La niña de catorce años que entró en aquel 20 de septiembre de 1991 a la sala de redacción de El Universal, vestía de top negro y bermuda de jean roto sobre una licra negra.
Venía acompañada de sus padres. Su cabellera negrísima se derramó como una lluvia sobre sus hombros de color níspero. Su voz era de una inocencia juguetona y a veces infantil, pero en su cuerpo menudo y pequeño y en sus ojos vivaces, latía una acuariana obstinada, convencida de su destino. La voz inundó la sala y la luz del atardecer. Era Shakira.
No hay un solo instante en la vida de Shakira que no esté vinculado con la música. William Mebarack, su padre, un estadounidense de origen árabe, nacido en Nueva York, emigró a Barranquilla siendo muy niño, y su madre, Nydia Ripoll, de ascendencia catalana, recuerdan que la niña aprendió las cinco vocales y el abecedario cantando, y luego, aprendió los números cantando, y poco después de aprender a caminar, ya estaba bailando la danza del vientre. La música estaba en las diez yemas de sus dedos y en la planta de sus pies.
A sus siete años ya había compuesto la primera canción, y la ráfaga de su voz de arena y piedra pulida, ya había invadido el silencio conventual de su colegio de monjas de Barranquilla, y había puesto en vilo a la madre superiora. Los padres fueron los primeros en patrocinarla.
El padre joyero se declaró en quiebra cuando ella era muy niña, y ella vio rematarlo todo, creyendo que aquello podía ser el apocalipsis, pero el padre le dio la primera gran lección de su vida: llevarla a un parque donde dormían unos niños huérfanos, que no tenían nada qué comer, no tenían donde caer muertos, y su único techo era ese cielo lejano, lleno de estrellas. Aquella escena le impactó tanto que se dijo a sí misma que alguna vez, tendería sus manos a los desposeídos y buscaría parecerse espiritualmente a su propio nombre: Shakira, que en árabe significa agradecida. Fue el germen de su vocación de servicio a sus semejantes.
De la mano de esos padres que no dudaron de la grandeza de su hija, vinieron a Cartagena en aquel septiembre de 1991. Shakira era un nombre desconocido aún, y ella fue la telonera de un concierto de Juan Carlos Coronel en Cartagena. Traía su primer álbum, Magia, con once canciones. Entre ellas, Esta noche voy contigo, Necesito de ti, Sueños, entre otras, y una dedicada a su padre: Tus gafas oscuras, cuando se enteró que su padre usaba gafas oscuras para ocultar el dolor de la muerte de uno de sus hijos, cuando ella tenía dos años.
¿Qué contó Shakira en aquel atardecer? La niña cantó a capela, su canción Magia, en el centro de la sala de la nueva sede de El Universal. El jefe de redacción, Germán Mendoza Diago, se preguntó quién entrevistaría a aquella niña barranquillera, nacida el 2 de febrero de 1977, que en aquellos días había llegado a Cartagena, acompañada de sus padres, a promocionar su primer álbum. Eligió a Patrizia Castillo Torres, que se encargaba de la página de farándula, y Patricia le consagró una página entera, augurando que aquella niña era la voz de proyección internacional que estaban esperando en Colombia.
Era apenas una joven de catorce años, estudiante de quinto de bachillerato del colegio La Enseñanza, de Barranquilla, cuya mayor pasión era componer canciones. “Escribo canciones cuando estoy tranquila y tengo tiempo para pensar, el baño es mi sitio ideal para componer”, le dijo con juguetona picardía a Patricia. El lente de Eduardo Herrán Garavito retrató la sonrisa de Shakira, su cuerpo menudo en el sofá y su cabellera de lluvia.
El nombre de Shakira había empezado a ser nombrado recientemente por el periodista Édgar García Ochoa, quien decía haberla descubierto, y un día se presentó también al diario, acompañado de la mentalista y vidente Maribel Moreno. Aquella mañana nadie parecía interesado en entrevistar a la vidente. Decidí hacerlo, pero el encuentro estuvo antecedido por un pequeño accidente. La taza de café se le derramó a la vidente, cuando intentó tomarse el primer sorbo. Estaba intimidado en el momento en que ella me dijo que estaba dispuesta a leerme la mano. Le conté que una gitana se la había leído a mi madre. Le hice una crónica a la vidente.
La llegada de Maribel Moreno coincidió también con Shakira, quien les dijo a sus padres que quería conocerla, y preguntarle cómo le iría en la vida y en su arte. Los desastres y las maravillas de aquel año y el siguiente, fueron predecidos por ella. ¿Quieres que te lea la mano o las cartas? -le preguntó Maribel a la niña Shakira. “Las manos”, dijo ella. La vidente le tocó las manos a la niña y empezó a descifrar el destino de la futura cantante, cuenta García Ochoa.
“Vas a triunfar primero en Venezuela”, le dijo. ¿Qué ves en el amor?-preguntó con picardía la niña. “En el amor veo a un hombre bajo la luz del trópico que viene hacia ti. Es mucho mayor que tú, pero te hará sufrir”. ¿Y cómo me irá con mi música? -preguntó la niña. “No habrá un solo lugar sobre la tierra donde no se escuchará tu música”.
La voz de Shakira dejó boquiabiertos a todos en el periódico. Bajó las escaleras. Y en el aire quedó flotando el perfume de la acuariana indomable que dejaría perplejos a las audencias de todo el mundo, en Europa, Asia, África y Estados Unidos, con su voz y sus canciones, su humanismo y su filantropía.
La niña de aquel atardecer creó la Fundación Pies Descalzos, se convirtió en Trabajadora de Buena Voluntad de Uniceff y en una de las cien mujeres más influyentes del planeta, en la segunda mujer más premiada y la tercera de la historia de la humanidad en 2013, con más de 70 millones de álbumes vendidos, cien millones de seguidores en redes sociales, con cuatro premios Grammy, 7 Bilboard Music Award, 7 American, 12 Premios Grammy Latino, la primera artista sudamericana más vendida de toda la historia. No hay un solo lugar del mundo donde no se escuche Waka Waka, con cien millones de reproducciones, y todas sus canciones.
EpílogoAhora ella es también un perfume, una imagen de Colombia y el mundo. Un arte. Algo más que la poesía surrealista que tanto le fascina. Algo más que una danza del vientre. Sobre la luz del crepúsculo, la oscura cabellera de lluvia cae sobre sus hombros, en una imagen que no desgasta el tiempo. Tal como lo predijo la vidente, la voz de Shakira es un viento que flota sobre el mundo.



