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Mercado de Bazurto: la lucha del diario vivir

Esta es la historia de cómo se lucha desde uno de los sectores más populares de Cartagena: Bazurto.

KISAY MACHACÓN ARIAS

13 de diciembre de 2021 01:00 PM

Una de las cocineras nos pidió que, por favor, no reveláramos su identidad: se fue de la casa y no quiere que la encuentren. Ella es una de las tantas personas que han llegado a Cartagena a buscar una mejor forma de vivir, esa que muchos inmigrantes quieren encontrar, pero al pisar la amurallada se tropiezan con una dura y evidente realidad: el 55,4% de las personas que el Dane considera ocupadas en la ciudad trabajan de manera informal y el desempleo ronda el 9,1% (a corte de octubre del 2021, según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística). Lea también: La historia tras el cartagenero al que confunden con Papá Noel.

En esa misma lucha, pero hace más de 40 años, estaba Rigoberto Gómez González, quien entonces era un joven trabajador del municipio de Arjona, Bolívar, despreocupado iba y venía del Corralito de Piedra a su lugar natal, pero un día se encontró con Beatriz Lara, una cartagenera con quien comenzó una relación amorosa y quien años después se convirtió en su fiel compañera de vida.

Juntos trabajaban en el antiguo mercado, ese que quedaba donde está hoy el Centro de Convenciones Julio César Turbay Ayala, en el Centro Histórico de Cartagena. Allí fueron construyendo sus negocios, él una verdulería y una frutera, mientras ella tenía un abasto donde vendía de todo tipo de víveres, fue así como iniciaron su vida matrimonial y fueron levantando su familia, pues tuvieron 7 hijos.

Cuando ocurrió la gran tragedia del almacén de pólvora que se incendió llevando consigo muchos de los puestos aledaños; el mercado lo trasladaron a donde está hoy el muy popular Mercado de Bazurto. La familia Gómez Lara tuvo que vender sus dos negocios que con mucho esfuerzo habían levantado y con lo que habían solventado los gastos de su hogar, pero ellos, como buenos trabajadores, no se iban a quedar de brazos cruzados, pues tenían a 7 ‘criaturitas’ a quienes alimentar.

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Rigoberto y Beatriz tomaron el dinero que les habían dado por sus negocios y compraron un rinconcito en la popular ‘Calle del pescado frito’, cerca de la Avenida del Lago, dentro del mercado; allí montaron su nuevo negocio, que esta vez sería un restaurante de comida típica de la Costa, donde llegan muchas personas a diario a disfrutar de ‘Las delicias del mar’, como fue llamado aquel lugar. Lea aquí: Testimonios de tres exconvictos: rehicieron sus vidas tras las rejas.

La fiel pareja, junto a sus hijos, comenzó con el restaurante, algunos miembros de la familia administraban, otros cocinaban y otros atendían, todos unidos, aportando cada uno sus mejores talentos para salir adelante en la Cartagena que a muchos no les gusta visitar.

Este restaurante se convirtió en uno de los más populares por su exquisita receta del arroz de mariscos, que al verlo se le hace agua la boca a cualquiera, es una receta muy tradicional y hogareña, en el sitio cocinan con carbón y leña, lo que le agrega ese sabor ahumado que tanto gusta a extranjeros y propios que pasan y sin dudarlo se quedan a probarlo.

Aunque ninguno de sus hijos terminó sus estudios, sí crecieron con esas ganas de seguir trabajando, una de ellos es Rut, la heredera del negocio y que junto a sus hermanos lo han mantenido vivo desde la partida de este mundo terrenal de aquella pareja que se guerreó la vida por su hogar.

Rut recuerda con mucho amor y nostalgia todo lo vivido en el mercado con sus papás, ella dice que desde muy joven adquirió de ellos todo el ‘perrenque’ para sacar adelante el negocio familiar, así que tomó las riendas del restaurante que hoy recibe la visita de grandes cantidades de personas para probar esta rica comida. Le puede interesar: Desde adentro de la cárcel con Judith Pinedo.

A diario hacen entre 5 y 6 kilos de arroz, tienen un menú bastante variado, dice la cocinera que tienen todo tipo de productos del mar, desde la mojarra frita, propia de nuestra región, hasta la apetecida langosta.

“Como administrador me siento satisfecho de poder entregarles a los clientes un bocado de nuestra tradición, es muy gratificante ver que tus clientes se van felices... Yo soy aquí un humilde servidor”, contó Agustín Gómez, hermano de Rut y quien administra el negocio familiar.

Saber que existen historias como la de la familia Gómez Lara, quienes con las garras salieron adelante y que hoy más de ocho familias viven de este negocio, es solo una pequeña muestra del trabajo por el que pasan muchos cartageneros e inmigrantes, siempre con las ganas de avanzar cada día en ‘la lucha del diario vivir’.

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