En Cartagena, una ciudad que enamora y con una vasta historia que se respira en cada rincón, existe una lista de asignaturas pendientes. Con sus 193 kilómetros de costa, sin duda alguna, en su devenir, ha habido muchos naufragios. Barcos piratas, galeones como el San José y tantas embarcaciones que zarparon o atracaron desde la Heroica.
Pero los hay también naufragios de tierra firme: proyectos fallidos, elefantes blancos y promesas incumplidas. Por ello, es tan gratificante que náufragos sean rescatados del olvido.
Tenemos el gran privilegio de vivir en una ciudad donde cada calle, cada rincón fue el escenario perfecto para la emoción de una batalla, una rebelión, una conquista, un amor y una aventura.
Como bien lo describió el Tuerto López, nada como evocar cruzando callejuelas. Sí que hay historias, miles de historias. Yo crecí con la idea del gran Galeón San José, con sus inimaginables tesoros y fantasmales historias. Incluso, por mucho tiempo pensé ingenuamente que los restos que hoy se encuentran en la bahía eran de ese famoso naufragio. Años más tarde me enseñaron que pertenecen al ARC Mosquera, un naufragio mucho más reciente y mucho menos célebre.
Pero el ARC Mosquera, a la vista de todos, nos recuerda que el olvido y el abandono puede ser más reciente y estar frente a nuestras narices. Olvidar es fácil y abandonar aún más; y cuando le atribuimos la responsabilidad a otro, la casa se puede caer a pedazos sin ni siquiera inmutarnos.
Pero hoy, el espíritu de transformación y rescate ha despertado, emerge de las profundidades del olvido y del mar oscuro y frío de la mediocridad. Hoy emerge ante nuestros ojos: náufragos rescatados del olvido, tesoros ocultos que no queríamos ver porque nos acostumbramos a mirar hacia otro lado, como ruinas de un error pasado.
Hoy emergen con la visión de un buen capitán, una tripulación que entendió su momento y propósito. Y un buen viento y brisa impetuosa del apoyo popular, del respaldo que se siente en el aire, de los impuestos que sí se ven, porque cuando los tesoros olvidados emergen son deleite para el espíritu.
Majestuoso se levantó el Parque Apolo, orgullosos los monumentos a los Océanos y a los Alcatraces; y el Centenario, ese noble rincón de los abuelos, como un pulmón de la ciudad lleno de vida, orden y progreso. Y la emblemática Catalina que hoy se engalana con un nuevo escenario donde saluda y da la bienvenida al nuevo sendero que lleva al deleite y a disfrutar del Nuevo Chambacú.
Reconstrucción es un don de Dios, es el arte de reinventarse, es el arte de volver a cuidar, es el rescate de lo que a nuestros ojos estaba perdido. Hoy es el turno del Parque de la Comida Caribeña: un rincón que por mucho tiempo pereció al abandono, a la oscuridad oscuro y a esa ruina inexplicable frente a la vista de todos los que por años pasamos por ahí.
Era inaudito que en Cartagena siguieran habiendo estos testimonios de desarraigo e indolencia social y gubernamental.
Hoy, el reloj floral, no el solar, marca la hora del rescate, en medio de un parque vivo sin los roedores de tiempo atrás. Hoy llegó la luz a esa zona que abandera el Castillo San Felipe, comienza a embellecerse esa bella cereza del pastel, esa esquina que debía brillar: el Parque de la Comida Caribeña.
Es más que una reconstrucción, es un grito de guerra contra la mediocridad y la procrastinación, es el nuevo espíritu cartagenero, es el heroísmo del rescate. Es otro tesoro para disfrutar, es otro peldaño en la escalera del triunfo total de Cartagena.
