Pura, una artesana de 102 años en San Jacinto

24 de marzo de 2019 12:00 AM

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Así, como forma su hebra el gusano de seda, la señora Pura va formando su bolita de hilo.

Doña Purificación Arrieta Anillo tiene 102 años y su visión está tan perfecta, que nos lo demuestra ensartando un hilo en la diminuta cabeza de una aguja de coser.

La hazaña no solo emociona a los espectadores (en su mayoría miopes) que la vemos, sino a sus dos hijas: la señora Josefa y María del Carmen, que están acompañando a su mamá durante la entrevista.

Esta centenaria tejedora, nacida en San Jacinto, Bolívar, aún hila en un huso, que consta de un palito de madera con una tapita plástica como contrapeso... una herramienta rústica hecha a mano, que ha sabido manejar desde los 7 años, cuando le enseñaron que ella misma podía hacer el hilo para tejer sus hamacas.

Purificación, o Pura, como la llaman, tiene la paciencia que amerita deshilachar poco a poco motas de algodón (esas que directamente arrancan los recolectores, con semillas incluidas). Reclinada en un taburete, sus arrugas nos recuerdan un arte que está a punto de ser olvidado, pues, como ella misma dice, “ya nadie quiere aprender, ya a nadie le gusta hacerlo”.

Tecnificar el proceso de hilar hizo que muchos tejedores dejaran de hacer sus propias bolas de hilo, y dejaran de teñirlas, incluso, más cuando una artesana podía gastar meses para lograr unos 300 gramos de hilo.

Así, ya en el mundo occidental, se empezó a implementar la misma técnica de la máquina que James Hargreaves creó en 1764: la Spinning Jenny, que permitía montar cientos de hilos al mismo tiempo. Desde entonces, conocimientos artesanales, heredados, por ejemplo, de los indígenas zenúes en este pueblo de Bolívar, empezaron a desaparecer.

Desmota el algodón

Pura toma una mota de algodón y la desmenuza, consiguiendo estirarla y unirla con la siguiente motita. Cuando ya cree que tiene la longitud necesaria, le da vueltas alrededor del huso, enrollando la hebra resultante. Parece magia, porque al mínimo movimiento, esta ‘pelusa’ puede reventarse pero no se revienta, siempre y cuando esté en sus manos.

El algodón, cuya planta antes se sembraba hasta en los patios de las casas en San Jacinto, es la materia prima de la señora Pura. Está algo preocupada, porque tiene unas pequeñas úlceras en la piel, sin embargo, no se desanima. Debido a ese pequeño problema ya no hila como antes, pero siempre tiene una sonrisa de esperanza y disposición para caminar de aquí para allá, ¡y hasta para barrer el patio cuando tiene ganas!

“De salud y eso, yo no me siento nada, gracias al señor. Me acuesto a las 7 de la noche y despierto a las 3 de la madrugada y, eso sí, me como todo lo que encuentro. No tengo flojera, no me siento grave, no me siento nada en mi cuerpo. De todas maneras, ya no puedo hacer todas mis cosas como antes, y por eso a veces salgo es por aquí. Es más, en la vida solo una vez me dio dolor de cabeza”, cuenta la señora Pura. Ella no escucha como antes, pero escucha y cuando contesta lo hace ‘con propiedad’.

Con un pedazo de queso, dos pedazos de ñame y un pocillo de café con leche empieza su día, y se siente orgullosa, reitera, porque puede comer de todo lo que le provoque.

Como las abuelas enseñaban antes ‘hasta a pegar un botón’, ella aprendió, desde los 7 años, viendo a la suya. Todas las mujeres de su familia aprendieron a hilar para tejer sus hamacas, peyones o mantillas. Las tres hermanas: Concepción, Ana Marcela y Purificación, eran expertas en este oficio.

“¿Que cuántos años tengo?, pues por ahí unos 15”, dice la artesana y suelta una carcajada, “el 6 de marzo cumplí 102, ya voy metía pa’ los 103”, completa.

***

El secreto está en que la hebra de algodón estirada no se parta. Y la única que puede hacerlo perfecto es ella, (a mí se me partió el algodón al tacto).

Han pasado unos 15 minutos y la señora Pura sigue dándole vueltas al huso: el resultado es un hilo color beige natural, que en San Jacinto llaman hilo crudo (para mí el color más bello).

Está concentrada, no mira hacia otro lado que no sea su huso. El gato de la casa le da vueltas con la mirada a la herramienta, meneando sus ojos de forma cómica.

¿Cómo hace para que no se reviente ese cordel naciente?, nos preguntamos todos...

“Mandé a hacer una mochila bien bonita, ahora se las muestro”, nos dice.

Cuando termina la demostración, vemos el hilo enrollado y la satisfacción de la señora Pura, a quien no le se olvida su oficio. A sus 102 años, solo nos dice que la comida de ahora no se compara con la de antes, y que quizás por eso a su edad, su salud está prácticamente intacta.

Ella, que desde hace más de 80 años teje hamacas, nos da una lección de vida con su sola presencia.

“Ella siempre ha sido una buena madre, sino cómo iba a vivir tantos años”, me dice su hija Josefa.

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