Hay ciudades cuya identidad está escrita en sus calles. ¡Cartagena la tiene escrita en una avenida! Quien llega por avión o automóvil y transita o recorre la Avenida Santander, vive una experiencia difícil de encontrar en cualquier otra ciudad del mundo. A un lado, las murallas que durante casi cinco siglos han protegido el Centro Histórico; al otro, el horizonte abierto del Mar Caribe.
Ese recorrido no es simplemente una vía de acceso al aeropuerto o al Centro de la ciudad; es una de las imágenes que permanecen en la memoria de todos nuestros visitantes y una parte esencial de la identidad de los cartageneros. Hoy esa imagen corre el riesgo de modificarse de manera permanente.
Las obras de protección costera son indispensables. Nadie discute la necesidad de preparar a Cartagena frente al ascenso del nivel del mar y al incremento de las marejadas, asociados al cambio climático; pero merece un debate público si esa protección debe construirse sacrificando el paisaje que también debemos proteger. La Avenida Santander no es únicamente una infraestructura vial; es un corredor escénico de valor patrimonial.
En el diseño de carreteras existe un concepto conocido como la línea de visión del conductor, que busca garantizar que quien conduce conserve la percepción del entorno. Ese mismo principio debería inspirar una obra ubicada frente a uno de los paisajes urbanos más deslumbrantes del Caribe.
Cuando un visitante deja de ver simultáneamente las murallas y el mar porque una barrera continua de roca interrumpe esa relación visual, la ciudad pierde algo más que una vista; pierde parte de su identidad.
Si hoy existen soluciones que combinan ingeniería con restauración ambiental mediante playas artificiales, geoformas dinámicas y plataformas disipadoras de energía, capaces de reducir el impacto del oleaje sin convertir el borde costero en una barrera visual, ¿por qué no las evaluamos ahora? Una vez terminadas las obras, será prácticamente imposible recuperar el paisaje perdido.
Por eso Cartagena necesita detenerse un momento, revisar cuidadosamente las alternativas disponibles y preguntarse si la protección costera puede convertirse también en una oportunidad para recuperar la relación histórica entre la ciudad y el mar.
Las grandes ciudades no solo se reconocen por las obras que construyen. También por los paisajes que deciden conservar.
Cartagena merece una protección costera ejemplar que proteja también al Centro Histórico, pero también merece seguir siendo esa ciudad donde, al recorrer la Avenida Santander, el Mar Caribe y las murallas, continúan dialogando frente a los ojos de quienes la habitan y de quienes llegan por primera vez para descubrirla.
Porque una ciudad patrimonial no solo debe proteger sus piedras; también debe proteger las emociones que despierta su paisaje.
