El hombre que empujaba la carreta de muertos era un tipo flaco, con la piel curtida, como una madera apolillada por los soles de la errancia. Su oficio en aquellos días de noviembre era llevar muertos a una fosa común, porque no había cementerios en Cartagena, en 1815. Los muertos ilustres los sepultaban en las iglesias, pero a los insurgentes o a los opositores del régimen español, no tenían un lugar donde ser sepultados. La mayoría iba a parar a la fosa común. El hombre de la carreta no podía soportar la hedentina de los muertos que llevaba en la carreta y los muertos apilonados que estaban en la plaza. En aquellos días la muerte venía por enfermedades, hambre, sed o fusilamiento.
A un opositor se le murió a su pequeño niño y el padre se negó a a hacerle la misa, por temor a ser señalado de cómplice, ante la mirada de Pablo Morillo. Había gente que se moría de hambre en las calles. El delirio del hambre en el sitio que duró ciento cinco días, llevó a la mayoría de los cartageneros a comer lo inimaginable. Lo de comer carne de caballo y de perro, no es invento de los cronistas. “Al final se cocinaron cueros ablandados de cinturones, asientos, ropas y hasta de las sillas de montar”, cuenta el historiador Rodolfo Segovia Salas. Los gatos desaparecieron por aquellos días. Las mujeres que tenían sus tesoros escondidos no tardaron en cambiar el oro por un pedazo de carne de res. El agua empezó a escasear. Solo había agua, carne y víveres para los sitiadores. La gente de Cartagena, desesperada, se aferraba a los ojos oscuros de los cocos para encontrar un poco de agua, y en casos extremos, se lanzaban al mar a beberse las olas.
“La causa de mi padre duró cuatro años, que fueron de angustias”, dice en un manuscrito de José Martín Tatis, hijo de Manuel, el hombre condenado a llevar los muertos en la carreta.
Manuel Tatis descubría en su largo peregrinaje hacia la fosa, que llevaba a sus propios amigos, vecinos, familiares, gente conocida, dentro de su carreta. Ya no tenía tiempo de llorar , y evitaba las lágrimas porque la sal le ensanchaba la ansiedad de comer. Cumplía su labor con un rigor como si el trayecto entre la fosa y la plaza, fuera el pretexto para pensar en la rebeldía silenciosa de la libertad.
Manuel era un estratega. Ya se les había escapado a los españoles muchas veces, pero en cada fuga, se le aumentaban los castigos. Los únicos que lo defendían eran el doctor Anastasio García de Frías y la matrona Jacinta Calonge. Los dos retardaron “el curso del proceso, para ver qué se podía sacar del carácter generoso del brigadier Don Gabriel de Torres y Velasco, que quedó con la marcha de Morillo para el interior, con el Gobierno civil y militar de Cartagena”.
Nosotros, los sitiadosToda la ciudad estaba sitiada por dentro y por fuera. Pablo Morillo imprimía desde la hacienda de Torrecillas, a dos kilómetros de Turbaco, llena de arroyos y manantiales de agua fresca y dulce, en donde se estableció el cuartel general desde el 27 de agosto, unas hojas amenazantes y aterrorizantes, que cada vez que se publicaban, la gente entraba en pánico. Cada hoja impresa era un anuncio de muerte.
El sitio era además una guerra psicológica, más allá de los fusilamientos, los descuartizamientos y los retardados mentales que eran quemados o exterminados como plagas en aquellos días. A veces, por las tardes del sitio pasaba un hombre contratado por el sitiador para que paseara la cabeza de un degollado. Una tarde la ciudad vio la cabeza de Manuel Rodríguez Torices, un abogado, periodista y estadista cartagenero, descuartizado por orden de Morillo, como escarmiento a los independistas. Su cuerpo fue descuartizado y expuesto en diversos puntos públicos de Cartagena, y luego, en Bogotá, en donde su cabeza permaneció muchos días en la calle 13, donde hoy está la Estación de la Sabana.Manuel se asomaba a reparar a quién llevaba en su carreta. Y los muertos no tenían rango social: podían ser mendigos o estadistas, médicos o abogados, o independistas como Rodríguez Torices.
De aquella masacre que empezó en agosto y continuó hasta el 6 de diciembre de 1815, no hay una cifra exacta de muertos. Algunos dicen que fueron seis mil. Otros que fueron más, porque los muertos de la plaza eran unos, y los que morían en la huida por el mar, eran otros. Muertos juntos en distintos espacios.
El Sitio de Morillo diezmó a Cartagena, y su pobreza se prolongó hasta finales del siglo XIX. La ciudad parecía un reino fantasmal, de ratas sobre cadáveres sin sepultar. Gente huyendo en la madrugada del 6 de diciembre, a las islas del Caribe, a Haití, a Jamaica, buscando la solidaridad de los pueblos vecinos. Una vez llegó un barco cubano a dar de comer a los cartageneros, pero los sitiadores le arrebataron toda la comida. Manuel no daba abasto con su carreta de muertos. Empujar una carreta de muertos en 1815, era como empujar una carreta en el mismo infierno.
Manuel estuvo condenado por el sitiador muchos años. Logró escapar cuatro años después del sitio, en 1819.“Pero su suerte no debía tener alivio durante la dominación española en el país”, dice su hijo José Martín Tatis.
“Mi padre fue condenado en rebeldía a pasar el resto de su vida en la fortaleza de Ceuta. Errante, sin asilo en su misma patria, lo salvó de esta situación el desembarco que hizo en Sabanilla el General Montilla con una pequeña fuerza en 1820”.
EpílogoEl testimonio de José Martín sobre su padre, vuelto a escribir por otro lejano pariente cronista, no es ficción literaria. Está en los documentos de Manuel Ezequiel Corrales y en las crónicas de la época.El sitio obligó a los cartageneros a desterrarse en las sabanas de lo que es hoy Sucre y Córdoba, y a fugarse a los pueblos de lo que es hoy el departamento del Atlántico.Pablo Morillo fue recibido con honores a su regreso a España. Sus 2.200 hombres, sus 50 infantes y sus 70 caballos, lograron la triste hazaña de vencer un reino, y reconquistarlo a sangre y fuego.
