«¡Mucha tierra buena y agradecida tienen, por la Virgen Santísima! ¡Y uno sin un terrón donde sembrar dos palitos de maíz, como para decir ahí te caigas muerto!» del libro Siervo sin tierra de Eduardo Caballero Calderón (1954).
Hay tragedias que traspasan años y fronteras con la implacable frialdad de una sentencia judicial, y, como abogada, les puedo prometer que así es.
Lo anterior revive en mi memoria a Eduardo Caballero Calderón, quien narró en su libro, Siervo sin tierra, la agonía de Siervo Joya, un campesino colombiano acorralado por el despojo, la violencia política y las promesas rotas de posesión. Siervo no anhelaba el poder ni la riqueza; buscaba tan solo una parcela donde hundir los pies, sembrar su existencia y morir con la dignidad de quien pertenece a un pedazo del mundo.
Cuando el desarraigo lo consumió por completo, le arrebataron la tierra y la vida misma. Décadas después, la historia se repite en el corazón de la capital española, donde Maricarmen Abascal, una mujer de 87 años con movilidad reducida, fue desalojada en septiembre de 2026 del apartamento madrileño en el que había habitado durante siete décadas. Salió en camilla, rodeada por el clamor impotente de sus vecinos. Apenas dos semanas después, la anciana falleció en el hospital, por fallas cardiacas pero la causa real tiene un nombre más sutil y devastador: el desahucio. El paralelismo entre Joya y Abascal resulta desgarrador porque exhibe la permanencia de un mismo engranaje destructivo. Antes eran los terratenientes y el clientelismo político, los que arrebataban la tierra al campesino; hoy son las sociedades inmobiliarias, los fondos de inversión y la especulación desmedida, los que expulsan a los ancianos de sus hogares urbanos. En ambos escenarios, el mercado y el poder reducen la vida humana a una cifra contable.
A Maricarmen no le faltó la voluntad de pago ni la arraigada pertenencia a su entorno. Lo que le faltó fue un sistema que valorase la vivienda, como un soporte vital y no como un activo financiero de rendimiento rápido.
Tanto la Colombia rural del siglo XX como la Europa urbana contemporánea demuestran una amarga verdad: cuando el desarraigo material quebranta el espacio vital, el alma se desploma.
La muerte de Siervo Joya a orillas del río Chicamocha y el deceso de Maricarmen Abascal tras perder su piso en el distrito de Retiro, son el mismo grito en distintas épocas. Ambas figuras personifican el dolor de quienes quedan desprotegidos ante la voracidad del despojo. Desahuciar a una persona vulnerable, adulta mayor, de su hogar, no es solo expulsarla de una propiedad privada, es arrancarle la raíz que la mantiene con vida, en un mundo cada vez menos humano, que tolera convertir el derecho a la vivienda en una mercancía.

