Cartagena se prepara para inaugurar, esta tarde, el primer tramo del Gran Malecón del Mar, una obra que transformará su relación con el Mar Caribe y ofrecerá nuevos espacios para la recreación, el turismo y la convivencia ciudadana.
Por años hemos reconocido que la ciudad ha estado de espaldas al mar, como paciente de una enfermedad andina que niega la trascendencia e importancia de pertenecer al Gran Caribe, como una herencia de complejo de inferioridad ante los dictados, pensamientos y costumbres devenidas de otras regiones del país, ese mismo complejo de inferioridad que se expresa en detalles tan simples como el que nos hace hoy denominar ‘arepa de huevo’ a la ‘empanada con huevo’.
Por eso, este proyecto, que contempla la conexión entre La Boquilla y el Centro Histórico, representa mucho más que una intervención urbanística. Es también una oportunidad para integrar la protección costera, la adaptación al cambio climático y el disfrute responsable de nuestro patrimonio natural.
Sin embargo, la preapertura del Malecón ha dejado algunas señales preocupantes sobre el comportamiento ciudadano. Pese a la existencia de recipientes para depositar residuos, se observan botellas y plásticos abandonados en zonas verdes; ciclistas que desconocen los espacios señalizados, mascotas sin control y personas que dejan envases de bebidas alcohólicas en áreas destinadas al encuentro familiar.
Estas conductas plantean una pregunta inevitable: ¿estamos preparados para disfrutar y preservar un espacio público de semejante importancia?
La respuesta exige que las autoridades acompañen esta obra con una estrategia permanente de cultura ciudadana y educación ambiental. No basta con instalar avisos o promover jornadas de limpieza. Es necesario construir conciencia colectiva sobre el respeto por los espacios comunes y la protección de nuestros ecosistemas costeros.
El Malecón podría convertirse en una gran aula ambiental al aire libre, mediante recorridos pedagógicos para estudiantes, estaciones informativas sobre biodiversidad marina y actividades que involucren a colegios, universidades y organizaciones ciudadanas.
También sería conveniente establecer reglas claras sobre el uso de las ciclorrutas, el manejo de mascotas, la disposición de residuos y el consumo de bebidas alcohólicas, procurando que la convivencia y el disfrute familiar sean prioridades.
El verdadero éxito del Gran Malecón del Mar no podrá medirse únicamente por su belleza arquitectónica, su extensión o el número de visitantes. Deberá evaluarse también por nuestra capacidad para conservarlo y convertirlo en símbolo de respeto por lo público.
Cartagena está haciendo una gran inversión para mirar nuevamente hacia el mar. Ahora corresponde a sus ciudadanos demostrar que también sabemos cuidar lo que nos pertenece a todos.
