La palabra servir, según los diccionarios, es la acción de ser útil para un propósito determinado o de colaborar, auxiliar y atender de forma desinteresada a otras personas, satisfaciendo necesidades. En Mateo 20:28 del Nuevo Testamento se dice: “Como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”. Definiciones que indican la trascendencia espiritual de quien dedica su vida a ayudar a los demás como lo hizo el maestro Jesús de Nazaret en su vida terrenal. Así como lo resume Sor Teresa de Calcuta en su famosa frase: ‘El que no vive para servir, no sirve para vivir’.
En la República de Colombia, el primer fin del Estado, según la Constitución de 1991, es servir a la comunidad, marco conceptual que debe servir de guía a toda persona que tenga funciones en el gobierno asumidas por elección popular o nombramiento. Desde el vigilante hasta quien gerencia o dirige una entidad pública, deben tener consciencia de que el objeto de sus cargos son las acciones que realicen en pro del mejoramiento humano de la gente en las comunidades. Luego quien asuma un cargo debería tener las competencias y habilidades, de acuerdo a sus responsabilidades, para alcanzar metas y objetivos partiendo de los principios éticos de actuar buscando cómo contribuir en que sus conciudadanos, especialmente los que padecen necesidades básicas, progresen de forma integral como personas.
Hay obstáculos que impiden el buen ejercicio del servidor público como: la mala interpretación de ideologías políticas, las prácticas antisociales de discriminación racial y económica, o la ambición por la riqueza desmedida, falta de conocimientos de los asuntos administrativos y ausencia de una visión integral de su organización territorial. Ante las dificultades expuestas volvemos a pensar que, como personas, los funcionarios públicos deben tener una formación profesional complementada con solidas estructuras de ética que le indiquen que las zapatas que soportan sus columnas son la humildad con que trata a los demás y la honestidad en sus acciones. Además debe estar convencido que en el accionar de la vida pública y privada siempre hay que crear unos límites éticos que impidan el traspasar a los campos de la ilegalidad y lo antisocial.
De lo contrario no existirá reforma estatal que valga para mejorar las diferentes áreas de vida de la comunidad, si los encargados de ejecutar los cambios aprobados en el Congreso, permanecen llenos de vicios en su vida personal y laboral. Nuestro llamado es a la reforma íntima de los funcionarios en todas las ramas del sector público.
