Ventas, otra carrera en los pasillos de la universidad

18 de agosto de 2019 12:00 AM

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Yamileth Chico Villegas recorre los pasillos del claustro San Agustín, sede de la Universidad de Cartagena. Una cava cuelga de uno sus hombros y con sus brazos carga una bolsa negra y algunos recipientes transparentes donde deja ver panes, pastelitos y porciones de torta, que vende acompañados con jugos de maracuyá, tamarindo y mora. Sus productos apenas cuestan 300 o 500 pesos y son el precio de un sacrificio diario para pagar sus sueños.

Vive en San José de Los Campanos con su pareja, un joven desempleado que encontró sustento en el mototaxismo, y su hija de apenas cinco años, que deja muchas veces al cuidado de su comadre para poder ir a estudiar. Cursa séptimo semestre de Licenciatura en Educación con énfasis en Ciencias Sociales y Ambientales. Tiene 30 años y antes de empezar esta carrera ya había estudiado Secretariado Ejecutivo en Sistemas y Análisis y Programación de computadores. Lo hizo por descarte, porque no quería quedarse sin hacer nada después de terminar el colegio, donde se destacó por ser buena estudiante.

A Yamileth ya la conocía. La recuerdo, sobre todo, porque en varias ocasiones participamos juntas en las olimpiadas matemáticas o los concursos de ortografía que hacían en el colegio, en Soplaviento. Y ahora nos encontramos por casualidad, cuando esperaba a cualquier universitario, vendedor de dulces, dispuesto a contarme su razón para tomar esta ‘carrera’ alterna en los corredores del recinto educativo. “Yo hago esto para pagar mis gastos en la universidad y ayudarme con cosas de la niña. Me ha ido bien, vendo todo lo que traigo. Es difícil porque, como podrás ver, es bastante peso, pero bueno, vale la pena el sacrificio”, dice.

Mientras me narra su historia un leve “a la orden” sale de sus labios. Y continúa: “Nací en Algarrobo (corregimiento de Villanueva, Bolívar) y me fui a estudiar el bachillerato en Soplaviento porque en mi pueblo solo había primaria. Mi familia es de bajos recursos, humilde. Estudié esas carreras técnicas y luego trabajé en algo que nada tenía que ver, en un puesto de venta de celulares, y como ya ganaba dinero me había rendido y no quería estudiar lo que a mí me gustaba, pero después quedé embarazada, tuve a la niña y los hijos son algo maravilloso, por ella hago lo que hago. Yo ahora mismo tengo una fuerza de voluntad... Todo lo que me propongo siento que lo puedo lograr, y es algo que antes no tenía, ahora quiero luchar y me siento contenta. Esto no es fácil, pero lo hago porque veo mis frutos, porque quiero cambiar de vida y brindarle a mi hija un mejor futuro”.

Ella empezó a vender jugos desde que cursaba segundo semestre, porque no tenía dinero para seguir pagando los siguientes y tampoco el tiempo suficiente para vincularse a los programas de incentivos que ofrece la Universidad, que consisten en cumplir con labores específicas varias horas al día para obtener un descuento en la matrícula.

“El primer semestre hice unas tutorías, pero se me dificultaba por la niña. Mi mamá no vive aquí en Cartagena y no tenía quien me ayudara. Mi comadre lo hacía, pero no quería incomodarla tanto y una noche ella me dio la idea. Me dijo que había visto que en las universidades vendían mecatos, dulces, y me preguntó que si en la universidad vendían jugos. Cuando salí, compré una cava pequeña, hablé con una vecina que vendía chichas y me llevé 10 para probar. Y vendí todo en cuestión de minutos, más adelante compré una ‘neverita’ más grande y ya no vendía chichas sino jugos que yo misma hago, comencé con 30, y la gente me pedía algo para acompañar, así que empecé con 20 panes o donas, ahora traigo 50, tengo muchos clientes”, asegura.

Y repite esa rutina aunque amanezca cansada. Dice que la vitamina para recargarse es recordar que realmente lo necesita. “Hace poco estaba en prácticas en la mañana y llegaba a mi casa tipo 11:30 a preparar el almuerzo, ayudaba a la niña con las tareas y empezaba a arreglarme para salir a la universidad a las 2:30 de la tarde. Un corre corre que me cansa y me da sueño, pero siento una satisfacción... No sé cómo hago, pero lo hago. Y no me pongo a quejarme tanto, simplemente valoro lo que tengo y para adelante”.

Rebusque en pareja

Cristian Ospino tiene 18 años, estudia Lingüística y Literatura y vende dulces con su novia en la UdeC. Reside en el barrio República del Líbano con sus abuelos paternos, quienes viven de alquilar algunas casas y con esfuerzo le costean sus estudios.

“Un día se me ocurrió vender ‘crispetas’ con mi novia. Estábamos en tercer semestre y funcionó, y con eso compramos otras cosas para vender. Es lo que nos ha dado, en gran parte, para sacar copias, que es lo que más rompe el bolsillo del estudiante universitario. Aquí es muy frecuente ver estudiantes ofreciendo productos, a veces con discursos bastante creativos. Venden empanadas, lasañas, donas y un montón de cosas. Muchos, de esas ventas, sacan los pasajes, las copias, para comer”.

“En una ocasión, en una sola semana nos tocó sacar una cantidad de copias... Nos gastamos casi 30 mil pesos cada uno, ¿y de dónde crees que salió esa plata?”, agregó Nazaret, novia de Cristian.

Como ellos hay muchos, incluso en universidades privadas. Una prima estudia becada en una de ellas gracias al programa ‘Ser Pilo Paga’ y vende unas empanadas que ella misma hace todos los días. Al menos tres compañeras de trabajo también vendieron dulces durante su pregrado. Yo tampoco fui la excepción, vendí cuanta revista pude para solventar muchos de mis gastos, sin detenerme a pensar si estaba prohibido o no.

Ese rebusque es otra carrera que muchos hacen, y no precisamente dentro de los salones de clases, para sobrevivir en la universidad y poder pagar sueños.

Desde la UdeC
Cada establecimiento de educación superior tiene la libertad de permitir o no vender dentro de sus recintos. Sin embargo, en la Universidad de Cartagena no existe una política que lo prohiba, entendiendo las necesidades de muchos de los estudiantes de bajos recursos en esta institución de carácter público. “Nosotros, desde Bienestar Universitario, lo que les solicitamos es una comunicación informando qué tipo de ventas van a hacer, con el fin no tanto de controlar, sino de constatar que los productos estén en buenas condiciones o evitar que se vendan elementos prohibidos, como por ejemplo cigarrillos; y explicando cuál es el sustento de esa venta. Cuando un estudiante nos dice que tienen dificultades económicas, nosotros también actuamos con la sección de Trabajo Social, que aborda al estudiante para ver cuál es la dificultad que tiene y brindarle apoyo”, explicó Miguel Camacho, vicerrector de Bienestar Universitario de la UdeC.

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