¡A Santiago Colorado, para siempre!

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Seres como Felipe Santiago Colorado (Santuario, Caldas, 30 mayo de 1922- Cartagena, 15 de enero de 2019), nunca morirán, más allá de cumplir el designio inexorable. Un soplo de vida, de sabiduría y humanidad, de infinita generosidad, seguiremos respirando con solo recordarlo.

Él abrió caminos a la vida cultural, a la vocación literaria y la agudeza crítica de las artes en la Cartagena de los años cuarenta, cincuenta, sesenta, setenta, ochenta y al cierre del siglo veinte. Era el más antiguo columnista del diario El Universal. Conoció la sabia y serena prudencia de Clemente Manuel Zabala, la convicción política liberal de Domingo López Escauriaza, la inteligencia instantánea y magistral del cronista Alfredo Pernet Morales, y puso al servicio de las nuevas generaciones su conocimiento, al fundar en los años ochenta el Taller Literario Candil, en la Universidad de Cartagena, en aquellos sábados que fueron los mejores de nuestra vida y, tal vez, los mejores de Cartagena en el Claustro de San Agustín, porque en aquellos sábados se gestó una generación de escritores, intelectuales, creadores en general, que señalaron un hito en la historia cultural de Cartagena.

Vuelvo a imaginar a Santiago Colorado como un patriarca feliz, lleno de generosidad y humanidad, humor y memoria poética, abriendo puertas en una ciudad que aún parecía un convento cerrado o una inquisición sin clausurar. Se graduó en la Normal de varones de Manizales. Dirigió la Escuela Central de Santa Rosa de Cabal.

Becado en la Universidad Nacional de Panamá, donde obtuvo el título de Licenciatura en Ciencias Sociales y Filosofía. Llegó a Cartagena en 1954. Fue profesor del Colegio La Esperanza, El Liceo de Bolívar, Fernández Baena y la Universidad de Cartagena. Publicó las novelas breves: ‘Se llamará Edipo’, ‘La Renuncia’, y el compendio de columnas periodísticas ‘Aún nos queda la palabra’. Dirigió La Palabra, página literaria de El Universal.

“Su amistad y acogida en el Café Colombia, no cabía en el sitio”, me dice Lucho Porras, al evocarlo en esta mañana de duelo. “Era un hombre rotundo en su decir y sin ambages en el pensar. Con su desparpajo de caldense trenzaba historias y anécdotas desde la creación del mundo, con su gracia de maestro, sin pretensiones de saberlo todo”.

Epílogo

En el mediodía del sábado, el profesor Colorado nos pregunta a cada uno si tenemos dinero para el regreso a casa. Nos invita a almorzar y a beber unas cervezas en el café. Es como un padre demasiado amoroso que está pendiente de nuestros pasos. A lo largo de la mañana ha hablado de Homero y Sócrates. La vida, el amor y la muerte, han sido sus obsesiones en sus conversaciones. Sonríe para siempre en nuestro corazón.

(A Delia, luminosa esposa, Adela y Delia Antonia, hijas maravillosas y tribu de nietos).

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