Bernhard Mueller, tras la ciudad del futuro

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Bernhard Mueller es un soñador de ciudades del futuro. Lo de soñador no en el sentido romántico, sino en el sentido científico de la expresión, que él encarna como una verdad cotidiana que ha vivido a lo largo de su vida. Nació en Saarbrücken, al suroeste de Alemania, una ciudad al pie del río Sarre, el 18 de marzo de 1952.

Es planificador de habitaciones y geógrafo. Director del Instituto Leibniz para el Desarrollo Espacial Ecológico, miembro de la Academia de Ciencias de Alemania. En 2004 lideró la Agenda Estratégica Alemana de Investigación e innovación para la ciudad del futuro. Vino al periódico de la mano del ambientalista y columnista político Rafael Vergara Navarro y de su amigo Moisés Pineda.

Le pregunto qué prevalece, en quince años, de aquella agenda que diseñó para construir una ciudad del futuro en 2004, y qué nuevas dificultades padecen hoy las ciudades en un mundo globalizado.

“En aquel momento, la idea esencial era que la alta tecnología facilitara el camino para un equilibrio entre el medio ambiente y los habitantes, tras el diseño de una ciudad mejor. Pero entre cien iniciativas de ciencia e investigación, se cambió totalmente el programa y se llegó a la conclusión de que la transformación de la ciudad debía empezar por su propia gente. Y para ello, es fundamental, la educación ciudadana, y, en segundo lugar, fomentar las iniciativas locales para incrementar mayores experimentos en la ciudad.

Pero entre esas propuestas, se postularon proyectos de cómo se transformaría la mentalidad y la acción local.

Para 2019, la agenda busca iniciativas locales sostenibles: jardines públicos y una mayor sinergia: no trabajar aislados, sino en conjunto. Para nuestro tiempo hay nuevas realidades: la bienvenida a refugiados y extranjeros en Alemania. El cambio climático, el calentamiento global y las catástrofes ambientales son una prioridad en el mundo”.

La imagen de una ciudad

Para Bernhard, dos puntos que ameritan reflexión son, primero, cómo podemos cambiar la imagen que tenemos de la ciudad que habitamos, como un reflejo derivado de la imagen de su arquitectura, y la percibimos, muchas veces, precariamente, como una red de vías, espacios, edificios, como el trazado de una calle o una carretera inmensa. Pero también cómo conectamos ese trazado de sus rutas con sus redes ecológicas, sus zonas verdes, sus cuerpos de agua, cómo financiamos esas áreas verdes y plantamos más árboles para que bajen la temperatura de la ciudad ante el calentamiento global. Cómo logramos que la ciudad sea sostenible con una planificación que la conecte con sus cuatro puntos cardinales.

Ahora Nicolás Pareja Bermúdez le recuerda el deseo de Cartagena de hacer navegables todos sus cuerpos de agua, de norte a sur, y cómo puede cualificarse una ruta sostenible en el agua en Cartagena. A Rafael Vergara le brillan los ojos y el tambor de su corazón se agita cuando recuerda la iniciativa de Alfonso Romero Aguirre de lograr que el patrimonio fluvial tuviera un circuito navegable para todos los cartageneros, hace más de setenta años.

Bernhard lo resume con la palabra “transporte integral con todas sus conexiones en la ciudad. Un plan territorial para ello. Un plan del paisaje. Un plan de transporte. Todo ello asumido en conjunto, funciona. Pero hay que educar a la población para una ciudad mejor. Ante la expansión de Alemania, se decidió proteger el área natural, bajando el consumo del terreno natural, que pasó de 120 hectáreas a 30, para el equilibrio del asentamiento humano y el tráfico. Hay que pensar en nuevas soluciones de transporte autobús, tranvía, metro, transporte articulado, bicicletas, etc. Hay ciudades que privilegian al hombre que camina, al peatón. Creo que todo lo anterior se resume en tres puntos: tecnología al servicio de la ciudad, educación y ciudadanía. Políticas a corto y largo plazo para las infraestructuras verdes o azules. Me refiero a áreas verdes o cuerpos de agua. La conciencia de las ciudades y las acciones públicas de esas políticas son a largo plazo. Yo tengo 67 años y veo cambios en las nuevas generaciones”.

Conciencia ambiental

Bernhard cuenta cómo pequeñas acciones, como un día de limpieza del borde de un río o de un cuerpo de agua que está saturado de basuras, pueden iniciar un cambio en la comunidad.

“Contaminamos lo que no amamos”, le digo a Bernhard, para contarle el drama local de la contaminación y degradación de la ciénaga de La Virgen, el caño de Juan Angola, los alrededores de Bazurto, y le contamos sobre el concepto fragmentado de una ciudad que se define por estratos sociales. Él desconoce eso y nos pregunta con sus ojos, que parpadean detrás de sus lentes, si ese mismo criterio de definición existe para todo el país. Le decimos que sí. Y es una forma de discriminación creer que por vivir en un barrio pobre, se es de un estrato bajo. Rafael le cuenta que debajo de los puentes y en el corazón de la ciénaga, hay gente que vive en la pobreza extrema. “Aquí existe el estrato cero, que son los que viven en el agua de la ciénaga o bajo los puentes”.

Bernhard no puede imaginar que en Cartagena, a estas alturas del siglo XXI, se defina en seis estratos.

La pobreza no erradicada sino ocultada, trasladada y rodada, ha sido la constante de Cartagena desde que sacaron tres barrios al pie de las murallas para Canapote, y rodaron a Chambacú a cuatro barrios de la ciudad. Pero Bernhard dice que también en Alemania hay pobreza, pero muy distinta. En Alemania se subsidia el transporte, y existen políticas sociales para sostener mejor la calidad integral de la vida en las ciudades, el arriendo de viviendas a precio bajo, a diez años, a los más pobres. He observado el sistema de transporte de Brasil y Chile. Pienso en la calidad de los autobuses, en la calidad del combustible. El transporte acuático funciona en Holanda, en Amsterdam, en Venecia. “Desconozco cómo es el transporte de ustedes, Transcaribe. Creo que las ciudades deben no solo solucionar los problemas de transporte, sino crear nuevos medios y rutas, expandir el volumen de transporte no es la solución, hay que pensar en usar otros medios. Expandimos las carreteras y creamos más tráfico. Hay que buscar nuevas soluciones, a través de la educación y el conocimiento aplicado a los diversos modos de movilizarnos. En cuanto a la contaminación, hay que planificar conjuntamente para la responsabilidad pública y privada de los desechos que contaminan la ciudad. Es un asunto de responsabilidad. La confrontación no soluciona nada. Es el consenso ciudadano el que permite estos avances”.

Diseñar horizontes

“Hay ambición de esperanza”, dice Rafael Vergara Navarro, al referirse al abanico de posibilidades y dramas que vive Cartagena. Lo ha escuchado sin interrumpirle, concentrado, viendo que las palabras de Bernhard dibujan en el aire otra ciudad posible, donde sus puntos cardinales de agua y tierra, pueden conectarse. Rafael, con su sola mirada, sigue el hilo profundo de la conversación. La primera recomendación que hace el científico especialista en ciudades es escuchar a los ambientalistas como Rafael Vergara Navarro. También los artistas y los científicos son consultados en las ciudades para ese diseño.

“El Instituto Leibniz tiene 80 especialidades y trabajamos en los grupos de investigación, 120 personas, cada una con sus especialidades: en ciencias humanas, sociales, económicas, medicina, tecnología, materiales, medio ambiente, etc. Es un trabajo interdisciplinario que no que se queda en la institución, por el contrario, es transdiciplinario y se vincula a la práctica administrativa”.

Epílogo

Ahora Bernhard recuerda a su amigo Gerardo Ardila, con quien ha compartido visiones sobre estas realidades. Estuvo recientemente en Santa Marta, y allá también meditó sobre cómo diseñar la ciudad, integrándola a sus cuerpos de agua y sus áreas verdes. Rafael Vergara le ha contado toda su odisea como ambientalista en la ciudad.

Soñar un diseño integral de Cartagena, que además combata las desigualdades sociales, es un desafío para las administraciones.

“Nunca mucho costó poco”, dice Rafael.

Bernhard comparte la certeza de que la ciencia puede estar acompañada del arte, para esta aventura integral de convertir a la ciudad en un reino sostenible, conectado en sus rutas verdes y azules, como un mapa de cielo en el agua y la tierra.

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