¿Y hasta dónde llega la famosa ‘pruebita’?

01 de julio de 2018 12:30 AM

ENVIAR PÁGINA POR CORREO

Dilia intenta dibujar en la arena el nombre de una empresa, donde paga una mesada para jubilarse. Solo alcanza a hacer la ‘b’, no recuerda las otras letras. En realidad, da la impresión de no saber el alfabeto. “Se llama algo así como... creo que el nombre es... no sé, eso queda al lado de una oficina de giros. Ahí pago. Son $84 mil mensuales, uno va consignando lo que pueda, de a $5, $10 o $20 mil. Espero que Dios me dé para pagarla”, comenta. Quiere, algún día, pensionarse. Así nunca haya tenido un trabajo formal. Así solo haya empezado a pagar esa mesada hace tres meses, a sus 47 años.

Cuando llegó a las playas, dice, tenía 17 años. En San Basilio de Palenque no es que hubiera muchas opciones de trabajo y, por eso, tanto ella como sus nueve hermanos emigraron a Cartagena. Y las arenas de las playas de Bocagrande se convirtieron en su sustento, hasta el sol de hoy. Es masajista. “Aquí terminé el bachillerato, empecé a estudiar hotelería y turismo, pero no pude seguir, era muy pesado”, recuerda.

-¿Para qué te ha servido este trabajo?
- Principalmente para mantener a mis tres hijos. El mayor estudió sistemas, es así como tú, pero más delgado.

Un mar de comerciantes

El control de divisas no existe aquí. La oferta puede llegar a ser altísima (e invasiva), y los precios fluctúan exorbitantemente de un cliente a otro. Pueden variar según el acento, el aspecto y el idioma del cliente y, como es común en cualquier parte del mundo, según la temporada. Es el libre y volátil mercado cambiante de las playas de Cartagena.

Caminando por un sector al que llaman Casa Grande, por quedar cerca de un lugar del mismo nombre en Bocagrande, me encuentro con Dilia y con otras masajistas. Me cuentan que “esta temporada está dura”. “Mira esto, vacío. Uno se va para la casa con $10 o $20 mil”, dicen. Junto a las masajistas, en ese panorama paradisíaco que pretenden ser estas playas, hay un mar de comerciantes. Ellos son parte de aquella Cartagena que busca ganarse el pan de cada día en el rebusque. Y aquí hay muchas formas de ‘rebuscarse’.

Si lo medimos con cifras, La Heroica, en 2017, tuvo una tasa de ocupación de empleo del 52%, sin embargo el 55,3% de esos empleos eran informales (datos del programa Cartagena Cómo Vamos). El año pasado, el 53% de los cartageneros trabajaba por cuenta propia. Y los sectores de mayor ocupación eran el comercio, los hoteles y restaurantes.

Solo en todo Bocagrande, tanto en avenidas como en playas, existen 852 comerciantes con confianza legítima, inscritos en el Registro Único de Vendedores, en la Oficina de Espacio Público.

En este panorama, frente al mar Caribe que golpea ola a ola este pedazo de Cartagena, hay quienes venden ‘raspaos’, arepas, pulseras, agua, gaseosas, ostras, cocteles, agua de coco, cocos, pastelitos, inflables, fritos, sombreros, pescados, ensaladas de frutas, artesanías, llaveros, cuadros y mangos; hay carperos, fotógrafos, tatuadores, dibujantes, lancheros y hasta veo a un señor de barbas blancas con cartas del Tarot, buscando a quién leerle la suerte. Y, a la par, hay turistas que se sienten atendidos, pero también acosados y, muchas veces, estafados.

“Siempre que tomamos vacaciones venimos a este sector. Es bastante complejo el tema de los vendedores ambulantes. No hay control y tienen una forma de abordar… entiende uno que es la forma de ganarse la vida, pero es que de todas maneras juegan siempre al engaño, a ofrecer una cosa y dar otra”, comenta Leonardo Puerto, que su primera vez en Cartagena fue estafado con una ‘pruebita’ de ostras.

“Entonces es bien complicado. Entra uno a tener discusiones con ellos y quieren ganar ventaja, a uno siempre le toca perder porque uno está con la familia y no se va a poner a pelear. Ahuyentan al turista”, agrega.

En la playa, Estefany Quiroz, de los Llanos Orientales, me cuenta que, más allá del ‘acoso’ y del mango que quisieron venderle en cinco mil pesos y que terminó pagando en dos mil, lo que más le sorprende es la suciedad. “Hay unos vendedores muy amables, pero otros muy cochinos. Ellos mismos vienen a pedirte un vaso de gaseosa y luego los ves tú que tiran el vaso en el piso”.

Y Carolain Flórez, de Medellín, me narra que todavía está esperando el billete de cincuenta mil pesos que le dio a un vendedor para comprar una comida. Su amiga, Camila Fajardo, acordó pagar $10 mil por tres canciones a un grupo vallenato, pero los músicos se enamoraron del billete de $20 mil y se quedaron con el vuelto, a la fuerza. “Y como éramos mujeres, ajá, no pudimos hacer nada”.

Son pequeñas cantidades, que no causan escándalo, como sí sucede cuando el monto es más exagerado, pero quién responde por ellas, si, al fin y al cabo, muchos de los afectados no denuncian.

Y así, puede uno encontrarse con muchos testimonios de personas inconformes y de otras que se sienten muy a gusto, porque a eso vinieron, a disfrutar del sol, la arena y el mar.

‘La pruebita’
“También está la famosa ‘pruebita’, porque te ofrecen una pruebita de masajes y terminan cobrando”, dice Marcela Niño, otra turista. “Estábamos muy apartados de los vendedores, por las noticias que salieron que cobran demasiado, pero se acercaron dos señoras explicándonos que todos no son iguales y el precio que nos dieron para los masajes fue muy bueno. Nos explicaron que las que cobran caro son las que vienen de afuera y ellas, las que están aquí siempre, son las quedan sufriendo. Pero, en general, me ha ido muy bien, la gente es muy cordial”, añade Belcy Cordero, de Cúcuta.

¿De dónde nació la ‘pruebita’?, nadie sabe. Pero hace poco un turista fue atacado a golpes por negarse a pagar una ‘pruebita’ en las playas de Bocagrande.

Seguramente de la misma necesidad de promocionar los masajes, Dilia, la masajista de la que hablaba al comienzo de este texto, da unos parámetros sobre eso. Dice que dicha ‘pruebita’, se da en un pie o del cuello hasta la cerviz. Otra de sus colegas dice que no debe durar más de dos minutos, que es hasta que el cliente desee. O hasta que se le convenza del masaje completo. En fin, no está muy claro el límite y eso suscita malentendidos.

En este sector de las playas de Bocagrande, solo en este tramo de unos 500 metros, “puede haber 70 masajistas”, dice Dilia, pero otra colega suya afirma que son 50, entre las palenqueras, isleñas, cartageneras y hasta venezolanas que han llegado últimamente. Yo no veo más de 20.

“Nosotras estamos asociadas. Esas que llegan de afuera, que no tienen carné, son las que dañan la plaza, cobrando más de la cuenta, y justos pagamos por pecadores. Un masaje aquí, en la playa, cuesta $50 mil, media hora. Si es medio, son $25. Ese es el precio establecido por la Alcaldía, pero muchas veces el turista no tiene y uno arregla ahí que si los $10 o los $20”, me comenta otra masajista.

Un buen masaje...
Es una mujer robusta, de manos suaves. Al cabo de 10 minutos, cuando ha terminado de masajear mi espalda, Dilia me ha contado buena parte de su vida. Que se curó de un mal amor de un hombre que la trababa mal, y ahora tiene otro mejor. Que hay turistas que siempre la buscan. Que una que otra vez se encontró con un ‘gringo liso’ que ha pedido ‘fucking fucking’, a lo que ella ha respondido con un rotundo no. Que algunos clientes se van sin pagarle. Que hace poco la operaron para reducir sus senos, cuyo tamaño le estaba matando la espalda, sobre todo con cada maratónica jornada. Que también le hicieron una cirugía en los ojos y por eso tiene que usar gafas de sol siempre. “La gente cree que a los negros no nos quema el sol, y no es así. El sol pica. Es insoportable”.

-“Listo, terminé, son $100 mil”, me dice. Y ríe, porque es un chiste.

El rato de masaje solo ha costado $10 mil. Y ha sido muy bueno. Ojalá, algún día, a las masajistas de las playas se les reconozca mucho más por la calidad de sus masajes y no por cobros excesivos, ni abusos ni ‘pruebitas’.

Quizá así sea más fácil que, masajeando pieles de turistas, Dilia pueda terminar de pagar la pensión con la que tanto sueña.

No dejar de denunciar
En las últimas semanas las autoridades de Cartagena han aumentado los controles para evitar que los turistas sean víctimas de cobros excesivos en las playas, como el de unas chilenas, a ellas pretendían cobrar 450 mil pesos por tres masajes o a unos turistas a los que les cobraron 100 mil pesos por cuatro cervezas. Pese a ello, estas situaciones ocurren en cada temporada de vacaciones, por lo que las autoridades recomiendan no dejar de denunciar.

Source: ¿Se siente acosados los turistas en Cartagena? by vanguardiacom

Ahora te puedes comunicar con El Universal a través de Whatsapp

  • Videos
  • Mensajes
  • Fotos
  • Notas de voz

cuando seas testigo de algún hecho noticioso, envíalo al: 321 - 5255724. No recibimos llamadas.

LEA MÁS SOBRE Facetas

DE INTERÉS