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Columna

Cine en el Fernández

“Las clases de apreciación cinematográfica con Alberto Sierra me contagiaron de cinefilia, porque el cine es una enfermedad incurable, es una experiencia intelectual inmersiva donde las películas son mejores que la vida”.

RICARDO CHICA GELIS

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Soy Fernandista, me gradué en 1985. Fue en el Colegio Fernández Baena, en el barrio El Bosque, donde el cine se me incrustó en la vida porque me pasaron cuatro cosas. Primero, la pantalla del Cine Míriam; segundo, las clases de apreciación cinematográfica del profesor y crítico Alberto Sierra; tercero, el cine club escolar; y, cuando la institución se mudó a la Calle de Santa Teresa en el Centro Histórico, conocí al director italiano Francesco Rossi y al actor Robert De Niro, cuando filmaron ‘Crónica de una muerte anunciada’ y ‘La Misión’, a un costado del colegio.

Bueno, va una ñapa: cuando me hacía la leva por la tarde, para ir al cine. Con 7 años de edad llegué al Fernández a cursar segundo de primaria. Cual fue mi sorpresa al descubrir que, desde aquella loma donde queda el colegio, se divisaba la pantalla de cine del Teatro Míriam. Desde ahí se ve la vieja bahía que, no solo es partera de la ciudad, sino que es la esquina caribeña donde el mundo se hizo mundo. Esperábamos hasta vespertina, después de 6 de la tarde, para ver al ‘Santo, el enmascarado de plata’, a ‘Kalimán, el hombre increíble’ y a ‘Bruce Lee’ dándole una severa muenda a Chuck Norris. A esa distancia no se escuchaba nada, pero, era cine gratis.

Las clases de apreciación cinematográfica con Alberto Sierra me contagiaron de cinefilia, porque el cine es una enfermedad incurable, es una experiencia intelectual inmersiva donde las películas son mejores que la vida. Sierra inventaba festivales de cine y presentaba cortometrajes de todos los países del mundo, que me recordaban las clases de Geografía del profesor Luna, las de Historia con el profesor Rosales, de Literatura con Édgar Gutiérrez y Raymundo Gómez Cásseres, de Filosofía con Kike Muñoz. Al ver las tripas del proyector de 16 milímetros y la imagen de tanta maravilla en la pared, la lección era clara: todo conecta con todo.

Despuntaba mi adolescencia y conocí el abismo, cuando se acabó el viejo colegio en 1982. La orfandad se sintió en las familias y en los barrios. Papá me matriculó en un colegio, de cuyo nombre no quiero acordarme. Lo único bueno eran las tardes en que me escapaba del salón escolar a las salas de cine. Perdí quinto de bachillerato. Un buen día el profesor Francisco ‘Pacho’ Fernández reinició el colegio con el nombre de ‘Fernández Bustamante’. Nos recogió en una casona colonial colindante al estropicio de las filmaciones que llegaban a la ciudad.

La pantalla del Míriam es cosa del pasado. Internet cambió la cultura cinematográfica. Hoy se interviene la planta física del colegio para dignificar la vida escolar, en virtud de una fuerte apuesta de Dumek Turbay Paz por la educación. Las nuevas generaciones de Fernandistas crecerán juntas en la loma, viendo cine de cara al Caribe y en mejores condiciones para reconciliarse con el saber.

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