo de su destino de extra una oportunidad para estar cerca de los grandes directores, aunque en las películas fuera tan solo una ráfaga en un fusilamiento. Era un soñador solitario, puro en su ingenuidad, en su inocencia y en su humor caribe mezclado con sus raíces árabes.

Un instante con Restom

Mi hermano Carlos se hizo entrañable amigo de Restom y lo contrató para que le enseñara ajedrez a su hijo en su casa. Una tarde fui a visitar a mi hermano y le propuse elevar una enorme cometa, muy cerca de los playones, cerca del Mercado de Bazurto, y mi hermano convidó a Restom. Los tres, junto a mis hijos, elevamos la enorme cometa, y Restom, al final, amarró la pita de la cometa en uno de los botones de la camisa. Mientras hablaba con nosotros y caminaba, la cometa hacía de las suyas sin que nadie la maniobrara. En un instante vimos dar tumbos a la cometa, y en un santiamén, la cometa se desprendió del botón de Restom.

La cometa se estrelló contra las aguas de la ciénaga. Todos contemplamos la escena del final de la cometa, mudos, esperanzados de que la pita se enredara en algún almendro para rescatarla.

Nos fuimos a casa. Y, horas después, unos pescadores que iban en una lancha rescataron la cometa, y nos la devolvieron. Restom parecía un niño feliz con la cometa. Como era feliz jugando ajedrez o viendo cine. Pero su mayor felicidad era ser llamado aunque fuera de extra en una película, en la que aparecería tan solo en segundos efímeros. Y su dedo señalaba aquel instante donde aparecería, en medio de la oscuridad del teatro.

Epílogo

Los seres felices y descomplicados como Restom Bitar siempre nos harán falta. Pero, sobre todo, la humanidad y la nobleza con que esperaba cada año ser llamado para ser la estrella de cine.

Él solo, con su talante quijotesco, su semblante sonreído, era ya, sin proponérselo, la película que jamás se filmó en Cartagena. Un soñador que se sentaba todas las tardes en los escaños del Parque de Bolívar a esperar a los ajedrecistas. Al entrar a la habitación de la Calle de las Palmas, mi hermano Carlos sintió un aire tenso y opresivo, sin la presencia de Restom Bitar. Las películas estaban arrumadas. Una colección de relojes se habían detenido en la madrugada en que empezó a agonizar. Y un tablero de ajedrez con las fichas aún puestas, esperaba el turno de un alfil para la jugada final.

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