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Columna

No quisiera ser aguafiestas, pero…

“También hay una pregunta incómoda que deberíamos empezar a hacernos: ¿hasta qué punto el lujo justifica el impacto?” .

Carmen Hernández Merlano

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No quisiera ser aguafiestas, pero hay que decirlo: detrás de cada rosa que admiramos hay una historia que no huele precisamente a jardín.

¿Saben cuánta agua se necesita para cultivar una sola rosa? En promedio, entre 7 y 13 litros por tallo, dependiendo del clima, la técnica de cultivo y la región. Multipliquen eso por cientos o miles de rosas en una boda, un evento o una celebración en una ciudad como Cartagena, donde el calor no perdona, y entenderán que la belleza tiene factura y no es pequeña.

Y no es solo el agua. El cultivo intensivo de flores, especialmente en monocultivo, implica un alto desgaste del suelo. La tierra pierde nutrientes, se acidifica y, en muchos casos, requiere fertilizantes químicos para sostener la producción. A eso súmenle pesticidas que, aunque necesarios para mantener la “perfección estética”, terminan afectando ecosistemas cercanos y fuentes hídricas.

Pero claro, eso no se ve en el centro de mesa.

Rosas por aquí, rosas por allá. La foto es impecable. Cartagena, epicentro del turismo colombiano, escenario de celebraciones memorables, se viste de flores que duran lo que dura la fiesta: 10 o 12 horas bajo el sol intenso del caribe que nos enmarca, antes de convertirse en desecho. Orgánico, sí, y menos mal, pero desecho al fin y al cabo.

La ignorancia no nos exime de responsabilidad. Y, sin embargo, seguimos eligiendo la estética sobre la sostenibilidad, como si el planeta tuviera tiempo infinito para regenerarse o como si no fuera con nosotros.

No se trata de satanizar las rosas. Sería injusto. Detrás de esa industria hay miles de familias que viven de su cultivo, comercialización y distribución. Hay tradición, hay economía, hay sustento. Pero también hay una pregunta incómoda que deberíamos empezar a hacernos: ¿hasta qué punto el lujo justifica el impacto?

Porque no es lo mismo un jardín vivo que una decoración efímera. El jardín respira, evoluciona, se transforma. La rosa cortada, en cambio, es belleza en cuenta regresiva.

Y quizás ahí está la reflexión más importante: la creación no es solo lo que admiramos, sino lo que somos. Los seres humanos, parte esencial de esa misma creación, tenemos la capacidad, y la responsabilidad, de elegir distinto.

En la pasada temporada de Semana Santa, hemos podido elegir entre emular como seres humanos el significado profundo de las flores: paz, respeto, gratitud, simpatía, armonía. La invitación es hacer de estos días especiales no una exhibición de belleza pasajera, sino una verdadera primavera humana.

Tal vez no se trata de dejar de usar flores, sino de usar mejor la conciencia. Optar por producciones más sostenibles, reutilizar, reducir cantidades, explorar alternativas. Entender que lo verdaderamente sofisticado hoy no es lo más ostentoso, sino lo más responsable.

No quisiera ser aguafiestas, pero si seguimos viviendo y celebrando sin mirar el costo ambiental, llegará el día en que no habrá planeta que nos aguante la fiesta.

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